Venezuela afronta catástrofe con Estado desbordado y sin recursos

Más de 1.430 muertos confirmados con cifras en aumento; cien deportados repatriados murieron en hotel colapsado; cientos desaparecidos bajo escombros; desplazamiento masivo en refugios improvisados.
El pueblo salvando al pueblo, mientras el Estado miraba desde lejos
Refleja cómo la solidaridad ciudadana compensó la ausencia de respuesta estatal coordinada durante la emergencia.

Doble sismo en Yaracuy causa colapso masivo de infraestructura, especialmente en La Guaira y Caraballeda, con cifra de muertos en aumento y rescates aún en fase inicial. Venezuela afronta emergencia con servicios públicos ya destruidos: hospitales sin quirófanos funcionales, sin medicinas, y ciudadanos pagando ambulancias privadas para sobrevivir.

  • Dos terremotos consecutivos de 7,2 y 7,5 grados el 28 de junio de 2026
  • Más de 1.430 muertos confirmados, cifra en aumento
  • Más de cien edificios colapsados en La Guaira y Caraballeda
  • Cien deportados repatriados murieron en un hotel que se desmoronó
  • Aeropuerto internacional de Maiquetía cerrado por daños estructurales

Dos terremotos consecutivos de 7,2 y 7,5 grados devastan Venezuela, dejando más de 1.430 muertos. El Estado sobrepasado por la crisis humanitaria, bajo tutela estadounidense y sin acceso a recursos, revela instituciones vaciadas incapaces de responder.

El miércoles por la tarde, William Vera estaba en una cocina junto al mar con su novia y su suegra. El chef de veinticuatro años había bajado desde Caracas a la costa para pasar el día de fiesta en la playa, y ahora regresaban al apartamento solo para recoger al cachorro enfermo que no querían dejar solo. Eran las seis y tres minutos de la tarde cuando el primer temblor llegó sin aviso. Una nevera entera cayó desde el piso de arriba sobre la suegra. El suelo se movía bajo sus pies. William y su novia corrieron hacia la puerta pero una lavadora les bloqueó el camino. Treinta y nueve segundos después, cuando el segundo terremoto golpeó con más fuerza, la pared se desplomó sobre ellos. Quedaron atrapados bajo toneladas de escombros.

Venezuela no había vivido nada parecido en más de cien años. Dos terremotos casi consecutivos, uno de 7,2 grados y otro de 7,5, sacudieron el país con epicentro en el estado de Yaracuy, en el norte. Ocurrieron durante el feriado de la Batalla de Carabobo, cuando las playas estaban llenas de caraqueños celebrando el día de San Juan. El estado de La Guaira fue el más devastado, con más de cien edificios reducidos a escombros. El aeropuerto internacional de Maiquetía, la principal puerta de entrada al país, colapsó. Las pistas, el techo, casi toda la estructura se vino abajo. El balance oficial comenzó la noche del miércoles con treinta y dos muertos. Para el sábado, la cifra había alcanzado mil cuatrocientos treinta. Las autoridades ni siquiera habían comenzado a desescombrar. Bajo los cimientos podría haber cientos de muertos más, y también personas vivas atrapadas en la oscuridad.

En Caraballeda, la zona cero acordonada por el ejército y los rescatistas internacionales, la devastación era casi incomprensible. Torres de más de diez pisos aplastadas como si fueran papel. Urbanizaciones de playa de las que solo quedaba en pie la puerta de entrada. Detrás, solo ruinas. El olor a muerte se expandía por las calles. Los vecinos se agolpaban en las aceras con los colchones y neveras que habían logrado rescatar. Un rescatista de pie sobre una montaña de escombros pedía silencio con el dedo en los labios. Desde abajo, alguien gritaba que creía haber escuchado a alguien. Pero el rescatista no encontraba el lugar exacto. Necesitaba refuerzos, perros, más recursos. Los recursos que no tenía.

William y su novia pasaron toda la noche del miércoles bajo los escombros. En algún momento de la madrugada, ella dijo que no aguantaba más y se quedó quieta. Él perdió el conocimiento hasta que a la mañana siguiente escuchó voces que lo buscaban. Una de ellas era la de su mejor amigo, Jhon Da Silva, de treinta y cuatro años, que removía cascotes desesperado. William gritó de vuelta. "No había autoridades", recuerda Jhon. "Así que fuimos los propios amigos los que lo sacamos de allí. Usamos una puerta como camilla, lo amarramos, lo montamos en un carro y nos lo llevamos al hospital". Esa escena se repetía en todo el litoral: vecinos cavando con las manos, sin cascos ni mascarillas, improvisando camillas con puertas y tablas. El pueblo salvando al pueblo, como se diría después.

En el hospital, William fue atendido en el suelo porque no había camillas. Luego lo operaron de urgencia sobre una mesa. La pared caída le había triturado el brazo y la sangre no circulaba. Tenía además un golpe en la cabeza y un fuerte traumatismo en el abdomen. El hospital no tenía los medios para atenderlo. Jhon y los suyos tuvieron que pagar unos quinientos dólares por una ambulancia que alguna vez fue pública pero que ahora alguien alquilaba al mejor postor. Cuando llegaron a una clínica privada, les dijeron que no les atenderían si no pagaban. Le advirtieron que había que amputarle el brazo. De ahí lo llevaron a un hospital militar. "No estaban preparados para esto. Mi amigo se desangraba mientras me contaba todo desde la camilla", recuerda Jhon. William, con la cara hinchada, le contó a su amigo la escena de la cocina, lo del perrito, que sentía culpa porque si se hubieran quedado en la playa nada de esto habría pasado. Desde la camilla mandó notas de voz a su hermana embarazada de siete meses. Con la voz entera, le pedía que se cuidara, que no se preocupara por él. Que tenía el cuerpo roto, pero que era un vikingo y que iba a sobrevivir.

Venezuela enfrenta esta catástrofe en medio de una crisis humanitaria, política y social que se arrastra desde hace años. Más de un cuarto de siglo de gestión chavista ha vaciado las instituciones. El país tiene la tercera peor puntuación mundial en el Índice de Percepción de la Corrupción, solo por delante de Somalia y Sudán del Sur. Los servicios públicos están deshechos. En los hospitales, ya antes del terremoto, apenas cuatro de cada diez quirófanos funcionaban. En nueve de cada diez centros se pedía al paciente que llevara sus propios insumos para poder operarse. El país está además tutelado por Estados Unidos desde que capturaron a Nicolás Maduro en enero. Washington no solo condiciona las decisiones soberanas de los venezolanos, sino que también controla su dinero. En plena emergencia, Caracas sigue sin disponer libremente de sus ingresos de miles de millones de dólares por el petróleo. La Casa Blanca levantó una sanción temporal que autoriza las transferencias y la logística del rescate, pero sigue sin liberar el resto. "Estados Unidos sigue con el pie en el cuello del país, sin dejarle recursos ni para políticas sociales ni para afrontar una crisis como esta", señala un observador extranjero.

En los primeros días después del doble sismo, la solidaridad ciudadana llegó antes que el Estado. Miles de motos, coches y camiones bajaron hacia La Guaira cargados de agua, víveres, plantas eléctricas, zapatos, colchones, medicinas. Pero no había quien encauzara esa ayuda. La solidaridad acabó taponando los accesos. Los uniformados dirigían el tráfico de forma confusa. A ratos lo entorpecían ellos mismos. En medio del caos, las ambulancias no podían pasar. Había puntos de acopio, pero nadie obligaba a dejar allí lo que se llevaba, así que la mayoría decidió bajar su ayuda hasta la costa por su cuenta. El mismo aparato chavista capaz de rastrear hasta el último mensaje de WhatsApp contra Maduro no había sido capaz de garantizar una vía rápida para las urgencias dentro de la emergencia. Cuando el caos ya estaba desatado, el ministro del Interior anunció el cierre del acceso. La Guaira fue declarada zona militarizada. Solo se dejaría entrar a personal autorizado. El sábado por la mañana la entrada a esa carretera estaba absurdamente colapsada de nuevo. Forenses, policías, médicos, ambulancias, maquinaria pesada. Todos bloqueados. Entre las víctimas hay más de cien venezolanos deportados de Estados Unidos que habían aterrizado esa mañana y a los que alojaron en un hotel que se desmoronó. Perdieron la vida el mismo día que les obligaban a volver al país del que huyeron. "Éramos ciento treinta y cinco repatriados y quedamos doce y todos los demás quedaron muertos", contó uno de los supervivientes en un video que circuló en redes sociales.

No había autoridades. Así que fuimos los propios amigos los que lo sacamos de allí. Usamos una puerta como camilla, lo amarramos, lo montamos en un carro y nos lo llevamos al hospital.
— Jhon Da Silva, amigo de William Vera
Estados Unidos sigue con el pie en el cuello del país, sin dejarle recursos ni para políticas sociales ni para afrontar una crisis como esta.
— Observador extranjero anónimo
The Hearth Conversation Another angle on the story
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¿Por qué el Estado fue tan incapaz de responder si Venezuela es un país tan militarizado?

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Porque la militarización no es lo mismo que la capacidad. Pueden rastrear mensajes de WhatsApp pero no pueden coordinar una carretera en una emergencia. Las instituciones están vaciadas.

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¿Y la ayuda internacional? ¿Llegó rápido?

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Llegó, pero Estados Unidos controla el dinero del país. Levantaron una sanción temporal para el rescate, pero mantienen congelados miles de millones en ingresos petroleros. Es como ayudar con una mano mientras sostienes al ahogado con la otra.

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¿Qué pasó con William al final?

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Sobrevivió. Su amigo lo sacó de los escombros, lo llevó de hospital en hospital pagando de su bolsillo. Mandó notas de voz a su madre desde la camilla. Dijo que era un vikingo y que iba a sobrevivir.

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¿Y su novia?

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La historia no lo dice claramente. Estaban juntos bajo los escombros toda la noche. Ella dijo que no aguantaba más y se quedó quieta. Luego aparece William siendo rescatado, pero no hay detalles sobre ella.

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¿Quién realmente salvó a la gente?

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Los vecinos. Los amigos. La gente que bajó en motos y camiones con lo que tenía. El Estado estaba ahí, pero no mandaba. No se veía a los soldados arremangados como cabría esperar. Eran civiles los que cavaban en los escombros.

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