La presión de grupo se magnifica en redes sociales de formas que antes no existían
En la Argentina contemporánea, uno de cada cuatro adolescentes ha participado en al menos un reto viral durante el último año, según un estudio de la Universidad Austral publicado en Youth & Society. Lo que parece un juego de imitación digital revela, en su fondo, una tensión tan antigua como la adolescencia misma: el deseo de pertenecer y el miedo a quedar afuera. Pero hoy esa tensión se amplifica en pantallas que no ofrecen frenos, y algunos jóvenes han pagado ese precio con su vida.
- El 25% de los 848 adolescentes estudiados participó en retos virales en doce meses, y un 6% completó cinco o más desafíos, revelando una escala del fenómeno que hasta ahora no había sido medida en el país.
- Los retos más extremos —asfixia intencional, privación de sueño prolongada— han causado muertes reales; el Black Out Challenge y el Blue Whale no son leyendas urbanas sino casos documentados.
- La motivación dominante no es la adrenalina sino la pertenencia: casi un 20% de los adolescentes admitió sumarse a retos para no quedar fuera del grupo, una presión de siempre que las redes sociales amplifican sin límite.
- Quienes acumulan más retos muestran un perfil de riesgo claro: mayor adicción a internet, impulsividad elevada, dificultad para regular emociones y sobreexposición digital que puede derivar en grooming o extorsión.
- Los expertos no piden prohibición sino regulación reflexiva: celular propio no antes de los 11 años, internet a los 13, redes sociales a los 16, y una conversación familiar que enseñe a pensar antes de publicar.
Un adolescente se graba, publica el video y espera que otros lo repitan. Esa mecánica simple se ha convertido en un fenómeno medible: un estudio de la Universidad Austral, publicado en Youth & Society, analizó a 848 menores de entre 11 y 17 años en cuatro escuelas argentinas y encontró que el 25% participó en al menos un reto viral durante el último año. El 6% completó cinco o más desafíos. Las plataformas con mayor penetración entre estos jóvenes son YouTube, TikTok e Instagram.
No todos los retos son iguales. Los hay sociales e inofensivos, solidarios, de mal gusto, y finalmente los que ponen en riesgo la vida: desafíos que invitan a no dormir durante días o a autosofocarse hasta perder la conciencia. El Black Out Challenge y el Blue Whale están asociados a muertes reales. Santiago Resett, doctor en Psicología e investigador del CONICET-Universidad Austral que lideró el estudio, fue directo: muchos jóvenes han fallecido por estos desafíos.
La pregunta central es por qué los adolescentes se suman. La respuesta más frecuente no es la búsqueda de adrenalina sino la presión de pertenecer al grupo. Casi un 20% admitió participar algunas veces por esa razón. La presión de grupo siempre existió, pero las redes la amplifican: la viralización masiva, el aparente anonimato y la búsqueda de likes vuelven a los usuarios más desinhibidos. En una conversación cara a cara, quien insulta recibe una respuesta que actúa como freno; en las redes, esa retroalimentación no existe o llega tarde.
Quienes acumulan más retos presentan un perfil específico: mayor adicción a internet y redes, impulsividad elevada, dificultad para regular emociones y sobreexposición digital. Esa sobreexposición tiene consecuencias que muchos no calculan: un video aparentemente inocente puede revelar la escuela a la que asiste un menor y derivar en cyberbullying, grooming o extorsión.
Resett propuso límites concretos: celular propio no antes de los 11 años, internet no antes de los 13, redes sociales recién a los 16. Pero el objetivo no es la prohibición sino la educación reflexiva. Sugirió aplicar la regla de los 10 segundos antes de publicar —¿esto es seguro?, ¿expongo a alguien?— y reemplazar los sermones moralizantes por preguntas que inviten a pensar en las consecuencias antes de actuar.
Un adolescente se graba mientras realiza una acción, la publica en TikTok o Instagram, y espera que otros la repitan. Esa mecánica simple—grabar, compartir, esperar imitación—se ha convertido en un fenómeno masivo entre los jóvenes argentinos. Un estudio liderado por la Universidad Austral cuantificó por primera vez la escala del problema: uno de cada cuatro adolescentes participó en al menos un reto viral durante el último año.
La investigación, publicada en la revista académica Youth & Society, analizó a 848 menores de entre 11 y 17 años en cuatro escuelas del país. Los números son claros. El 14% realizó uno o dos retos en los últimos doce meses. El 5% participó en tres o cuatro. El 6% completó cinco o más. En conjunto, eso suma el 25%—una de cada cuatro personas en esa franja etaria. Las plataformas donde esto ocurre con mayor velocidad son YouTube (95% de penetración entre adolescentes argentinos), TikTok (67%) e Instagram (62%).
No todos los retos son iguales. El estudio identificó cuatro categorías. Están los retos sociales, inofensivos y lúdicos. Están los solidarios, que buscan concientizar sobre una causa o promover conductas positivas. Luego vienen los de mal gusto, despectivos pero no peligrosos. Y finalmente, los que ponen en riesgo la vida: desafíos que invitan a no dormir durante días, a autosofocarse hasta perder la conciencia, a la asfixia intencional. El "Black Out Challenge" y el "Blue Whale" figuran entre los casos más extremos, asociados a autolesiones y muertes. Santiago Resett, doctor en Psicología e investigador del CONICET-Universidad Austral que lideró la investigación, fue directo: muchos jóvenes han fallecido por estos desafíos.
La pregunta que importa es por qué los adolescentes se suman. Resett identificó la motivación más frecuente: la presión social de pertenecer al grupo y no quedar afuera. Cuando se les preguntó si les gustaba hacer un reto viral para sentirse parte de un grupo, el 8% respondió que lo hacía bastante o muchas veces. Casi un 20% lo hacía algunas veces por esa razón. El 11% dijo que le gustaba que otras personas los imitaran. La presión de grupo siempre existió—en el consumo de sustancias, en conductas antisociales—pero hoy se amplifica. Las redes sociales magnifican el fenómeno: la viralización masiva, el aparente anonimato, la búsqueda de likes, el uso compulsivo que vuelve a los usuarios más desinhibidos. En una conversación cara a cara, quien insulta recibe una respuesta inmediata que actúa como freno. En las redes, esa retroalimentación no existe o llega tarde. Los adolescentes, más impulsivos y guiados por emociones, son particularmente vulnerables.
Quienes hacen muchos retos virales presentan un perfil específico: mayores niveles de adicción a internet, Instagram, apuestas online y pornografía digital. Son adolescentes más impulsivos, con mayor necesidad de buscar sensaciones fuertes, con dificultad para regular emociones y que se sobreexponen en redes sociales. Esa sobreexposición tiene consecuencias que muchos no calculan. Un video de una adolescente bailando con el uniforme escolar revela a qué escuela asiste. Esa información puede caer en manos de terceros y derivar en cyberbullying, grooming o extorsión. Resett señaló que muchos padres también exponen a sus hijos sin advertir los riesgos.
Las señales de alerta son concretas: necesidad creciente de estar conectado, irritabilidad cuando no puede usar el celular, pérdida de interés en estudio o deportes, continuar usando redes aunque afecte el sueño o el rendimiento escolar, ocultar o mentir sobre el tiempo real de conexión. Sobre los límites de edad, Resett fue específico: el celular propio no debería entregarse antes de los 11 años, internet no antes de los 13, redes sociales recién a los 16. Uno de los errores más frecuentes es entregar un dispositivo sin establecer límites, normas ni supervisión.
El objetivo no es la prohibición sino la regulación. Resett propuso una estrategia que parte de la escucha y la reflexión, no de sermones moralizantes. Sugirió la regla de los 10 segundos antes de publicar: ¿esto es seguro?, ¿me expongo a mí y a mis padres o amigos? Propuso no normalizar el argumento de "porque todos lo hacen" y concientizar sobre el hecho de que las imágenes no pertenecen a quien las difunde. La pregunta clave es invitar a pensar: "¿Pensaste cómo esa publicación puede afectar a los demás y a nosotros como familia?" Se trata de educar desde la reflexión, escuchando a los adolescentes, enseñándoles a pensar en las consecuencias antes de actuar.
Notable Quotes
No todos los retos virales son negativos o peligrosos. Sin embargo, algunos pueden afectar nocivamente la salud física y mental de los chicos. Muchos jóvenes han fallecido por estos desafíos virales.— Santiago Resett, doctor en Psicología e investigador del CONICET-Universidad Austral
La forma más frecuente del por qué realizar retos virales, independientemente del tipo de reto, era por el motivo social de pertenecer al grupo y no quedar afuera.— Santiago Resett
The Hearth Conversation Another angle on the story
¿Por qué uno de cada cuatro adolescentes se suma a estos retos si sabe que algunos son peligrosos?
No es que sepan que son peligrosos. La presión de pertenecer al grupo es más fuerte que el cálculo del riesgo. A esa edad, la necesidad de aceptación supera la reflexión sobre consecuencias.
Pero ¿no hay diferencia entre un reto de baile y uno que te asfixia?
Claro que la hay. El estudio identificó cuatro categorías. Algunos son inofensivos, otros solidarios. Pero los extremos—como el Black Out Challenge—han matado adolescentes. Y muchos jóvenes no distinguen entre categorías cuando ven a sus pares haciéndolo.
¿Qué cambia en las redes sociales que hace esto diferente a la presión de grupo de antes?
El anonimato aparente, la audiencia masiva, la viralización. En una conversación cara a cara, quien insulta recibe una respuesta inmediata que lo frena. En redes, esa retroalimentación no existe. Los adolescentes se vuelven más atrevidos, más desinhibidos.
¿Hay un perfil de adolescente más vulnerable?
Sí. Son más impulsivos, buscan sensaciones fuertes, tienen dificultad regulando emociones. Y muchos de ellos también muestran adicción a internet, apuestas online, pornografía digital. Es un patrón.
¿Qué pueden hacer los padres sin simplemente prohibir?
Escuchar y enseñar a reflexionar. La regla de los 10 segundos antes de publicar: ¿es seguro?, ¿me expongo? No sermones moralizantes. Preguntas que inviten a pensar en consecuencias. Y límites claros sobre edad: celular a los 11, internet a los 13, redes a los 16.
¿Funciona eso?
Es el camino que el investigador propone. No es prohibición sino regulación con acuerdos claros. El objetivo es que piensen antes de actuar, no que dejen de usar tecnología.