Todos somos ignorantes, solo que de cosas distintas
A lo largo de los siglos, la humanidad ha acumulado un conocimiento sin precedentes, y sin embargo cada individuo sigue navegando un océano de ignorancia tan profundo como el de sus antepasados. El historiador Peter Burke nos recuerda que la ignorancia no es una ausencia pasiva, sino una fuerza histórica que ha moldeado epidemias, guerras y colapsos políticos con consecuencias letales. Su reflexión, publicada a finales de 2023, nos invita a una paradoja incómoda: cuanto más sabe la civilización en conjunto, más difícil resulta para cada uno de nosotros reconocer los límites de lo que sabe.
- La ignorancia sobre el origen y la propagación de enfermedades como la peste bubónica, el cólera y la COVID-19 costó millones de vidas que, con otro conocimiento, podrían haberse salvado.
- Ejércitos profesionales y bien equipados —franceses en Indochina, estadounidenses en Vietnam, rusos en Ucrania— han sufrido derrotas humillantes por subestimar a sus adversarios, confundiendo arrogancia con inteligencia estratégica.
- Las estructuras jerárquicas actúan como diques que retienen la información crítica: los subordinados temen decir a sus jefes lo que necesitan escuchar, y el silencio se convierte en política.
- Burke distingue tipos de ignorancia con efectos opuestos: la negación del cambio climático destruye; el anonimato en un examen o en un jurado protege la justicia.
- El conocimiento colectivo de la humanidad alcanza máximos históricos, pero el individuo promedio no sabe más que sus bisabuelos —solo sabe cosas distintas, habiendo perdido otras en el camino.
El historiador británico Peter Burke lleva décadas rastreando cómo el conocimiento se acumula y desaparece a lo largo de la historia. Hace poco invirtió su lente: en lugar de estudiar lo que la humanidad ha aprendido, comenzó a investigar lo que ha olvidado, lo que nunca supo y lo que eligió deliberadamente no saber. El resultado es una paradoja que desafía nuestra fe en el progreso.
La pregunta central de Burke parece sencilla: ¿sabemos más que nuestros antepasados? La respuesta depende de la escala. Como civilización colectiva, nunca hemos sabido tanto. Pero como individuos, el cuadro es más turbio: conocemos computadoras e internet, pero hemos perdido el dominio de los oficios tradicionales, de la antigüedad clásica, de los textos sagrados que nuestros bisabuelos recitaban de memoria. Es un intercambio silencioso donde unos saberes reemplazan a otros sin que nadie lleve la cuenta de lo que se pierde.
La ignorancia, sostiene Burke, no es la mera ausencia de conocimiento: es una fuerza histórica activa. Las grandes epidemias —la peste bubónica, el cólera, la gripe española, la COVID-19— causaron millones de muertes en parte porque nadie sabía de dónde venían ni cómo detenerlas. No fue solo mala suerte; fue ignorancia con consecuencias letales y medibles.
Lo mismo ocurrió en los campos de batalla. Los franceses en Indochina y los estadounidenses en Vietnam subestimaron a sus enemigos, dejando que la arrogancia reemplazara al análisis. Burke ve el mismo patrón en Ucrania: líderes que prefirieron sus suposiciones a los hechos. Y no es un problema solo de individuos: las organizaciones jerárquicas son estructuralmente vulnerables a la ignorancia, porque la información crítica rara vez sube hasta quienes toman las decisiones, y los subordinados aprenden pronto que decir verdades incómodas tiene un costo.
Burke distingue varios tipos de ignorancia. Algunos son destructivos, como negar el cambio climático. Otros son necesarios y hasta benéficos: que un examinador no sepa quién escribió el trabajo que califica, o que ninguno de nosotros conozca la fecha exacta de su muerte. Lo que emerge de todo esto es una lección de humildad colectiva: vivimos en una era de conocimiento sin precedentes, pero cada uno de nosotros sigue siendo, en palabras de un humorista estadounidense, ignorante —solo que de cosas distintas.
El historiador británico Peter Burke se ha pasado décadas estudiando cómo el conocimiento se acumula, se transforma y desaparece a lo largo de los siglos. Hace poco decidió invertir su lente: en lugar de rastrear lo que la humanidad ha aprendido, comenzó a investigar lo que ha olvidado, lo que nunca supo, lo que eligió no saber. El resultado es una paradoja incómoda que desafía nuestra fe en el progreso.
La pregunta que Burke se hace es engañosamente simple: ¿sabemos más que nuestros antepasados? La respuesta depende de a quién le preguntes. Si hablas de la humanidad como un todo —como una entidad colectiva que acumula descubrimientos, tecnología, medicina, física— entonces sí, nunca hemos sabido tanto. Pero si preguntas por una persona individual, el cuadro se vuelve más turbio. Cada uno de nosotros conoce cosas que nuestros bisabuelos jamás imaginaron: computadoras, internet, viajes espaciales. Pero hemos perdido otras cosas en el camino. Sabemos menos sobre la Biblia, menos sobre la antigüedad clásica, menos sobre los oficios tradicionales que ellos daban por sentado. Es un intercambio silencioso, generación tras generación, donde unos saberes reemplazan a otros sin que nadie lleve la cuenta de lo que se pierde.
La ignorancia, según Burke, no es simplemente la ausencia de conocimiento. Es una fuerza histórica activa, con consecuencias medibles y a menudo catastróficas. Cuando la peste bubónica arrasó Europa, nadie sabía de dónde venía ni cómo detenerla. Lo mismo ocurrió con el cólera, con la llamada gripe española, con la COVID-19. En cada caso, la ignorancia sobre el origen, la propagación y el tratamiento de la enfermedad significó millones de muertes que podrían haberse evitado. No fue solo mala suerte; fue ignorancia con consecuencias letales.
La ignorancia también ha moldeado guerras y decisiones políticas. Los generales franceses que invadieron Indochina en los años cincuenta subestimaron a sus enemigos. Los estadounidenses cometieron el mismo error en Vietnam una década después. Ambos ejércitos profesionales, equipados y entrenados, se enfrentaron a fuerzas que conocían el terreno, tenían la moral alta y estaban mejor preparadas de lo que los invasores querían admitir. La arrogancia y la ignorancia se alimentaron mutuamente, y el resultado fue la derrota. Hoy, en Ucrania, vemos el mismo patrón repetirse: líderes militares que no querían ver la realidad, que preferían sus suposiciones a los hechos.
Pero la ignorancia no actúa solo a nivel individual. Las organizaciones grandes y jerárquicas son especialmente vulnerables a ella. En una estructura piramidal, la información no fluye libremente hacia arriba ni hacia abajo. Los jefes saben cosas que sus subordinados desconocen, pero los trabajadores también poseen información crítica que nunca llega a los despachos ejecutivos. Los empleados a menudo temen decir a sus superiores lo que estos necesitan escuchar pero no quieren saber. Imagina intentar decirle a Stalin que el Plan Quinquenal no estaba funcionando. La ignorancia organizativa es un obstáculo estructural, no un defecto personal, y afecta al ejército, la iglesia, los gobiernos y las corporaciones por igual.
Burke identifica varios tipos de ignorancia, cada uno con sus propias consecuencias. Está el simple desconocimiento, la conciencia socrática de no saber, la voluntad deliberada de no saber y el deseo de mantener a otros en la ignorancia. Algunos tipos de ignorancia son destructivos: negar el cambio climático, por ejemplo, lleva a la falta de preparación y al desastre. Otros son benéficos: es bueno que un examinador no sepa quién escribió el trabajo que está calificando, que los miembros de un jurado se mantengan alejados de las noticias sobre el caso en el que participan, que ninguno de nosotros sepa exactamente cuándo morirá.
Lo que emerge de todo esto es una lección de humildad. No estamos viviendo en una era de conocimiento total. Estamos viviendo en una era donde el conocimiento colectivo es sin precedentes, pero donde cada individuo navega un paisaje de ignorancia tan vasto como el de sus antepasados, solo que diferente. Como dijo un humorista estadounidense: todos somos ignorantes, solo que de cosas distintas. Esa verdad simple, si la aceptamos, cambia cómo vemos nuestro presente y cómo juzgamos nuestro pasado.
Citas Notables
La ignorancia no es solo individual. La ignorancia de las organizaciones ha sido siempre una fuerza histórica muy poderosa— Peter Burke
El deseo de no saber algo —el calentamiento global, por ejemplo— suele llevar a la falta de preparación y, por tanto, al desastre— Peter Burke
La Conversación del Hearth Otra perspectiva de la historia
¿Por qué decidiste estudiar la ignorancia después de pasar años estudiando el conocimiento?
Porque la ignorancia es el lado oculto de la misma moneda. Cuando estudias cómo la gente aprende, inevitablemente te encuentras con lo que no aprende, lo que olvida, lo que rechaza. Decidí darle la vuelta al tema para verlo desde una perspectiva completamente nueva.
Pero ¿cómo escribes la historia de algo que no existe, de lo que la gente no sabe?
Esa es la pregunta que me hizo un colega. Una forma es mirar hacia atrás: cada descubrimiento nuevo revela algo que ignorábamos. Otra es examinar las consecuencias. La ignorancia deja cicatrices. Las epidemias, las derrotas militares, los colapsos económicos, todos ellos cuentan historias sobre lo que no sabíamos.
Mencionas que los individuos saben aproximadamente lo mismo que sus antepasados. ¿Eso no es desalentador?
Podría serlo, pero yo lo veo como liberador. Significa que no estamos en una carrera infinita hacia la omnisciencia. Significa que el conocimiento es un intercambio constante. Ganamos en algunas áreas, perdemos en otras. Nuestros bisabuelos sabían cosas sobre la vida rural, sobre la tradición, sobre textos clásicos que nosotros hemos olvidado.
¿Hay ignorancia que sea realmente útil?
Absolutamente. Un examinador que no sabe quién escribió el trabajo que está calificando es más justo. Un jurado que se mantiene alejado de las noticias sobre el caso puede juzgar con mayor imparcialidad. Hay ignorancia que protege, que preserva la equidad, que nos permite vivir sin la carga de saber todo.
¿Qué te preocupa más: la ignorancia individual o la ignorancia organizativa?
La organizativa es más peligrosa porque es estructural. Una persona ignorante puede aprender. Pero una organización jerárquica donde la información no fluye, donde los líderes no quieren escuchar malas noticias, eso es un sistema que perpetúa el desastre. Y es mucho más difícil de cambiar.
¿Qué deberíamos hacer con esta comprensión?
Ser humildes. Reconocer que nuestra ignorancia es tan vasta como la de cualquier generación anterior. Y luego, activamente, crear espacios donde la información pueda fluir, donde la gente se sienta segura diciendo lo que sabe, donde la realidad no sea negada por conveniencia política o personal.