Una noche sin dormir en el Eurovisión de Liverpool: convención de Star Wars según John Waters

Una convención de Star Wars dirigida por John Waters
Descripción de la atmósfera visual y caótica que reinaba dentro del estadio durante la final del Eurovisión 2023.

Una vez al año, Europa convierte una competición musical en un ritual colectivo que desborda cualquier pantalla. En Liverpool, durante la semana de mayo de 2023, medio millón de personas transformaron una ciudad entera en escenario, dejando cuarenta y seis millones de euros y la pregunta de si el espectáculo une o simplemente yuxtapone mundos que nunca se tocan. El Eurovisión no es solo entretenimiento: es un espejo portátil en el que el continente se mira, con sus contradicciones, sus guerras y sus lentejuelas, todo al mismo tiempo.

  • Dentro del M&S Bank Arena, siete mil personas disfrazadas convirtieron la final en algo más cercano a una experiencia religiosa que a un concurso de canciones.
  • Fuera del recinto, grupos de fans ucranianos pedían entrar sin pagar mientras, en su país de origen, los integrantes de Tvorchi actuaban bajo el eco de los bombardeos rusos.
  • La fractura entre la zona VIP repleta de influencers europeos y la sala contigua donde los voluntarios comían pollo a la Villaroy expuso las jerarquías invisibles que sostienen el espectáculo.
  • Antonio, eurofan madrileño con purpurina en el rostro y mil euros menos en el bolsillo, resumía la paradoja: todo fue más caro, pero la ciudad se entregó como ninguna otra.
  • La mirada ya apunta a Suecia y a 2024, donde el fantasma de ABBA —cincuenta años después de Waterloo— podría materializarse por fin ante su público.

La noche de la final del Eurovisión 2023, Liverpool dejó de ser una ciudad portuaria del norte de Inglaterra para convertirse en algo difícil de nombrar. Dentro del M&S Bank Arena, miles de seguidores disfrazados —chaquetas bolero verde fluorescente, diademas con cuernos de unicornio, trajes que brillaban como bolas de discoteca— vivían una experiencia que ninguna retransmisión televisiva podría reproducir. El estadio circular amplificaba cada grito y cada destello hasta convertir el pop europeo en algo parecido a una fe.

Pero el verdadero festival ocurría también en las calles. Más de medio millón de personas recorrieron la ciudad durante la semana, muchas sin haber pisado jamás el recinto oficial. El impacto económico superó los cuarenta y seis millones de euros. Mientras tanto, en Ucrania, caían bombas mientras los integrantes de Tvorchi actuaban en ese mismo escenario.

Dentro del recinto, dos mundos convivían separados por una sola puerta: en la zona VIP, influencers de toda Europa disfrutaban de un cátering de lujo financiado por los patrocinadores oficiales; en la sala contigua, los voluntarios que hacían posible el evento comían verduras y pechugas de pollo. La incomodidad de esa imagen era tan real como los fuegos artificiales del escenario.

Antonio, un madrileño de cuarenta años, esperaba el tren de vuelta con restos de purpurina en la cara y apenas una hora de sueño. Había invertido mil euros en el viaje, organizado con cuatro meses de antelación. No consiguió entrada para la final y la vio en un bar. Reconocía que todo había sido más caro que en Turín, pero admitía que Liverpool se había volcado con el festival de una manera que pocas ciudades podrían igualar.

Con Suecia como próxima sede, la prensa internacional ya especulaba sobre lo impensable: que ABBA se reuniera físicamente para conmemorar el medio siglo de su victoria en Brighton con Waterloo. En 2021 lanzaron Voyage y protagonizaron una gira en holograma, pero eso no era lo mismo que un reencuentro real. El Eurovisión 2024 podría ser la ocasión.

La noche del sábado en Liverpool, cuando la final del Eurovisión 2023 llegaba a su punto álgido, la ciudad británica se transformó en algo que ninguna cámara de televisión podría capturar completamente. Dentro del M&S Bank Arena, casi siete mil personas se apretujaban en un espacio que parecía diseñado para intensificar cada sensación. Los seguidores del representante finlandés Käärijä, que terminaría ganando el voto del público, llevaban réplicas de su característica chaqueta bolero verde fluorescente. Los de la candidata israelí Noa Kirel lucían diademas con velos y cuernos de unicornio multicolor. Otros simplemente se habían envuelto en trajes que brillaban como bolas de discoteca. La experiencia resultaba abrumadora: una mezcla de despedida de soltero, convención de ciencia ficción y el caos visual que solo podría haber imaginado un cineasta de culto obsesionado con el mal gusto.

Pero el verdadero Eurovisión ocurría también fuera de esas paredes. Más de medio millón de personas recorrieron las calles de Liverpool durante la semana del festival, según datos de la policía local. Muchas de ellas nunca pisaron el interior del recinto oficial. Algunos grupos, como un conjunto de chicas con la bandera ucraniana a la espalda, rogaban sin éxito a los guardias de seguridad que las dejaran entrar sin pagar. El impacto económico fue considerable: los visitantes dejaron más de cuarenta y seis millones de euros en la ciudad, según cálculos de The Guardian. Mientras tanto, en Ucrania, donde nacieron los integrantes de Tvorchi, que actuaban en ese mismo escenario, caían bombas rusas.

Dentro del recinto, dos mundos convivían separados apenas por una puerta. En la zona VIP, los patrocinadores oficiales del festival—una web de viajes, una red social y una marca de bebidas alcohólicas—habían preparado un lujoso cátering para decenas de influencers traídos desde toda Europa. La fiesta había comenzado a las seis de la tarde y continuaría horas después de que terminara la gala. En la sala contigua, cientos de trabajadores y voluntarios que hacían posible el evento mastodóntico comían verduras y pechugas de pollo a la Villaroy. La diferencia entre ambos espacios era tan evidente como incómoda.

La experiencia en vivo del Eurovisión resultaba radicalmente distinta a lo que los millones de televidentes veían en sus pantallas. Todo era más grande, más explosivo, menos dependiente de los detalles que importan en un plano cerrado. El estadio circular amplificaba cada momento, cada grito, cada destello de luz. Para quienes lo vivían en directo, era el evento más importante del año, el momento en el que la música pop europea se convertía en religión.

Antonio, un eurofan madrileño de cuarenta años, esperaba el domingo por la mañana en el andén de la estación de tren de Liverpool con restos de purpurina aún en el rostro. Había dormido poco más de una hora. Llegó el miércoles para ver la segunda semifinal en el estadio, pero no consiguió entrada para la final, así que la vio en un bar con amigos. En total, había invertido mil euros en el viaje, que organizó con cuatro meses de anticipación. El Euroclub de la ciudad le había costado ciento veinte euros por entrada de gala, comparado con los cuarenta euros que pagó el año anterior en Turín. "Todo ha sido mucho más caro que en Italia", se lamentaba mientras esperaba el tren que lo llevaría a Mánchester. Pero reconocía que la ciudad había estado volcada con el festival, llena de voluntarios dispuestos a ayudar en todo.

Mientras Liverpool aún vibraba con los ecos del evento, la prensa internacional ya especulaba sobre lo que vendría después. Suecia albergaría el Eurovisión 2024, y con ello surgía una posibilidad que emocionaba a los aficionados: que ABBA se reuniera físicamente en el recinto sueco para conmemorar el aniversario de su victoria, ocurrida exactamente medio siglo antes en Brighton. Con apenas un disco en el mercado, los suecos eran desconocidos cuando interpretaron Waterloo en 1974, compitiendo contra Olivia Newton-John y Peret. Su indumentaria colorida y explosiva los conectó para siempre con el festival. En 2021 lanzaron Voyage, un disco que generó un impacto inicial en las plataformas de streaming, seguido de una gira en holograma donde posaron juntos en una imagen distópica preparándose para crear sus avatares digitales. Pero eso no era lo mismo que un reencuentro real con sus admiradores. El próximo Eurovisión podría hacer que eso finalmente ocurriera.

He pasado todas las noches en el Euroclub de la ciudad, pero todo ha sido mucho más caro que el año pasado en Italia
— Antonio, eurofan madrileño de 40 años
Nos hemos encontrado una ciudad volcada con la gente e implicada con el festival; llena de voluntarios que te ayudaban en todo
— Antonio
The Hearth Conversation Another angle on the story
Inventor

¿Por qué importa tanto lo que sucede fuera del escenario en un festival como este?

Model

Porque el Eurovisión es más que un espectáculo televisivo. Es un fenómeno cultural que atrae a personas dispuestas a gastar miles de euros, a dormir poco, a viajar desde lejos. Lo que ves en pantalla es solo una fracción de lo que realmente sucede.

Inventor

Mencionas la división entre la zona VIP y donde comían los trabajadores. ¿Eso es típico de eventos así?

Model

Es la realidad de cualquier evento grande. Pero en el Eurovisión es particularmente visible porque el festival celebra la igualdad y la diversidad, mientras que internamente reproduce las mismas jerarquías que el resto del mundo.

Inventor

¿Qué significa que Antonio haya invertido mil euros y aún así no viera la final en vivo?

Model

Significa que incluso siendo un aficionado dedicado, dispuesto a planificar con meses de anticipación, los precios lo excluyeron. Tuvo que conformarse con verlo en un bar. Es una contradicción: el festival atrae a decenas de miles, pero muchos quedan fuera.

Inventor

¿Por qué ABBA es tan importante para esta historia?

Model

Porque representa la continuidad del Eurovisión como fenómeno. ABBA ganó hace cincuenta años en Brighton, y ahora hay especulación sobre si se reunirán en Suecia. Es la promesa de que el festival sigue siendo relevante, que puede traer de vuelta incluso a los más grandes.

Inventor

¿Qué te sorprende más de lo que ocurrió esa noche?

Model

La escala. Medio millón de personas en las calles, cuarenta y seis millones de euros en gasto, todo concentrado en una semana. Y mientras tanto, en Ucrania, caían bombas. El contraste es brutal.

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