En los vastos terrenos de Becker, Minnesota, la instalación solar más grande del Alto Medio Oeste descubrió que la naturaleza no espera instrucciones: la vegetación de pradera crecía lo suficiente para apagar inversores y detener la producción de energía. Ni las máquinas de combustión ni los herbicidas químicos podían resolver el problema sin traicionar el propósito ecológico del proyecto. La respuesta llegó de una sabiduría más antigua: dos mil ovejas y un burro guardián, que recuerdan que la transición energética no ocurre sobre la tierra, sino dentro de ella.