Anciana con muleta recoge firmas en La Habana contra la desigual distribución de apagones

Ciudadanos cubanos enfrentan apagones de 20-24 horas diarias, afectando especialmente a poblaciones vulnerables como ancianos con discapacidades que dependen de servicios eléctricos esenciales.
Está perdiendo el miedo y está aprendiendo a luchar
Reflexión sobre el acto de la anciana que recogía firmas contra los apagones desiguales en La Habana.

En La Habana de 2026, una anciana con muleta y dificultades auditivas recorrió su barrio de puerta en puerta recogiendo firmas contra la distribución desigual de los apagones, consciente de que su gesto era simbólico y aun así decidida a realizarlo. Su acto ocurrió en medio de una ciudad en ebullición, con apagones de hasta 40 horas consecutivas en algunos bloques mientras los de enfrente permanecían iluminados. Lo que en cualquier otro contexto sería un trámite cívico ordinario, en la Cuba actual se convirtió en un acto de valentía que resonó en las redes y en la memoria colectiva de quienes lo presenciaron.

  • Los apagones en La Habana han alcanzado entre 20 y 24 horas diarias, con casos documentados de 40 horas sin electricidad en un bloque mientras el de enfrente mantenía la luz encendida.
  • La desigualdad en la distribución del suministro eléctrico ha encendido una rabia que ya no cabe en silencio: cacerolazos, quema de gomas y represión policial marcaron el mismo fin de semana en que la anciana salió a la calle.
  • Una mujer mayor con muleta y dificultades auditivas decidió recoger firmas a mano, no porque creyera que cambiaría algo, sino porque consideró que la resignación era la única derrota verdadera.
  • Javier Bobadilla firmó con nombre y dirección completos y lo contó en Facebook, desatando una ola de reacciones que compararon a la anciana con figuras históricas de valentía cubana.
  • El acto señala un umbral: en una ciudad donde el miedo ha sido herramienta de control, una hoja de papel y un bolígrafo se convirtieron en el gesto más radical de la jornada.

En un barrio de La Habana, una mujer mayor con dificultades auditivas recorría lentamente las calles apoyada en una muleta, llevando dos hojas escritas a mano y un bolígrafo. La petición era sencilla en su forma: una denuncia contra la distribución desigual de los apagones, que dejaban a algunos hogares en la oscuridad durante días enteros mientras otros nunca perdían la corriente. Ella sabía que era un gesto simbólico, casi fútil. Salió de todas formas.

Fue Javier Bobadilla quien dio a conocer la historia. La anciana se detuvo frente a su ventana y le explicó con brevedad qué pedía en esa cuartilla. Había intentado, según sus propias palabras, no ir a lo político, consciente de los riesgos que eso implicaba. Bobadilla firmó con nombre completo y dirección, y luego escribió en Facebook por qué lo hizo: no por envidia hacia quienes tenían luz, sino porque mientras otros pasaban el día sentados en las esquinas, esa señora había decidido que si esa iba a ser su última lucha, que así fuera.

La publicación desató una cascada de reacciones. Algunos compararon a la mujer con Mariana Grajales, símbolo histórico de valentía femenina en Cuba. Otros lo dijeron sin rodeos: es valiente. Un comentario capturó la paradoja con precisión: lo que en cualquier país sería un acto cívico normal, en la Cuba de 2026 era un acto de coraje.

El contexto era brutal. Los apagones en La Habana alcanzaban entre 20 y 24 horas continuas. En el bloque 2 de Playa, una residente denunció 40 horas consecutivas sin electricidad mientras el bloque de enfrente dormía con las luces encendidas. El mismo día en que la anciana recogía firmas, hubo cacerolazos en La Genética. La víspera, manifestaciones habían estallado en Carlos III, San Miguel del Padrón y La Güinera, con quema de gomas y represión policial documentada.

Lo que hizo esa mujer fue elemental en su forma y radical en su intención. No convocó una manifestación ni redactó un comunicado. Simplemente caminó por su barrio pidiendo a sus vecinos que firmaran un papel. En una ciudad donde el miedo es una herramienta de control y los apagones duran días enteros, ese gesto simple se volvió extraordinario.

En un barrio de La Habana, una mujer mayor con dificultades auditivas se movía lentamente de puerta en puerta, apoyada en una muleta, llevando consigo dos hojas de papel y un bolígrafo. En esas páginas había escrito a mano una petición simple pero cargada de significado: una denuncia contra la distribución desigual de los apagones que asolan la ciudad. No era un acto de ingenuidad. La mujer sabía perfectamente que sus firmas no cambiarían nada. Sabía que era un gesto simbólico, casi fútil. Pero decidió hacerlo de todas formas.

La historia llegó a conocerse a través de Javier Bobadilla, quien presenció el momento en que la anciana se detuvo frente a su ventana y le explicó, con brevedad y claridad, qué pedía en esa cuartilla. El texto hablaba de cómo algunos hogares, inexplicablemente, nunca perdían la corriente eléctrica, mientras otros vivían en la oscuridad. Demandaba justicia ante las autoridades. Bobadilla notó algo en la redacción: la mujer había intentado evitar "ir a lo político", como ella misma le dijo, consciente de los riesgos que eso implicaba en La Habana de 2026. Aun así, salió a la calle.

Bobadilla firmó la petición con su nombre completo y su dirección. En su relato posterior en Facebook, explicó por qué lo hizo: no porque le molestara que otros tuvieran electricidad mientras él no, sino porque mientras en las esquinas había gente ociosa que pasaba el día sentada sin hacer nada, esta señora había decidido que si esa iba a ser su última lucha, que así fuera. "Está perdiendo el miedo y está aprendiendo a luchar, y eso yo se lo firmo aunque sea en una hoja en blanco", escribió.

La publicación desencadenó una cascada de reacciones en las redes. Usuarios reconocieron en el acto una grandeza que trascendía su aparente simplicidad. Algunos compararon a la mujer con Mariana Grajales, la madre de los Maceo, símbolo histórico de valentía femenina en Cuba. Otros fueron más directos: bravo por ella, escribieron, es valiente. Un comentario capturó la paradoja: un gesto que sería normal en cualquier país, en la Cuba de hoy era un acto de valentía.

Este acto ocurrió en medio de una jornada particularmente intensa de protestas en La Habana. El mismo sábado en que la anciana recogía firmas, se registraron cacerolazos en La Genética, en el municipio de Playa. Un día antes, manifestaciones de descontento habían estallado en Carlos III, San Miguel del Padrón y La Güinera, con quema de gomas y represión policial documentada. La ciudad estaba en ebullición.

Los números detrás de esa ebullición eran brutales. Los apagones en La Habana alcanzaban entre 20 y 24 horas continuas. En el bloque 2 de Playa, una residente denunció haber pasado 40 horas consecutivas sin electricidad mientras el bloque de enfrente dormía con las luces encendidas. La desigualdad no era una percepción; era medible, verificable, insoportable. La mujer con muleta no estaba protestando contra la escasez de electricidad en abstracto. Estaba protestando contra un sistema que distribuía esa escasez de manera deliberadamente desigual, que dejaba a algunos en la oscuridad mientras otros vivían en la luz.

Lo que hizo esa anciana fue simple en forma pero radical en intención. No organizó una manifestación masiva. No escribió un comunicado político. Simplemente caminó por su barrio, con su muleta, pidiendo a sus vecinos que firmaran un papel. Fue un acto de resistencia civil en su forma más elemental: la negativa a aceptar lo inaceptable, la decisión de que aunque fuera por gusto, aunque fuera simbólico, aunque fuera peligroso, valía la pena intentarlo. Y en una ciudad donde los apagones duraban días enteros, donde la represión era documentada, donde el miedo era una herramienta de control, ese acto simple se convirtió en algo extraordinario.

Sabe que es por gusto, es una acción simbólica. También sabe perfectamente que todos deberíamos tener corriente todo el tiempo
— Javier Bobadilla, describiendo la consciencia de la anciana sobre su acto
Un gesto que pudiera ser normal en cualquier país; en la Cuba de hoy es un acto de valentía
— Comentario de usuario en redes sociales
La Conversación del Hearth Otra perspectiva de la historia
Inventor

¿Por qué crees que esta mujer decidió salir a la calle sabiendo que su petición probablemente no cambiaría nada?

Model

Porque en algún momento, la resignación se vuelve insoportable. Ella no estaba buscando una solución inmediata. Estaba buscando ser escuchada, ser vista, dejar constancia de que esto no es aceptable.

Inventor

¿Qué significa que haya intentado "no ir a lo político" en su texto?

Model

Significa que incluso en el acto de protestar, tenía que calcular el riesgo. No podía simplemente decir lo que pensaba. Tenía que redactar cuidadosamente, evitar palabras que pudieran traerle problemas. Eso es lo que significa vivir bajo represión.

Inventor

¿Por qué la comparación con Mariana Grajales resonó tanto en los comentarios?

Model

Porque la gente reconoció en ella algo que creía perdido: una disposición a luchar a pesar del miedo, a pesar de las limitaciones físicas, a pesar de saber que probablemente fracasaría. Eso es lo que representa Grajales en la memoria cubana.

Inventor

¿Qué nos dice el hecho de que 40 horas sin luz en un bloque mientras el de enfrente tenía luz?

Model

Que la desigualdad no es accidental. Es sistemática. No es que no haya electricidad. Es que se distribuye de manera que algunos sufren mientras otros no. Eso es lo que la anciana estaba denunciando.

Inventor

¿Crees que su gesto cambió algo en La Habana?

Model

Probablemente no cambió la distribución de los apagones. Pero cambió algo más importante: mostró que la gente estaba dispuesta a perder el miedo. Eso es el primer paso de cualquier cambio real.

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