Desde un laboratorio en la Universidad de Hawái, el químico manchego Daniel González Pérez recrea las condiciones más extremas del universo —temperaturas de -260°C y vacíos casi perfectos— para descifrar cómo nacen las moléculas que flotan entre las estrellas. Su trabajo, financiado en parte por la NASA, sitúa a un investigador de Daimiel en la frontera entre la química y la astronomía, en una disciplina llamada astroquímica que intenta responder preguntas tan antiguas como la propia materia. Su historia es también la de muchos científicos españoles que persiguen sus vocaciones lejos de casa,