En los pliegues de grasa que abrazan al corazón, neurocientíficos de Yale han encontrado algo inesperado: una red de neuronas que actúa como un cerebro en miniatura, capaz de modular el ritmo cardíaco cuando el cuerpo enfrenta el estrés. El hallazgo, publicado en Cell, reescribe una creencia antigua —que el corazón era un órgano pasivo, gobernado únicamente desde arriba— y sugiere que lleva consigo su propia inteligencia de defensa. Si este sistema se confirma en humanos, la medicina cardiovascular podría encontrar nuevas puertas donde antes solo había paredes.