Desde un pueblo de Córdoba hasta los confines del cosmos, Rafael Luque encarna una pregunta que la humanidad ha susurrado desde siempre: ¿estamos solos? Investigador del CSIC con apenas 33 años, trabaja en el umbral de una revolución científica que podría desplazarnos del centro de la vida misma, tal como Copérnico nos desplazó del centro del universo. La tecnología —el James Webb y los observatorios que vendrán— ya no hace de este sueño una metáfora, sino una agenda concreta con fechas y métodos.