Trump y Vox: el negacionismo climático conquista la política occidental

Incendios como el de Almería causan daños devastadores; DANAS generan estragos significativos; olas de calor extremas afectan a poblaciones vulnerables.
La voz de un investigador pesa menos que la opinión de una figura mediática
Reflexión sobre cómo el debate público prioriza el ruido mediático sobre la evidencia científica en temas de cambio climático.

En ambos lados del Atlántico, una corriente política encabezada por Trump y secundada por figuras como Abascal ha convertido el negacionismo climático en instrumento de gobierno, desmantelando acuerdos y regulaciones mientras la ciencia acumula evidencias de un planeta que ya no puede esperar. No se trata de un debate entre expertos, sino de una tensión más antigua: la que enfrenta el conocimiento paciente con el poder que prefiere ignorarlo. Los incendios, las DANAS y las olas de calor no distinguen entre ideologías; avanzan mientras el debate público sigue atrapado en el ruido.

  • Trump regresa a la Casa Blanca y de inmediato firma decretos para abandonar el Acuerdo de París, eliminar regulaciones sobre emisiones y relanzar los combustibles fósiles como eje energético del país.
  • El discurso negacionista cruza el Atlántico: Abascal y otros líderes europeos adoptan el mismo lenguaje, convirtiendo lo que era una posición marginal en una estrategia política con acceso real al poder.
  • La comunidad científica lleva años alertando, pero en el debate público su voz pesa menos que la de una figura mediática con micrófono permanente en televisión.
  • España lo siente en carne propia: olas de calor sin precedentes, DANAS cada vez más destructivas e incendios como el de Almería que arrasan territorios enteros y dejan una devastación difícil de cuantificar.
  • La batalla ya no es entre ciencia y negación en abstracto, sino entre una realidad que se acelera y una narrativa política que ha logrado instalarse en los centros de decisión.

Apenas de regreso en la Casa Blanca, Trump desató una cascada de decretos para desmantelar las políticas climáticas de sus predecesores: retirada del Acuerdo de París, eliminación de regulaciones sobre gases de efecto invernadero e impulso decidido a los combustibles fósiles. Nada de esto sorprendió a quienes llevan años escuchándole calificar el cambio climático de 'gran engaño'. Lo que sí ha cambiado es el alcance de esa narrativa.

En Europa, políticos como Santiago Abascal han adoptado el mismo lenguaje, rechazando lo que denominan 'fanatismo climático' con argumentos calcados de los que resuenan en Washington. Lo que hace una década parecía una posición residual ha conquistado espacios de poder real a ambos lados del Atlántico, transformando el negacionismo en una estrategia política con consecuencias concretas.

Mientras tanto, España encaja golpe tras golpe: olas de calor de una intensidad desconocida para generaciones anteriores, DANAS que arrasan con una violencia creciente, incendios como el de Almería que dejan territorios enteros convertidos en ceniza. Los climatólogos no dudan en señalar cómo el cambio climático amplifica cada uno de estos fenómenos, cómo el calor extremo convierte el paisaje en yesca antes de que llegue cualquier chispa.

Sin embargo, en el debate público, la voz de un investigador que ha dedicado años a su trabajo pesa menos que la opinión de una figura mediática con acceso permanente a una cámara. Esa es la verdadera batalla en curso: no entre científicos y negacionistas en abstracto, sino entre una realidad observable que se acelera y una narrativa política que ha logrado instalarse en el poder. Los incendios seguirán ardiendo y las olas de calor seguirán golpeando, indiferentes al ruido del debate.

Apenas instalado en la Casa Blanca para su segundo mandato, Trump no esperó ni a ocupar formalmente el Despacho Oval antes de desatar una lluvia de decretos destinados a desmantelar lo poco que quedaba de las políticas climáticas de sus antecesores. La retirada de Estados Unidos del Acuerdo de París, la eliminación de regulaciones sobre gases de efecto invernadero, el impulso decidido hacia los combustibles fósiles: cada medida respondía a una convicción que Trump ha repetido sin cansancio durante años, calificando el cambio climático de "gran engaño" y "gran estafa".

Esta narrativa no es exclusiva de Washington. En Europa, políticos como Santiago Abascal han adoptado el mismo lenguaje, rechazando lo que llaman "fanatismo climático" con argumentos idénticos a los que resuena en la política estadounidense. Lo que hace una década parecía una posición marginal ha conquistado espacios de poder real en ambos lados del Atlántico, transformando el negacionismo climático en una estrategia política viable.

Mientras tanto, los científicos llevan años advirtiendo sobre lo insostenible de este camino. Y la realidad no espera a que los políticos cambien de opinión. España sufre olas de calor de una intensidad sin precedentes en décadas, fenómenos que nada tienen que ver con los que padecía el país hace apenas una generación. Las DANAS —depresiones aisladas en niveles altos— golpean con una violencia cada vez más destructiva. Los incendios arrasan territorios enteros, como sucedió recientemente en Almería, dejando a su paso un rastro de devastación.

Es cierto que los incendios tienen múltiples causas. Pero no existe especialista en climatología que no subraye cómo el cambio climático amplifica sus consecuencias, cómo las olas de calor actúan como una sequía térmica que convierte el paisaje en yesca. La evidencia es abrumadora, visible, tangible. Y sin embargo, en el debate público español, la voz de un investigador dedicado años a su laboratorio pesa menos que la opinión de una figura mediática con micrófono permanente en un programa de televisión.

Esta es la batalla que se libra ahora: no entre científicos y negacionistas, sino entre la realidad observable y una narrativa política que ha conseguido instalarse en el poder. Mientras Trump firma decretos y Abascal descalifica la ciencia como ideología, las consecuencias del cambio climático se aceleran. Los incendios seguirán ardiendo. Las olas de calor seguirán golpeando. Y el debate público seguirá priorizando el ruido mediático sobre la evidencia que cualquiera puede verificar con solo mirar por la ventana.

Trump caracteriza el cambio climático como 'un gran engaño' y 'una gran estafa'
— Donald Trump
Abascal rechaza lo que llama 'fanatismo climático', replicando el lenguaje negacionista estadounidense
— Santiago Abascal
The Hearth Conversation Another angle on the story
Inventor

¿Por qué Trump se apresura tanto a deshacer estas regulaciones? ¿Qué gana con ello?

Model

Para él, estas políticas representan restricciones a la industria energética y al crecimiento económico tal como lo entiende. Pero también es una cuestión ideológica: ha invertido años en caracterizar el cambio climático como un engaño, así que mantener esa posición es coherente con su narrativa política.

Inventor

¿Y por qué líderes europeos como Abascal replican exactamente el mismo discurso?

Model

Porque funciona. En ambos contextos, hay un sector político que ve en el negacionismo climático una forma de movilizar a votantes que sienten que las políticas ambientales les afectan económicamente o que desconfían de las élites que las promueven.

Inventor

Pero los científicos tienen razón. Las olas de calor son más intensas, los incendios más devastadores.

Model

Exactamente. Y eso es lo que hace tan frustrante esta situación. La realidad es verificable. Cualquiera puede comparar las temperaturas de hace treinta años con las de ahora. Pero en el espacio público, esa evidencia compite con narrativas políticas que tienen más altavoz.

Inventor

¿Entonces el problema es simplemente que los negacionistas tienen mejor comunicación?

Model

Es más complejo. Es que el negacionismo se ha convertido en una posición política legítima, ocupada por gente con poder real. Ya no es una opinión marginal. Es política de gobierno.

Inventor

¿Qué pasa con los incendios como el de Almería? ¿Cómo se explica eso sin hablar de cambio climático?

Model

No se explica. O mejor dicho, se explica mal. Se culpa a causas locales, a negligencia, a lo que sea. Pero los especialistas son claros: el cambio climático no causa los incendios, pero sí amplifica sus consecuencias, los hace más intensos, más difíciles de controlar.

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