Seis años después de su derrota electoral, Donald Trump volvió a dirigirse a la nación en horario de máxima audiencia para resucitar la narrativa del fraude de 2020, esta vez bajo el manto de documentos de inteligencia desclasificados que señalan a China como actor decisivo. El gesto, más ritual que revelación, no aporta pruebas de impacto determinante en el resultado, pero cumple una función política precisa: sembrar dudas sobre la legitimidad de unas midterms que las encuestas vaticinan favorables a los demócratas. En la historia larga de las democracias, pocas cosas resultan tan frágiles co