En las calles de Londres, la aparición de tres obras del artista Banksy ha desencadenado un gasto público de 175 000 euros que nadie anticipó ni presupuestó. Lo que para muchos representa una forma legítima de arte urbano con resonancia cultural, para las arcas municipales y estatales se traduce en facturas de limpieza, vigilancia y restauración que siguen creciendo. La tensión entre el valor simbólico del arte callejero y el costo administrativo de su existencia en espacios protegidos plantea una pregunta que ninguna ley ha sabido responder del todo: ¿a quién pertenece el espacio público, y q