Alerta por uso indebido de inyecciones para adelgazar en pacientes con trastornos alimentarios

Personas con trastornos alimentarios diagnosticados utilizan medicamentos sin supervisión médica, enfrentando riesgos de efectos adversos graves y perpetuación de conductas patológicas de restricción alimentaria.
Los agonistas GLP-1 pueden estar siendo consumidos para mantener conductas patológicas de restricción
Nicholas C. Peiper resume la preocupación central del estudio sobre el uso indebido de estos medicamentos en pacientes vulnerables.

El 10% de pacientes con trastornos alimentarios reportó patrones de mal uso de medicamentos GLP-1, consumiendo dosis incorrectas o sin indicación médica para perpetuar restricción extrema. El 9,9% accedió a fórmulas compuestas ilegales de calidad desconocida, mientras que el 81% de usuarios experimentó pérdida severa de apetito y otros efectos adversos sin supervisión médica.

  • El 32% de personas con trastornos alimentarios en EE.UU. usó agonistas GLP-1, duplicando la tasa de la población general
  • El 10,1% reportó patrones de mal uso: dosis incorrectas, consumo sin indicación médica o compartición de dispositivos
  • El 9,9% accedió a fórmulas compuestas ilegales de calidad desconocida
  • El 81% de usuarios experimentó pérdida severa de apetito; 66% náuseas; 56% trastornos gastrointestinales

Un estudio en JAMA Psychiatry revela que el 32% de personas con trastornos alimentarios en EE.UU. usó agonistas GLP-1 de forma indebida, duplicando la tasa de la población general, con acceso a versiones ilegales agravando los riesgos.

Un estudio publicado en JAMA Psychiatry ha documentado por primera vez la magnitud de un fenómeno inquietante: personas diagnosticadas con trastornos alimentarios están utilizando medicamentos diseñados para la diabetes y la obesidad de formas que perpetúan sus conductas de restricción extrema. La investigación, realizada por un equipo de la Universidad de Louisville entre diciembre de 2025 y enero de 2026, encuestó a 436 adultos estadounidenses y encontró que casi uno de cada tres había probado estos fármacos, conocidos como agonistas del receptor GLP-1, en algún momento de sus vidas.

Los medicamentos en cuestión—semaglutida, tirzepatida, dulaglutida, liraglutida y exenatida—fueron desarrollados para controlar los niveles de glucosa en sangre y reducir el peso corporal. La Administración de Alimentos y Medicamentos de Estados Unidos ha ampliado recientemente sus indicaciones aprobadas para incluir insuficiencia renal crónica y apnea del sueño grave. Sin embargo, ninguno de estos fármacos ha sido autorizado para tratar trastornos alimentarios, ni siquiera en sus variantes de mayor riesgo cardiometabólico. Esto no ha detenido su uso entre pacientes vulnerables que buscan herramientas para intensificar la pérdida de peso.

Los números revelan la escala del problema. De los 436 participantes, 140 personas (32,1%) reportaron haber usado alguna vez un agonista GLP-1. Entre ese grupo, 96 individuos (22%) dijeron que continuaban usándolos en el momento de la encuesta. Más preocupante aún: 44 personas (10,1%) describieron patrones de mal uso, consumiendo dosis superiores o inferiores a las prescritas, utilizando los medicamentos sin indicación médica, manipulando los dispositivos de inyección o compartiendo sus suministros con otros. Esta cifra de uso indebido duplica la tasa observada en la población adulta general estadounidense.

La muestra estudiada reflejaba la realidad clínica de estos trastornos. Los participantes tenían una edad promedio de 34 años, con predominancia femenina del 94%. Incluía personas diagnosticadas con anorexia nerviosa (27%), bulimia (7%), anorexia atípica, trastorno por atracón y cuadros en remisión. Más del 70% reportó antecedentes de trastornos del ánimo, y el 88% había experimentado ansiedad, lo que subraya la carga de comorbilidades psiquiátricas que caracteriza a esta población.

Un aspecto particularmente preocupante fue el acceso a versiones compuestas ilegales o de procedencia dudosa. El 9,9% de los encuestados reportó haber obtenido estos medicamentos fuera del mercado farmacéutico regulado, en presentaciones de calidad desconocida. Los investigadores atribuyeron esto en parte a la escasez registrada en el mercado regular, que ha creado lo que denominan un "entorno dinámico de riesgo" para personas con trastornos alimentarios.

Los efectos adversos fueron generalizados entre quienes utilizaban estos medicamentos. El 81% experimentó pérdida de apetito significativa, el 66% sufrió náuseas, el 56% reportó trastornos gastrointestinales, el 32% dolor estomacal y el 22% cefaleas. Estos síntomas ocurrieron frecuentemente sin supervisión médica adecuada, en una población ya caracterizada por comorbilidades psiquiátricas y médicas complejas.

Nicholas C. Peiper, quien dirigió el estudio junto a un equipo interdisciplinario de epidemiología, psiquiatría y salud conductual, resumió la preocupación central: los agonistas GLP-1 están siendo consumidos por personas con trastornos alimentarios específicamente para mantener conductas patológicas de restricción y pérdida rápida de peso. Los autores reconocen las limitaciones de su investigación—se trató de un análisis transversal con muestreo no probabilístico y autoreporte, lo que significa que los porcentajes podrían variar en estudios representativos a escala nacional. Sin embargo, marca la primera cuantificación rigurosa del fenómeno en esta población vulnerable.

Los investigadores advierten que la urgencia de farmacovigilancia aumentará conforme la industria farmacéutica expande su oferta hacia versiones orales y agonistas duales o triples. Las próximas fases del estudio profundizarán en los patrones específicos de mal uso, las fuentes de obtención, los motivos de consumo fuera de indicación y la exposición publicitaria que rodea estos medicamentos. Lo que está en juego es la salud de personas cuyas conductas alimentarias ya están profundamente alteradas, ahora potencialmente amplificadas por herramientas farmacéuticas nunca destinadas a este propósito.

Estamos observando que los agonistas de GLP-1 pueden estar siendo consumidos por personas con trastornos alimentarios para mantener conductas patológicas de restricción y pérdida rápida de peso
— Nicholas C. Peiper, director del estudio
La farmacovigilancia de los GLP-1 es urgentemente necesaria
— Equipo de investigadores de JAMA Psychiatry
La Conversación del Hearth Otra perspectiva de la historia
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¿Por qué estos medicamentos resultan tan atractivos para personas con trastornos alimentarios si no fueron diseñados para eso?

Model

Porque hacen exactamente lo que alguien con anorexia o bulimia desea: suprimen el apetito de forma drástica. Para una persona cuya mente ya está convencida de que debe comer menos, un medicamento que elimina el hambre se convierte en una herramienta perfecta para justificar y perpetuar esa restricción.

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¿Y cómo acceden a versiones ilegales si estos medicamentos están regulados?

Model

La escasez en el mercado farmacéutico regular—causada por la demanda masiva de personas que buscan perder peso—ha creado un vacío. Donde hay demanda insatisfecha y dinero disponible, aparecen proveedores sin escrúpulos que venden versiones compuestas de calidad desconocida, frecuentemente a través de internet o redes privadas.

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¿Cuál es el riesgo específico para alguien con un trastorno alimentario que usa estos medicamentos?

Model

Múltiple. Primero, los efectos adversos—náuseas, problemas gastrointestinales—pueden ser interpretados como "éxito" en lugar de señales de peligro. Segundo, estos pacientes ya tienen comorbilidades psiquiátricas graves, ansiedad, depresión. Agregar un medicamento sin supervisión médica es como poner gasolina en un fuego que ya está ardiendo.

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¿Por qué los médicos no están deteniendo esto?

Model

Muchos no saben que está sucediendo. El estudio es la primera medición rigurosa. Además, algunos pacientes ocultan su uso porque saben que sus médicos lo desaprobarían. Es un problema silencioso que ocurre en las sombras del sistema de salud.

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¿Qué debería suceder ahora?

Model

Farmacovigilancia urgente, educación para proveedores de salud mental, y regulación más estricta de las versiones compuestas. Pero también necesitamos entender por qué las personas con trastornos alimentarios sienten que necesitan estas herramientas. Eso apunta a un problema más profundo en cómo tratamos estos trastornos.

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