No podemos predecir cuántos cuerpos podrían estar aún atrapados
Poco después de la medianoche del lunes, la tierra sacudió las provincias orientales de Afganistán con una fuerza que arrasó aldeas enteras y arrebató más de 1.400 vidas en Kunar y Nangarhar. En un país ya agotado por décadas de guerra, recortes de ayuda internacional y un sistema de salud al límite, este terremoto de magnitud 6 no es solo un desastre natural, sino el peso adicional sobre una humanidad que ya cargaba demasiado. La pregunta que flota sobre los escombros no es solo cuántos sobrevivientes quedan atrapados, sino si el mundo responderá con la velocidad y la generosidad que este momento exige.
- Más de 1.400 personas murieron y otras 3.124 resultaron heridas cuando el terremoto golpeó de madrugada, destruyendo más de 5.400 casas de barro y ladrillo en aldeas remotas.
- Las réplicas constantes aterrorizan a las familias sobrevivientes, que duermen a la intemperie sin tiendas, abrigo ni seguridad, mientras miles de niños enfrentan riesgo inmediato.
- El terreno montañoso, los caminos dañados y el mal tiempo bloquean el acceso a las zonas más afectadas, convirtiendo cada operación de rescate en una carrera contra lo imposible.
- La infraestructura de salud afgana colapsó bajo la presión: hospitales desbordados, escasez de medicamentos y una dependencia total de una ayuda internacional que llega lenta y en cantidades insuficientes.
- La respuesta global es modesta —Gran Bretaña aportó 1,35 millones de dólares, India envió tiendas y alimentos— mientras los recortes de USAID y las políticas talibanes han alejado a donantes clave en el peor momento posible.
Poco después de la medianoche del lunes, un terremoto de magnitud 6 sacudió las provincias orientales de Kunar y Nangarhar, en la zona donde convergen las placas tectónicas india y euroasiática. Al llegar el martes, las autoridades talibanes confirmaban al menos 1.411 muertos, 3.124 heridos y más de 5.400 casas destruidas. El coordinador de la ONU advirtió que las cifras seguirían creciendo, mientras la Media Luna Roja Afgana temía que hubiera más cuerpos bajo los escombros. Miles de niños estaban en riesgo inmediato y familias enteras dormían a la intemperie, aterradas por las réplicas.
Los rescatistas enfrentaban un obstáculo tan formidable como el propio sismo: la geografía. Los caminos de montaña, estrechos y dañados, apenas permitían el paso de vehículos. El mal tiempo agravaba la situación. Mientras se traía maquinaria pesada para despejar rutas, filas de ambulancias avanzaban lentamente y helicópteros transportaban suministros y heridos a hospitales ya desbordados. La Organización Mundial de la Salud alertó que la capacidad local estaba completamente rebasada. UNICEF enviaba lonas, jabón y baldes de agua, pero la necesidad superaba con creces los recursos disponibles.
Afganistán no enfrentaba solo una catástrofe natural. Los recortes de USAID ordenados por el presidente Trump en enero, sumados a la reducción de aportes de otros donantes frustrados por las políticas talibanes, habían dejado al país en una posición de extrema vulnerabilidad justo antes del desastre. La respuesta internacional fue limitada: Gran Bretaña aportó cerca de 1,35 millones de dólares, India envió tiendas y alimentos, y China, los Emiratos, la Unión Europea, Pakistán e Irán prometieron ayuda que en su mayoría aún no había llegado. Lo que ocurra en los próximos días en esas aldeas remotas dependerá de si el mundo puede movilizar recursos a tiempo, y de si Afganistán puede sostenerse en el peor momento posible.
Poco después de la medianoche del lunes en Afganistán, la tierra se movió con una fuerza que cambió todo. Un terremoto de magnitud 6 sacudió las provincias orientales de Kunar y Nangarhar, en una región montañosa donde las placas tectónicas india y euroasiática convergen, creando un terreno naturalmente propenso a estos desastres. Cuando llegó el martes, las autoridades talibanes confirmaban lo que nadie quería creer: al menos 1.411 personas habían muerto. Otros 3.124 estaban heridos. Más de 5.400 casas habían sido destruidas. Y los números seguían creciendo.
El coordinador de la ONU en Afganistán advirtió que las cifras probablemente aumentarían. La Media Luna Roja Afgana temía que hubiera más cuerpos atrapados bajo los escombros de casas de barro y ladrillo que se desmoronaron en aldeas remotas. Miles de niños estaban en riesgo inmediato, según alertó el Fondo de las Naciones Unidas para la Infancia. Muchas familias, aterrorizadas por las réplicas constantes, habían abandonado sus hogares destruidos y dormían a la intemperie, sin tiendas de campaña, sin abrigo, sin seguridad.
Los rescatistas enfrentaban un enemigo tan formidable como el terremoto mismo: la geografía. El terreno montañoso de la región fronteriza con Pakistán hizo que llegar a las aldeas aisladas fuera casi imposible. Los caminos de montaña eran estrechos y estaban dañados. El mal tiempo empeoraba las cosas. Ehsanullah Ehsan, jefe provincial de gestión de desastres, explicó que los vehículos apenas podían circular. El lunes, los equipos de rescate habían trabajado en cuatro aldeas gravemente afectadas en Kunar, pero la mayoría de las zonas más remotas seguían siendo inaccesibles. Se estaban trayendo maquinaria pesada para limpiar los escombros de los caminos. El martes, filas de ambulancias recorrían lentamente esas carreteras dañadas mientras helicópteros volaban suministros de ayuda y trasladaban a los heridos a hospitales abarrotados.
La infraestructura de salud afgana, ya frágil antes del terremoto, colapsó bajo la presión. La Organización Mundial de la Salud advirtió que la capacidad local estaba completamente desbordada, creando una dependencia total de actores externos. Más de 12.000 personas habían sido afectadas directamente. Se necesitaban urgentemente alimentos, tiendas de campaña, medicamentos, ropa de abrigo, artículos de higiene. UNICEF estaba enviando lo que podía: lonas para refugio, jabón, detergente, toallas, baldes de agua. Los funcionarios de la ONU también se apresuraban a deshacerse de cadáveres de animales para evitar la contaminación del agua potable.
Pero Afganistán no solo enfrentaba una catástrofe natural. El país estaba siendo aplastado por una crisis humanitaria más amplia. La administración talibán, ya debilitada por años de guerra, ahora tenía que gestionar este desastre mientras lidiaba con una caída drástica en la ayuda exterior y con la deportación de cientos de miles de afganos por parte de países vecinos. La decisión del presidente estadounidense Donald Trump en enero de recortar la financiación a USAID había dejado profundas cicatrices. Otros donantes, frustrados por las políticas talibanes hacia las mujeres y las restricciones a los trabajadores humanitarios, también habían reducido sus contribuciones.
La respuesta internacional fue lenta y limitada. Gran Bretaña asignó un millón de libras esterlinas, aproximadamente 1,35 millones de dólares. India envió 1.000 tiendas de campaña y 15 toneladas de alimentos a Kunar, con promesas de más materiales. China, los Emiratos Árabes Unidos, la Unión Europea, Pakistán e Irán prometieron ayuda, pero la mayoría aún no había llegado. Safiullah Noorzai, de Aseel, una plataforma humanitaria con redes en todo el país, señaló que la necesidad era urgente y que los recursos disponibles eran insuficientes.
Ehsan, el funcionario provincial, reconoció la magnitud de lo desconocido. "No podemos predecir con exactitud cuántos cuerpos podrían estar aún atrapados bajo los escombros", dijo. Su prioridad era completar las operaciones de rescate lo antes posible y comenzar a distribuir ayuda a las familias afectadas. Los soldados talibanes se habían desplegado en la zona para brindar asistencia y seguridad. Pero en un país donde los caminos están rotos, donde el sistema de salud está al borde del colapso, y donde la ayuda internacional se está secando, incluso los esfuerzos más dedicados enfrentan obstáculos casi insuperables. Lo que suceda en los próximos días en esas aldeas remotas dependerá de si el mundo puede movilizar recursos lo suficientemente rápido, y de si Afganistán puede encontrar la manera de responder a una crisis que ha llegado en el peor momento posible.
Notable Quotes
Nos esforzamos por completar estas operaciones lo antes posible y comenzar a distribuir ayuda a las familias afectadas— Ehsanullah Ehsan, jefe provincial de gestión de desastres
La fragilidad del sistema de salud antes del terremoto significa que la capacidad local está desbordada, creando una dependencia total de actores externos— Organización Mundial de la Salud
The Hearth Conversation Another angle on the story
¿Por qué este terremoto es tan letal en comparación con otros desastres naturales en regiones más desarrolladas?
Afganistán está en una zona de convergencia tectónica, pero lo que mata no es solo la magnitud del terremoto. Es la combinación: casas de barro y ladrillo que se desmorona fácilmente, un sistema de salud que ya estaba quebrado, carreteras que no pueden soportar el tráfico de rescate, y una población que vive en aldeas remotas donde nadie puede llegar rápidamente.
¿Cuál es el papel de la ayuda internacional en este momento?
Paradójicamente, es cuando más se necesita y menos disponible está. Trump cortó USAID en enero. Los donantes están frustrados con los talibanes. Así que mientras 1.400 personas están muertas y miles más están bajo los escombros, Gran Bretaña envía un millón de libras y otros países prometen ayuda que aún no llega.
¿Qué significa vivir a la intemperie después de un terremoto en esa región?
Significa dormir en el suelo mojado por miedo a las réplicas. Significa que tus hijos no tienen tiendas de campaña, no tienen abrigo. Significa que el agua que bebes podría estar contaminada por cadáveres de animales. Significa que si te enfermas, el hospital más cercano está a horas de distancia en un camino que está destruido.
¿Cuál es el mayor obstáculo para los rescatistas en este momento?
No es la falta de voluntad. Es la geografía. Los caminos de montaña son tan estrechos que apenas caben los vehículos. El mal tiempo los cierra. Las aldeas están tan aisladas que los helicópteros son la única forma confiable de llegar. Y incluso eso es lento.
¿Qué sucede si los números de muertos siguen aumentando?
La ONU ya advirtió que aumentarán. Significa que hay más gente atrapada bajo los escombros de la que sabemos. Significa que el sistema de salud, que ya está desbordado, colapsará completamente. Y significa que Afganistán enfrentará una crisis humanitaria de proporciones que aún no podemos medir.