Aquí hay más fusiles que palas
En los últimos días de junio de 2026, un terremoto sacudió Venezuela y, entre los escombros, dejó al descubierto algo más antiguo que el sismo mismo: la fractura entre un pueblo que no espera ser protegido y unas fuerzas armadas que no supieron —o no pudieron— protegerlo. Lo que pudo haber sido un momento de redención institucional para el Ejército se convirtió en una confirmación de la distancia que separa al Estado venezolano de sus ciudadanos. En la ausencia del rescate oficial, la sociedad civil se organizó sola, cavando con las manos lo que el régimen de Delcy Rodríguez no excavó con recursos.
- Un terremoto golpea Venezuela a finales de junio y expone, junto a los escombros físicos, la ruina de la confianza entre ciudadanos y Estado.
- Las víctimas acusan al régimen de inacción y desafían abiertamente las órdenes militares, prefiriendo organizarse en comunidad antes que esperar una ayuda que no llega.
- La frase que circula entre los damnificados lo resume sin piedad: 'aquí hay más fusiles que palas', una condena a la presencia armada sin capacidad real de rescate.
- El Ejército, que necesitaba esta crisis para recuperar legitimidad tras años de acusaciones de represión, responde de forma lenta, desorganizada e insuficiente, perdiendo la oportunidad.
- Padres buscan a sus hijos entre los escombros, vecinos cavan con las manos y las comunidades improvisan centros de acopio mientras el Estado permanece ausente.
- La crisis humanitaria amenaza con acelerar las tensiones institucionales y profundizar aún más una brecha civil-militar que cada fracaso del régimen vuelve más difícil de cerrar.
Un terremoto sacudió Venezuela en los últimos días de junio y, en medio de los escombros, dejó expuesta una fractura que precede al sismo: la desconfianza profunda entre la población civil y las fuerzas militares del país. Lo que pudo haber sido una oportunidad de redención para el Ejército venezolano —un momento para demostrar capacidad, servicio y legitimidad— se convirtió en un episodio más de rechazo y distancia.
Las víctimas no tardaron en acusar al régimen de Delcy Rodríguez de inacción. Mientras los militares intentaban coordinar labores de rescate, muchos civiles simplemente desobedecían sus órdenes. La frase que circuló entre los afectados capturó la frustración colectiva: 'aquí hay más fusiles que palas'. Era una crítica mordaz a una presencia armada sin herramientas reales para excavar, sin recursos para rescatar.
En lugar de esperar al Estado, los ciudadanos se organizaron solos. Padres buscando a sus hijos entre los escombros. Vecinos cavando con las manos. Comunidades improvisando centros de acopio. El Estado, ausente. Esa imagen —la sociedad civil llenando el vacío que las instituciones dejaron— no es nueva en Venezuela, pero cada repetición la normaliza y la profundiza.
Lo que ocurrió tras el terremoto no fue únicamente un fracaso logístico: fue un fracaso político. Para muchos venezolanos, confirmó que las instituciones no existen para servirles. El Ejército necesitaba demostrar que podía ser un instrumento de protección, no solo de control. No lo hizo. Y esa ausencia, en un momento de vulnerabilidad extrema, habla con más elocuencia que cualquier discurso oficial.
Un terremoto sacudió Venezuela en los últimos días de junio, y en medio de los escombros y la búsqueda de sobrevivientes, quedó expuesta una fractura profunda entre la población civil y las fuerzas militares del país. Lo que pudo haber sido un momento para que el Ejército venezolano demostrara su capacidad de respuesta y ganara legitimidad ante la ciudadanía se convirtió, en cambio, en un episodio más de desconfianza y rechazo.
Las víctimas del sismo no tardaron en acusar al régimen de Delcy Rodríguez de inacción. Mientras los militares intentaban coordinar labores de rescate, muchos civiles simplemente desobedecían sus órdenes, prefiriendo organizarse por cuenta propia o confiar en iniciativas comunitarias. La frase que circuló entre los afectados capturaba la frustración: aquí hay más fusiles que palas. Era una crítica mordaz a la presencia militar sin capacidad real de ayuda, sin herramientas para excavar, sin recursos para rescatar.
El Ejército venezolano se encontraba en una posición incómoda. Tras años de tensiones con la población, de acusaciones de represión y de cuestionamientos sobre su lealtad institucional, el desastre natural representaba una oportunidad única para cambiar la narrativa. Una respuesta rápida, efectiva y visible habría podido restaurar algo de confianza. Pero eso no sucedió. La respuesta fue lenta, desorganizada, insuficiente.
Lo que emergió en su lugar fue un cuadro de crisis humanitaria agravada por la desconfianza. Los ciudadanos no esperaban que el Estado los ayudara. No esperaban que los militares llegaran con equipos de rescate. Esperaban lo peor, y cuando llegó lo peor, se organizaron ellos mismos. Padres buscando a sus hijos entre los escombros. Vecinos cavando con las manos. Comunidades improvisando centros de acopio. El Estado, ausente.
Esta dinámica tiene implicaciones que van más allá del momento de crisis. La brecha entre civiles y militares en Venezuela no es nueva, pero cada fracaso institucional la profundiza. Cada oportunidad perdida de demostrar competencia, de servir, de proteger, refuerza la narrativa de un régimen que no puede gobernar, de fuerzas armadas que no pueden liderar. Y en un país donde la legitimidad política ya está erosionada, esa erosión adicional importa.
Lo que sucedió después del terremoto no fue solo un fracaso logístico. Fue un fracaso político. Fue la confirmación, para muchos venezolanos, de que las instituciones no están para servirles. Y fue la pérdida de una oportunidad que, una vez perdida, es difícil recuperar. El Ejército necesitaba demostrar que podía ser más que una herramienta de control. Necesitaba demostrar que podía ser un instrumento de protección. No lo hizo. Y esa ausencia, en un momento de vulnerabilidad extrema, habla más que cualquier discurso.
Citas Notables
Aquí hay más fusiles que palas— Ciudadanos afectados por el terremoto
La Conversación del Hearth Otra perspectiva de la historia
¿Por qué importa tanto que el Ejército haya fallado en la respuesta? ¿No es solo un problema de coordinación?
Porque en Venezuela, la legitimidad del Ejército ya estaba en cuestión. Un desastre natural es un momento donde las instituciones pueden demostrar su valor. Aquí no lo hicieron.
¿Qué hubiera pasado si la respuesta hubiera sido efectiva?
Habría sido un quiebre en la narrativa. Habría mostrado que las fuerzas armadas pueden servir a la población, no solo controlarla. Eso habría importado políticamente.
Pero los civiles desobedecieron órdenes. ¿Eso no es un problema de seguridad?
Es un síntoma. Cuando la gente no confía en una institución, no la obedece. El problema no es la desobediencia. El problema es por qué la gente no confía.
¿Esto puede llevar a una crisis mayor?
Ya es una crisis. Pero sí, cada fracaso institucional acumula tensión. En un país donde el Estado no funciona, esas tensiones eventualmente explotan.
¿Qué necesitaría pasar para que esto cambie?
Acciones concretas. Rescates efectivos. Recursos reales. Pero a este punto, después de años de desconfianza, incluso eso podría no ser suficiente.