El fuego ya estaba ahí; Zuma fue solo la chispa
En julio de 2021, Sudáfrica vivió su peor estallido de violencia desde el fin del apartheid: lo que comenzó como protesta por el encarcelamiento del ex presidente Jacob Zuma derivó en una ola de saqueos, incendios y bloqueos que dejó 354 muertos. El detonador fue político, pero el combustible era antiguo: décadas de desigualdad extrema, desempleo crónico y heridas raciales sin cicatrizar que ninguna democracia, por joven que sea, puede ignorar indefinidamente.
- 354 personas murieron en apenas días de violencia, con 275 víctimas concentradas en KwaZulu-Natal y 79 en Gauteng, convirtiendo estos disturbios en los más letales de la democracia sudafricana.
- Lo que comenzó como indignación por el arresto de Zuma se transformó rápidamente en saqueos masivos de centros comerciales, quema de edificios y cortes de carreteras en Johannesburgo y otras ciudades.
- El gobierno tuvo que desplegar 25.000 soldados para apoyar a una policía completamente desbordada, y no logró estabilizar la situación hasta el 14 de julio, cinco días después del inicio de los disturbios.
- Las autoridades detuvieron a seis sospechosos de haber instigado la violencia, pero el presidente Ramaphosa reconoció que el país enfrenta desafíos mucho más profundos: pandemia, destrucción económica y las causas estructurales que hicieron posible el caos.
El 9 de julio de 2021, la entrega de Jacob Zuma a la policía encendió una mecha que llevaba décadas lista para arder. El ex presidente, quien gobernó entre 2009 y 2018, fue encarcelado por desacato judicial tras negarse a comparecer ante un tribunal que investigaba corrupción. Zuma alegó persecución política y advirtió que la prisión sería una sentencia de muerte para él. Su detención marcó un hito histórico en África: la primera vez que un ex mandatario era encarcelado por obstruir una investigación anticorrupción.
Pero la protesta inicial se desbordó con una velocidad que reveló algo más profundo. Sudáfrica cargaba con un desempleo del 30 por ciento, más de la mitad de su población en la pobreza, y las cicatrices abiertas de décadas de apartheid que seguían afectando desproporcionadamente a la población negra. La pandemia de COVID-19 había agravado aún más esa realidad. Las turbas que arrasaban comercios y quemaban vehículos no actuaban solo por Zuma: canalizaban años de frustración acumulada.
Cuando se contabilizaron los daños, el número era devastador: 354 muertos, 275 de ellos en KwaZulu-Natal y 79 en Gauteng. El gobierno necesitó desplegar 25.000 soldados para recuperar el control, algo que no ocurrió hasta el 14 de julio. La ministra en funciones de la Presidencia, Khumbudzo Ntshavheni, confirmó la detención de seis sospechosos de haber instigado deliberadamente la violencia.
El presidente Cyril Ramaphosa reconoció en un discurso televisado que el país debía enfrentar no solo la destrucción inmediata, sino sus causas profundas: reconstruir la economía, combatir la pandemia y sanar las heridas sociales. Sudáfrica, señalada por el Banco Mundial como el país más desigual del mundo, había mostrado de manera brutal lo que ocurre cuando la inequidad estructural no encuentra respuesta. El encarcelamiento de Zuma fue el detonador, pero el fuego ya estaba ahí.
El 9 de julio de 2021, Sudáfrica entró en convulsión. Lo que comenzó como una protesta contra el encarcelamiento del ex presidente Jacob Zuma se transformó en días posteriores en una ola de violencia sin precedentes en la democracia del país: saqueos masivos, incendios de edificios y comercios, bloqueos de carreteras. Cuando las autoridades finalmente contabilizaron los daños, el número era devastador: 354 muertos.
Zuma, quien gobernó entre 2009 y 2018, se entregó a la policía la noche del 9 de julio después de semanas resistiéndose. Su crimen: desacato judicial. Se había negado repetidamente a comparecer ante un tribunal para responder preguntas sobre corrupción. Antes de rendirse, insistió en que era víctima de persecución política y que la cárcel sería una sentencia de muerte dada su edad y estado de salud. Su encarcelamiento marcó un hito histórico en África: la primera vez que un ex gobernante era encarcelado por negarse a cooperar con una investigación sobre corrupción.
Pero la chispa de Zuma encendió un fuego que ardía desde mucho antes. Los disturbios que estallaron en Johannesburgo y otras ciudades no fueron simplemente una reacción a su detención. Sudáfrica cargaba con problemas estructurales que llevaban décadas sin resolverse: desigualdad extrema, desempleo enquistado alrededor del 30 por ciento, criminalidad generalizada, y la pandemia de COVID-19 que había golpeado al país con particular brutalidad. Más de la mitad de la población vivía en la pobreza. Más de 27 años después del fin oficial del apartheid, las heridas de aquel sistema de segregación racial seguían abiertas, afectando desproporcionadamente a la población negra.
La ministra en funciones de la Presidencia, Khumbudzo Ntshavheni, confirmó el 5 de agosto que el gobierno había detenido a seis sospechosos acusados de haber instigado deliberadamente la oleada de violencia. Estos seis comparecieron ante los tribunales. El presidente Cyril Ramaphosa fue más allá, afirmando que los incidentes habían sido "instigados" y que "hubo gente que los planeó y los coordinó". Sin embargo, la realidad era más compleja que una simple conspiración: las turbas que arrasaban centros comerciales, quemaban vehículos y cortaban calles estaban canalizando años de frustración acumulada.
La geografía del dolor fue desigual. De los 354 muertos, 79 ocurrieron en la provincia de Gauteng, mientras que 275 se concentraron en KwaZulu-Natal. Las autoridades tardaron días en recuperar el control. No fue hasta el 14 de julio cuando comenzaron a estabilizar la situación, y para ello necesitaron desplegar 25.000 soldados para reforzar a una policía completamente desbordada.
Ramaphosa, en un discurso televisado, reconoció la magnitud de lo que el país enfrentaba: "El país enfrenta desafíos complejos, incluida la necesidad de continuar luchando contra la pandemia del coronavirus, curar las heridas causadas por los recientes disturbios y reconstruir la economía nacional". Era una forma de decir que Sudáfrica no solo tenía que lidiar con los muertos y la destrucción inmediata, sino con las causas profundas que habían hecho posible que una protesta se convirtiera en caos.
Lo que quedó claro era que el encarcelamiento de Zuma había sido el detonador, pero no la causa. Sudáfrica seguía siendo, según datos del Banco Mundial, el país más desigual del mundo. La violencia de julio expuso esa realidad de manera brutal: un país donde la mayoría de la población no tenía acceso a oportunidades económicas, donde el desempleo juvenil era catastrófico, donde la pobreza era la norma. Los disturbios fueron, en cierto sentido, la manifestación física de una inequidad que llevaba décadas sin resolverse.
Citações Notáveis
El país enfrenta desafíos complejos, incluida la necesidad de continuar luchando contra la pandemia del coronavirus, curar las heridas causadas por los recientes disturbios y reconstruir la economía nacional— Presidente Cyril Ramaphosa
Hubo gente que los planeó y los coordinó— Presidente Cyril Ramaphosa, sobre los incidentes
A Conversa do Hearth Outra perspectiva sobre a história
¿Por qué el encarcelamiento de Zuma desencadenó una violencia de esta magnitud? ¿Fue realmente por él, o fue algo más?
Zuma fue el chispazo, pero el fuego ya estaba ahí. Sudáfrica lleva décadas con desempleo del 30 por ciento, desigualdad extrema, pobreza generalizada. La pandemia lo empeoró todo. Cuando Zuma se entregó, fue como si alguien hubiera abierto una compuerta.
Pero 354 muertos es un número enorme. ¿Quiénes eran esas personas? ¿Qué pasó exactamente en las calles?
Muchos murieron en los saqueos y la violencia que siguió. Las turbas arrasaban centros comerciales, quemaban edificios, cortaban carreteras. No fue una protesta organizada; fue caos. Y el gobierno tardó cinco días en desplegar 25.000 soldados para recuperar el control.
El gobierno detuvo a seis sospechosos de "instigar" la violencia. ¿Crees que fue una conspiración coordinada, o es eso demasiado simple?
Probablemente es demasiado simple. Sí, puede haber habido coordinación, pero la verdadera instigación fue estructural. Cuando tienes un país donde más de la mitad de la población vive en la pobreza y el desempleo es crónico, la violencia no necesita ser planeada. Simplemente explota.
¿Qué significa esto para Sudáfrica ahora? ¿Esto cambia algo?
Expone lo que ya era evidente: que 27 años después del apartheid, Sudáfrica sigue siendo el país más desigual del mundo. Los disturbios fueron un síntoma de una enfermedad mucho más profunda. Sin cambios estructurales reales, esto puede volver a ocurrir.