Durante siglos, las civilizaciones han luchado por preservar sus expresiones culturales más frágiles; los videojuegos, nacidos en la era digital, enfrentan ahora esa misma batalla con urgencia renovada. Esta semana, Sony ha restringido el acceso a sus lanzamientos futuros y Alemania ha dejado disolverse la Internationale Computerspielesammlung —un archivo de sesenta mil títulos— al no renovar su financiación pública. Lo que se pierde no son solo objetos o plataformas: es la infraestructura silenciosa que permite a las generaciones futuras comprender, estudiar y recordar un medio que ya define