Mientras la medicina estética ha perseguido durante décadas lo que se ve en el espejo, la ciencia del envejecimiento ha comenzado a descender hacia lo invisible: el nivel celular donde el deterioro realmente se origina. En ese territorio, dos moléculas —la enzima antioxidante SOD y el cofactor energético NAD+— emergen como protagonistas complementarias en dermatología y medicina preventiva, una protegiendo las células del daño oxidativo y la otra proveyendo la energía necesaria para repararlas. Su ascenso en la conversación científica refleja un cambio más profundo: envejecer bien ya no es sol