En un momento en que las grandes potencias reconfiguran el orden mundial, Singapur —pequeño pero estratégicamente vital— se defiende de acusaciones estadounidenses sobre trabajo forzoso y desvío de mercancías que han derivado en aranceles del 12,5%. Su primer ministro, Lawrence Wong, no solo rechaza los cargos, sino que los sitúa en un horizonte más amplio: el de un sistema internacional que se fractura bajo el peso de la rivalidad entre Estados Unidos y China, donde los aranceles se convierten en armas y las reglas comunes en víctimas colaterales.