Durante más de cuatro décadas, Microsoft Word ha gobernado la escritura digital con la fuerza de la inercia y la preinstalación masiva, pero en 2026 su omnipresencia empieza a revelar sus límites: una interfaz sobrecargada, un modelo de suscripción que no todos aceptan y una estructura lineal que frustra a quienes escriben en profundidad. Como ocurre con tantas herramientas universales, su fortaleza —servir a todos— se ha convertido también en su debilidad, abriendo espacio a alternativas más afinadas para cada tipo de escritor y propósito.