En la noche del 12 de agosto, la tierra recordó su propia inquietud bajo El Salvador: un sismo de magnitud 5,5 sacudió las proximidades de Chirilagua a 57 kilómetros de profundidad, siendo registrado por el Servicio Geológico Colombiano como parte de su vigilia sobre una región centroamericana que no descansa. El evento ocurre apenas dos días después de que Colombia misma sufriera un terremoto de mayor envergadura, tejiendo un momento de fragilidad compartida en el que los países de la región se observan mutuamente con solidaridad y cautela.