El colesterol elevado no siempre llega anunciado: cardiólogos y nutricionistas advierten que algunos de los alimentos más comunes de la dieta cotidiana —desde las grasas sólidas de cocción hasta las bebidas azucaradas— elevan el LDL de forma silenciosa y consistente. La ciencia reciente ofrece una certeza alentadora: reemplazar grasas saturadas por insaturadas puede reducir el riesgo cardiovascular hasta un 30%, convirtiendo la mesa en uno de los pocos territorios donde el ser humano tiene control real sobre su salud. Conocer los culpables es, en este caso, el primer acto de cuidado.