El mercado cotiza como si el futuro estuviese garantizado
El ratio de Shiller del S&P 500 supera 40 veces beneficios, nivel solo visto antes de la Gran Depresión y la burbuja puntocom. Las grandes tecnológicas invertirán 700.000 millones en infraestructura de IA en 2026, financiados con deuda corporativa sin retornos comprobados aún.
- El ratio de Shiller del S&P 500 supera 40 veces beneficios, nivel solo visto antes de 1929 y en 2000
- Las cuatro grandes tecnológicas invertirán 700.000 millones de dólares en infraestructura de IA en 2026
- El 44% de la capitalización del S&P 500 está concentrada en 30 valores vinculados a la IA
- La deuda soberana estadounidense proyectada alcanzará el 143% del PIB en 2030
- El déficit federal estadounidense ronda el 7% del PIB
Los índices bursátiles alcanzan máximos históricos impulsados por la IA mientras los Estados acumulan deuda soberana sin precedentes, creando un escenario de riesgo financiero sistémico.
Hay un momento que se repite en la historia de los mercados donde la confianza y la inquietud se sientan a la misma mesa sin mirarse a los ojos. Estamos en uno de esos momentos. Los grandes índices bursátiles rompen récords tras récord, empujados por la fiebre de la inteligencia artificial con una intensidad que no se veía desde el colapso de las puntocom hace un cuarto de siglo. Pero mientras eso sucede en Wall Street, los gobiernos que deberían ser el puerto seguro en caso de tormenta cargan con niveles de deuda nunca vistos en tiempos de paz. La combinación de ambas fuerzas crea un escenario que merece examen cuidadoso, sin pánico pero tampoco sin ilusiones.
Comencemos por los números que hablan de valoración. El ratio de Shiller del S&P 500 —una medida que ajusta los precios por los beneficios históricos— ha superado las 40 veces beneficios. En toda la historia moderna, eso solo ha ocurrido dos veces: justo antes de que el mundo se desmoronara en 1929 y en el pico de la burbuja tecnológica del año 2000. El mercado está cotizando como si el futuro estuviese ya asegurado, como si los riesgos simplemente no existieran.
Pero aquí viene lo que distingue este ciclo del anterior. A diferencia de las puntocom, que eran en gran medida castillos en el aire, los gigantes tecnológicos de hoy son máquinas reales de generación de dinero. Sus márgenes operativos superan el 30%. Eso es un fundamento sólido. Sin embargo, la euforia tiene su propia física, independiente de los números. El 44% de toda la capitalización del S&P 500 está concentrada en apenas 30 valores vinculados a la inteligencia artificial. Es una concentración que debería hacer pensar.
El segundo factor es el gasto brutal en infraestructura. Las cuatro grandes empresas de computación en la nube —Amazon, Google, Microsoft y Meta— invertirán cerca de 700.000 millones de dólares solo en 2026, casi el doble que el año anterior, con trayectoria hacia el billón en 2027. Una inversión de esa magnitud no puede financiarse solo con el dinero que generan sus operaciones. La deuda corporativa emitida por el sector tecnológico ya ronda los 900.000 millones anuales. Y aquí está el problema: ninguna de estas empresas ha demostrado aún que esas inversiones generen retornos positivos a escala. Los nuevos competidores —SpaceX ya está en el mercado, OpenAI y Anthropic están a punto de salir— tienen valoraciones que hace poco parecían imposibles, pero sin historial de rentabilidad que las justifique.
El tercer elemento, quizá el más inquietante, no está en Silicon Valley sino en Washington. El déficit federal estadounidense ronda el 7% del producto interior bruto. El Fondo Monetario Internacional proyecta que la deuda soberana de Estados Unidos alcanzará el 143% del PIB en 2030, un nivel superior al de Grecia o Italia. Los tipos de interés muestran tensión. El margen de maniobra que tendría el gobierno para responder a una crisis severa se ha reducido notablemente. Cuando llega la tormenta —y en los mercados siempre llega— los gobiernos necesitan munición fiscal para amortiguar el golpe. Esta vez, esa munición es escasa.
La pregunta no es si la inteligencia artificial transformará la economía. Probablemente lo hará. La pregunta es si la estructura de endeudamiento que sostiene esa transformación puede resistir cuando la realidad no coincida con las expectativas. Cuando los retornos no aparezcan, cuando la demanda se enfríe, cuando algo se quiebre. En esos momentos, los gobiernos endeudados no pueden rescatar a los mercados. Y los mercados lo saben, aunque por ahora prefieran no pensarlo.
Notable Quotes
Ninguna de estas empresas ha demostrado aún que esas inversiones generen retornos positivos a escala— Análisis de la estructura de inversión en IA
El margen de maniobra para responder a una perturbación severa se ha estrechado notablemente— Evaluación de la capacidad fiscal del gobierno estadounidense
The Hearth Conversation Another angle on the story
¿Por qué comparas esto con la burbuja puntocom si dices que las empresas de hoy son diferentes?
Porque la diferencia en los fundamentos no elimina el riesgo de la concentración. Sí, Amazon genera dinero real. Pero el 44% del índice está en 30 valores. Si eso se tambalea, todo se tambalea.
¿Y esos 700.000 millones en inversión de IA? ¿No es eso lo que justifica las valoraciones?
Es lo que las empresas dicen que justifica las valoraciones. Pero nadie ha probado aún que esa inversión genere retornos. Están apostando a que sí. El mercado está apostando a que sí. Pero es una apuesta, no una certeza.
Entonces el verdadero peligro es la deuda de los gobiernos, no la de las empresas.
El peligro es que están conectadas. Cuando algo falla en los mercados, los gobiernos tienen que intervenir. Pero si los gobiernos ya están endeudados al 143% del PIB, su capacidad de respuesta desaparece.
¿Cuándo crees que se verá el primer signo de que algo se quiebra?
No lo sé. Nadie lo sabe. Eso es precisamente lo que asusta. Podría ser mañana o dentro de tres años. Pero cuando suceda, no habrá red de seguridad.