En la mañana de un martes ordinario, miles de cubanos recibieron en sus teléfonos una advertencia de terremoto que ninguna institución del país había emitido y que ningún sismógrafo podía justificar. El incidente, simultáneo y masivo, recuerda cuán profundamente la infraestructura invisible de las comunicaciones digitales puede alterar la vida cotidiana sin que sus autores sean identificados de inmediato. Cuba investiga ahora si fue un error técnico, una prueba de sistemas foráneos o algo más deliberado, mientras sus ciudadanos habitan la incomodidad de una pregunta sin respuesta.