Reconocen la primera incapacidad permanente a una enferma de Covid persistente

Idoya Otegui ha experimentado incapacidad laboral permanente por fatiga extrema derivada del Covid persistente, afectando su calidad de vida y capacidad de trabajo desde 2020.
Me levanto, desayuno y me vuelvo a acostar sin energías
Idoya Otegui describe cómo la fatiga extrema del Covid persistente la incapacita para trabajar, incluso después de casi tres años.

Durante casi tres años, Idoya Otegui —directora de museo, mujer de vocación y rutina— vivió atrapada entre una enfermedad invisible y un sistema que tardó en reconocerla. En el verano de 2022, la Seguridad Social española le concedió la primera incapacidad absoluta por Covid persistente, convirtiendo su caso personal en un hito colectivo. Detrás de ese expediente administrativo se esconden al menos diecisiete millones de europeos que, según la OMS, experimentaron trastornos similares entre 2020 y 2021. Lo que antes carecía de nombre oficial ahora tiene, al menos, un lugar en los papeles del Estado.

  • Idoya Otegui se despierta cada mañana con la intención de vivir su día, pero el cuerpo la devuelve a la cama antes de que pueda intentarlo: la fatiga extrema del Covid persistente no cede ante el descanso ni ante la voluntad.
  • Durante casi treinta meses, miles de enfermos en España existieron en un limbo burocrático —demasiado enfermos para trabajar, demasiado invisibles para recibir protección oficial.
  • La OMS reveló, en la misma semana del caso Otegui, que más del 16% de los infectados en Europa durante los primeros dos años de pandemia sufrieron secuelas prolongadas, poniendo cifras concretas a una crisis que muchos preferían ignorar.
  • La concesión de la incapacidad absoluta no es una cura ni un tratamiento, pero es un reconocimiento: la admisión oficial de que el Covid persistente destruye la capacidad de trabajar y merece amparo del sistema.
  • El precedente abre una puerta que antes parecía sellada, y miles de afectados en España y Europa observan si el camino que Otegui trazó puede ser también el suyo.

Idoya Otegui dirigía el Museo y Centro Internacional de la Marioneta de Tolosa con la satisfacción de quien ha encontrado su lugar en el mundo. Luego llegó 2020 y, con él, el coronavirus. Lo que vino después no fue una recuperación: fue una fatiga que se instaló en su cuerpo y nunca se marchó. Se despierta, desayuna, y el cuerpo le dice que no puede más. Vuelve a la cama. Así, día tras día, durante casi tres años.

En el verano de 2022, la Seguridad Social le concedió la incapacidad absoluta por vía administrativa. Otegui, de sesenta años, se convirtió en la primera persona reconocida oficialmente en España como permanentemente incapacitada para trabajar a causa del Covid persistente —una condición que se manifiesta en fatiga debilitante, tos, falta de aire, fiebres intermitentes, pérdida del gusto o el olfato, y depresión, y que típicamente se prolonga meses después de la infección inicial.

La magnitud del problema quedó subrayada por un análisis de la OMS publicado esa misma semana: entre 2020 y 2021, al menos diecisiete millones de europeos sufrieron trastornos atribuibles al Covid persistente, más del dieciséis por ciento de los infectados en los cincuenta y tres países del continente. No son cifras marginales; son poblaciones enteras atrapadas en el mismo limbo que Otegui.

Ese limbo —demasiado enfermos para trabajar, sin reconocimiento oficial que validara su condición— es lo que este fallo rompe, aunque sea parcialmente. No hay cura. No hay tratamiento definitivo. Pero hay reconocimiento: la admisión de que esto es real y que merece protección social. Para Otegui, significa dejar de luchar contra un sistema que no la creía. Para miles de afectados en Europa, significa que el camino que ella abrió quizás también sea transitable para ellos.

Idoya Otegui dirigía el Museo y Centro Internacional de la Marioneta de Tolosa con satisfacción. Era una mujer que amaba su trabajo, que no imaginaba un futuro en el que no pudiera levantarse cada mañana y cumplir sus funciones. Luego llegó 2020, y con él, el coronavirus. Más de dos años después, en el verano de 2022, la Seguridad Social le concedió algo que parecía imposible: la incapacidad absoluta por vía administrativa. Otegui, de sesenta años, se convirtió así en la primera persona reconocida oficialmente en España como permanentemente incapacitada para trabajar debido al Covid persistente.

Lo que la aqueja no es un misterio médico sin nombre. Es la fatiga extrema que se instaló en su cuerpo tras la infección y que nunca se marchó. Describe sus días con una claridad que duele: se despierta, desayuna, y luego el cuerpo le dice que no puede más. Se vuelve a acostar. Esto no es pereza. No es depresión clínica, aunque la depresión es uno de los síntomas que acompaña al cuadro. Es un agotamiento que no responde a las horas de sueño, que no cede ante la voluntad, que simplemente está ahí, día tras día, desde hace casi tres años.

Su caso llega en un momento en que las cifras internacionales comienzan a revelar la magnitud real del problema. La Organización Mundial de la Salud publicó, en la misma semana que se conocía la noticia de Otegui, un análisis de sus oficinas en Europa. Entre 2020 y 2021, al menos diecisiete millones de europeos experimentaron trastornos atribuibles al Covid persistente. Eso representa más del dieciséis por ciento de los ciento dos millones cuatrocientos mil infectados en los cincuenta y tres países del continente durante esos dos primeros años de pandemia. No son números pequeños. Son poblaciones enteras.

El Covid persistente no es una invención de la ansiedad o la imaginación. Se manifiesta a través de síntomas concretos: fatiga debilitante, tos persistente, falta de aire, fiebres que van y vienen, pérdida del gusto o el olfato, depresión. Estos síntomas típicamente emergen dentro de los tres meses posteriores a la infección inicial y se prolongan durante al menos dos meses más, aunque el patrón ha variado según cuándo y dónde se produjo el contagio.

Lo que hace especial el caso de Otegui es que representa un quiebre administrativo. Durante casi treinta meses, miles de enfermos con Covid persistente en España han estado en una especie de limbo: demasiado enfermos para trabajar, pero sin reconocimiento oficial que validara su condición. Los médicos no sabían bien qué hacer. Los empleadores no entendían. La burocracia se movía lentamente. Ahora, con esta primera concesión de incapacidad absoluta, algo ha cambiado. No es una cura. No es ni siquiera un tratamiento efectivo. Pero es reconocimiento. Es la admisión de que esto es real, que afecta la capacidad de trabajar, que merece protección social.

Para Otegui, significa que puede dejar de luchar contra un sistema que no la creía. Para otros miles de enfermos de Covid persistente en Europa y más allá, significa que tal vez el camino que ella abrió sea transitable. Que sus propias batallas por incapacidad, por pensiones, por validación médica, no sean imposibles. El misterio del Covid persistente sigue sin resolverse completamente. Pero al menos ahora, en los papeles oficiales, existe.

Muchos días me levanto, desayuno y me vuelvo a acostar porque me quedo sin energías en un momento
— Idoya Otegui
A Conversa do Hearth Outra perspectiva sobre a história
Inventor

¿Por qué es tan significativo que Idoya Otegui sea la primera en obtener esta incapacidad?

Model

Porque durante casi tres años, miles de personas con síntomas idénticos fueron rechazadas o ignoradas por los sistemas de seguridad social. Su caso abre una puerta que estaba cerrada.

Inventor

Pero ella tiene sesenta años. ¿No es más fácil obtener incapacidad a esa edad?

Model

Posiblemente. Lo que importa es que la Seguridad Social tuvo que reconocer que el Covid persistente es una condición médica legítima que impide trabajar. Eso vale para cualquier edad.

Inventor

Diecisiete millones de europeos. ¿Cómo es posible que un número tan grande haya sido ignorado durante tanto tiempo?

Model

Porque al principio nadie sabía qué era. Los médicos no tenían protocolos. No había pruebas de laboratorio definitivas. Era fácil descartar como psicosomático lo que no se podía medir.

Inventor

¿Qué cambia ahora para esos diecisiete millones?

Model

Cambia que tienen un precedente. Un caso que dice: esto es real, esto incapacita, esto merece protección. Es el primer paso en un camino muy largo.

Inventor

¿Cuál es el riesgo de que esto se quede en un caso aislado?

Model

Que otros enfermos tengan que litigar individualmente, que cada país establezca sus propios criterios, que la validación sea lenta y desigual. Pero al menos ya no es invisible.

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