Volví a nacer. Fue un milagro.
En las profundidades de un edificio derrumbado por dos terremotos devastadores en el norte de Venezuela, un hombre permaneció ocho días sepultado en la oscuridad total, sostenido únicamente por su fe y el deseo de volver a ver a sus hijos. Hernán Gil, vigilante de 24 de junio, fue rescatado con vida gracias a la labor coordinada de equipos de siete países, convirtiéndose en un símbolo de esperanza en medio de una tragedia que cobró más de 3.342 vidas. Su supervivencia nos recuerda que incluso en el abismo más absoluto, el espíritu humano puede encontrar razones para resistir.
- Dos terremotos sacudieron el norte de Venezuela dejando más de 3.342 muertos y edificios enteros convertidos en escombros, con cientos de familias sin saber el destino de sus seres queridos.
- Durante ocho días, Hernán Gil sobrevivió en completa oscuridad, con heridas graves, sangrado, poco aire y réplicas constantes que hacían temblar las paredes a su alrededor.
- Su esposa Gusbimar buscaba desesperadamente una señal de vida desde el exterior, mientras él, atrapado y sin poder moverse, rezaba y pensaba en sus hijos para no rendirse.
- Rescatistas de siete países, incluyendo equipos de Chile y Estados Unidos, trabajaron más de tres días en operaciones de alta complejidad para llegar hasta él y extraerlo con vida.
- Gil fue rescatado con el brazo inmovilizado, el ojo hinchado y las piernas enredadas en una silla, pero vivo — y ya planea celebrar el cumpleaños de su hijo y nunca más trabajar en un sótano.
Hernán Gil estaba en su puesto de vigilancia en el sótano de un edificio venezolano la tarde del 24 de junio cuando la tierra comenzó a moverse. El primer temblor fue breve. El segundo lo destruyó todo. El edificio de ocho pisos colapsó sobre él, dejándolo atrapado en la oscuridad total, parcialmente arrodillado, con poco aire y sin poder escuchar a nadie.
Durante ocho días, Gil vivió entre el pánico y la fe. Rezó sin parar, clamó a Dios y pensó en sus hijos y en su esposa Gusbimar, quien buscaba afuera alguna señal de que él seguía vivo. Las réplicas continuaban sacudiendo los escombros. Las piedras le lastimaban las piernas, sangraba por la nariz y su ojo derecho estaba hinchado, aunque él no podía saberlo. Perdió la noción del tiempo.
Al tercer día escuchó pasos lejanos y comenzó a gritar. Alguien respondió. Comenzó entonces un rescate que duraría más de tres días, con equipos de siete países trabajando para llegar hasta él. Cuando dos rescatistas —uno de Chile y otro de Estados Unidos— finalmente lo alcanzaron, tenía las piernas enredadas en una silla. Salir fue lo más difícil.
Tres días después del rescate, Gil hablaba desde una cama de hospital con voz serena. Dijo que fue un milagro. Habla con sus hijos por videollamada, su esposa lo acompaña día y noche, y ya tiene planes concretos para su segunda oportunidad: celebrar el cumpleaños de su hijo el 15 de julio, tomar unas vacaciones en la playa y no volver jamás a trabajar en un sótano. Los dos terremotos dejaron más de 3.342 muertos en el norte del país. Hernán Gil no fue uno de ellos.
Hernán Gil estaba en su puesto de vigilancia en el sótano de un edificio venezolano la tarde del 24 de junio cuando sintió el primer movimiento de la tierra. Fue breve, casi un aviso. El segundo sacudón no dejó lugar a dudas: fue devastador. Desde el estacionamiento, alguien gritó la palabra que lo cambiaría todo. Terremoto. Luego, el colapso.
Todo se desplomó sobre él. Las piedras golpearon su cabeza y su ojo. Cuando recuperó la conciencia, la oscuridad era total. No veía nada. No escuchaba a nadie. Intentó llamar al vecino que había visto momentos antes, pero su voz se perdió en el silencio. El pánico lo invadió. Gritaba pidiendo ayuda en la oscuridad, parcialmente arrodillado, con poco aire, prácticamente inmóvil. Las réplicas continuaban. Sentía que las paredes lo estaban aplastando.
Tres días después de ser rescatado, sentado en una silla de hospital con el brazo izquierdo inmovilizado, Gil hablaba de esas ocho jornadas bajo los escombros del edificio de ocho pisos que se desplomó. Su voz era tranquila, casi serena. Dijo que la fe lo sostuvo. Rezó mucho. Clamó a Dios, preguntándole por qué a él, pidiéndole al menos poder ver a sus hijos una vez más. En esa grieta donde estaba atrapado, intentaba recostarse de un lado a otro, pero no conseguía dormir. Las piedras le lastimaban las piernas. Sangraba por la nariz. Su ojo derecho estaba hinchado y enrojecido, aunque él no lo sabía. Pensaba en su esposa Gusbimar González, quien afuera buscaba una señal de vida. Pensaba en sus hijos. Pensaba en su padre, ya fallecido. Los recuerdos lo invadían. Perdió la noción del tiempo.
Al tercer día escuchó pasos muy lejanos. Comenzó a gritar, a pedir auxilio. Finalmente, alguien respondió. En ese instante, Gil pensó que había una esperanza de vida. Comenzó entonces el rescate que él viviría como una lucha fuerte. Mientras rescatistas de siete países trabajaban para llegar hasta él, mantenerlo hidratado y con ánimo, Gil sentía que las paredes continuaban moviéndose, aprisionándolo cada vez más. Pasaron más de tres días de operaciones complejas. Cuando dos rescatistas, uno de Chile y otro de Estados Unidos, finalmente lo alcanzaron, Gil tenía las piernas enredadas en una silla. Lo más difícil fue salir.
Ahora, en el hospital, Gil no duda de que fue un milagro. Volví a nacer, suspira. Habla con sus hijos por videollamada. Su esposa lo acompaña día y noche. Los médicos aún no le han dado fecha de alta, pero él ya sabe qué quiere hacer con esta segunda oportunidad: celebrar el cumpleaños de su hijo el 15 de julio, tomar vacaciones pendientes en la playa, y nunca volver a trabajar en un sótano. A veces, los desesperantes momentos que vivió bajo tierra lo despiertan en la noche. Pero está vivo. Los dos terremotos que arrasaron el norte del país dejaron más de 3.342 muertos. Hernán Gil no fue uno de ellos.
Notable Quotes
Recé mucho. Clamé a Dios, y le dije Dios mío ¿por qué a mí? ¿por qué así? por favor permíteme por lo menos ver a mis hijos— Hernán Gil, durante su entrevista desde el hospital
Lo más difícil fue salir— Hernán Gil, recordando el proceso de rescate
The Hearth Conversation Another angle on the story
¿Qué fue lo primero que sintió cuando todo comenzó a colapsar?
El primer temblor fue corto, casi un aviso. Pero el segundo fue fuertísimo. Escuché a alguien gritar desde el estacionamiento que era un terremoto, y en ese momento todo se desplomó. Las piedras me golpearon la cabeza y el ojo. Quedé como inconsciente.
Durante esos ocho días en la oscuridad, ¿qué lo mantuvo vivo?
La fe. Recé mucho. Clamé a Dios, le pregunté por qué a mí, pero también le pedí que me permitiera ver a mis hijos una vez más. Eso me dio calma en medio del desespero.
¿Hubo un momento en el que pensó que no lo iban a encontrar?
Sí, el desespero me atacó mucho al principio. Gritaba pidiendo auxilio sin escuchar respuesta. Pero al tercer día escuché pasos muy lejanos. Cuando alguien respondió a mis gritos, pensé: aquí hay una esperanza de vida.
¿Cómo fue el proceso de ser sacado de entre los escombros?
Una lucha fuerte. Rescatistas de siete países trabajaban para llegar hasta mí. Pasaron más de tres días de operaciones complejas. Sentía que las paredes continuaban moviéndome, aprisionándome cada vez más. Lo más difícil fue salir. Tenía las piernas enredadas en una silla.
Ahora que está en el hospital, ¿cómo ve su vida?
Como un milagro que me cambió la vida. Volví a nacer. No tengo muy claro qué viene a continuación, pero sé que quiero celebrar con mi familia, tomar vacaciones en la playa, y nunca volver a trabajar en un sótano.