La ciencia cuestiona los supuestos beneficios de saunas y baños fríos

La pregunta es si se trata de un beneficio para la salud a largo plazo o algo psicológico
Massey resume la incertidumbre central sobre los saunas: el alivio inmediato es real, pero sus efectos duraderos siguen sin comprobarse.

En la intersección entre el bienestar moderno y el rigor científico, saunas y baños fríos han conquistado las redes sociales como rituales de salud casi sagrados. Sin embargo, expertos en fisiología advierten que el cuerpo humano, aunque responde adaptativamente al estrés térmico, aún no ha sido sometido a los ensayos clínicos rigurosos que confirmen beneficios duraderos. Lo que parece cierto es que el disfrute, la conexión social y el movimiento —compañeros frecuentes de estas prácticas— tienen un peso propio que la temperatura sola no puede reclamar como suyo.

  • Las redes sociales amplifican promesas de salud sobre saunas y baños fríos que la ciencia todavía no puede respaldar con evidencia sólida.
  • El cuerpo sí genera respuestas fisiológicas ante el estrés térmico —cambios hormonales, cardiovasculares y de movilidad— pero traducir esas respuestas en beneficios reales y duraderos sigue siendo una pregunta abierta.
  • Separar el efecto de la temperatura del efecto de estar al aire libre, en movimiento y en compañía es casi imposible, lo que complica cualquier conclusión categórica.
  • Investigadores comienzan a explorar el potencial terapéutico del calor en enfermedades crónicas, pero ningún ensayo clínico riguroso sobre saunas ha sido completado aún.
  • La recomendación emergente es clara: disfruta estas prácticas si te hacen sentir bien, pero no las trates como atajos garantizados hacia la salud, y consulta a un médico si tienes condiciones previas.

Basta con abrir las redes sociales para encontrar testimonios entusiastas sobre saunas y baños en agua fría: refuerzan las defensas, queman grasa, alivian dolores, elevan el ánimo. La práctica está en auge, pero cuando los científicos examinan estas afirmaciones con rigor, el panorama se complica.

Heather Massey, profesora de fisiología en entornos extremos de la Universidad de Portsmouth, reconoce que exponer el cuerpo al calor o al frío intenso genera un estrés que puede desencadenar respuestas adaptativas. Lo que cuestiona es si esas respuestas se traducen en beneficios duraderos. Aunque un estudio reciente mostró cambios en insulina y presión arterial tras sesiones repetidas en jacuzzis, nunca se ha realizado un ensayo clínico riguroso sobre saunas. Massey sospecha que se encontrarán beneficios en el futuro, pero insiste: la evidencia aún no está ahí.

La natación en agua fría suma adeptos en playas, lagos y ríos. La propia Massey, quien ha cruzado el Canal de la Mancha a nado, practica esta actividad semanalmente. El impacto inicial es poderoso: respiración entrecortada, frecuencia cardíaca disparada, liberación masiva de cortisol y adrenalina. Con exposición repetida, el cuerpo se adapta y esa respuesta se reduce a la mitad. Pero surge la pregunta clave: ¿los beneficios vienen de la temperatura o de todo lo que la rodea? La natación en agua fría suele ocurrir al aire libre, en grupo, en movimiento. Es casi imposible separar esos factores.

Massey propone cambiar el punto de partida: en lugar de buscar la temperatura ideal, busca el disfrute. Corredores describen el mismo bienestar que nadadores en agua helada. Lo que importa es encontrar algo que puedas hacer regularmente y compartir con otros, ya sea jardinería, un coro o simplemente caminar en compañía. La conexión social y el compromiso sostenido pueden ser los verdaderos protagonistas de la historia. Los saunas y baños fríos pueden ofrecer algo positivo, pero conviene disfrutarlos sin asumir que son una garantía de salud, y siempre con orientación médica si hay condiciones previas.

Desplázate por las redes sociales y encontrarás un coro de voces convencidas: los saunas y los baños en agua fría son prácticamente una panacea. Refuerzan el sistema inmunitario, queman grasa, alivian dolores articulares, mejoran el ánimo. La promesa es tentadora y la práctica está en auge. Pero cuando los científicos examinan estas afirmaciones con rigor, la historia se vuelve más complicada.

Heather Massey, profesora asociada de la Universidad de Portsmouth especializada en fisiología en entornos extremos, es clara en su escepticismo cauteloso. Aunque muchas personas confían ciegamente en estos rituales de temperatura, dice, la evidencia científica sólida simplemente no existe todavía. Nuestros cuerpos son notablemente eficientes manteniendo la temperatura estable, entre 36,5 y 37 grados Celsius. En la vida moderna, la mayoría de nosotros rara vez desafiamos ese sistema, pasando días enteros en espacios climatizados. Cuando exponemos el cuerpo al calor o al frío intenso, generamos un pequeño estrés que puede desencadenar respuestas adaptativas. Eso es un hecho. Pero si esas respuestas traducen en beneficios duraderos para la salud es una pregunta que aún no tiene respuesta definitiva.

Los saunas, en particular, generan una sensación inmediata y agradable. Después de quince minutos de calor intenso, el cuerpo se siente más suelto, la movilidad mejora, los dolores se alivian. Massey no niega esto. Lo que cuestiona es si ese alivio es un beneficio de salud genuino o simplemente una sensación psicológica. Un estudio reciente mostró cambios en los niveles de insulina y la presión arterial después de sesiones repetidas en jacuzzis, lo que sugiere que algo está ocurriendo a nivel fisiológico. Los investigadores están comenzando a explorar si el calor podría ayudar a personas con enfermedades crónicas. Pero Massey insiste en la cautela. Nunca se ha realizado un ensayo clínico riguroso sobre los saunas. Sospecha que encontrarán beneficios en el futuro, pero por ahora, la evidencia simplemente no está ahí.

La tendencia opuesta también crece: grupos de natación en agua fría se multiplican en playas, lagos y ríos. Massey, quien ha cruzado el Canal de la Mancha a nado y compitió en campeonatos mundiales de natación en hielo, nada en agua fría una vez a la semana, aunque solo permanece unos minutos en el agua. El impacto inicial es lo que atrae a muchos. Cuando te sumerges, la respiración se vuelve entrecortada y acelerada. La frecuencia cardíaca y la presión arterial se disparan. Las hormonas del estrés, cortisol y adrenalina, se liberan masivamente. Esa respuesta alcanza su pico a los treinta segundos y luego disminuye rápidamente. Con exposición repetida, el cuerpo se adapta y la respuesta de impacto se reduce aproximadamente a la mitad.

Pero aquí surge la misma pregunta fundamental: ¿los beneficios provienen de la temperatura en sí o de todo lo que la rodea? La natación en agua fría típicamente ocurre al aire libre, en grupo, en compañía. Es una actividad con múltiples capas: naturaleza, movimiento, conexión social. Todos estos elementos están interconectados. El doctor Chris van Tulleken, presentador del podcast donde Massey fue entrevistada, señala que es casi imposible separar estos factores. ¿El beneficio está en el agua fría o en estar con un grupo de personas interesantes haciendo algo desafiante juntos?

Massey sugiere que el punto de partida no debería ser la temperatura en absoluto, sino el disfrute. Habla con corredores que describen exactamente la misma sensación de bienestar que experimentan nadadores en agua fría. Lo importante es encontrar algo que disfrutes, que puedas hacer regularmente e idealmente que puedas compartir con otros. Crear un grupo de amigos alrededor de una actividad reduce el estrés psicológico. Eso podría ser jardinería, observación de aves, un coro, o simplemente caminar con amigos. La actividad específica importa menos que el compromiso y la conexión.

Así que aunque los saunas y los baños fríos no sean esenciales para la buena salud, pueden ofrecer algo positivo. Massey recomienda disfrutarlos por cómo te hacen sentir, sin asumir que son un atajo garantizado hacia mejor salud. Si decides probarlos, comienza poco a poco y consulta con tu médico si tienes condiciones subyacentes o estás embarazada. La ciencia aún está escribiendo esta historia.

Mucha gente confía ciegamente en la exposición al calor y al frío, pero aún no tenemos pruebas suficientes para afirmar que sea categóricamente beneficiosa
— Heather Massey, profesora asociada de la Universidad de Portsmouth
Sospecho que encontraremos beneficios en el futuro, pero aún no lo hemos logrado
— Heather Massey, sobre la falta de ensayos clínicos rigurosos en saunas
A Conversa do Hearth Outra perspectiva sobre a história
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¿Por qué entonces tanta gente jura que los saunas cambiaron sus vidas?

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Porque probablemente sí cambiaron algo. Pero ese cambio podría ser principalmente cómo se sienten en ese momento, no una transformación biológica profunda. El alivio del dolor es real, la sensación de soltura es real. La pregunta es si persiste.

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¿Y los baños fríos? Parecen más extremos.

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Lo son. Tu cuerpo experimenta un estrés real, hormonal, cardiovascular. Pero nuevamente, la pregunta es qué sucede después. ¿Se adapta tu sistema de una manera que te beneficia a largo plazo, o simplemente te acostumbras al shock?

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Massey nada en agua fría ella misma. ¿Eso no sugiere que cree en los beneficios?

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Ella lo hace porque lo disfruta y porque ha entrenado su cuerpo para tolerarlo. Pero es honesta: solo pasa dos minutos en el agua. No está diciendo que sea una cura. Está diciendo que puede ser parte de una vida que disfrutas.

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Entonces, ¿el beneficio real es social?

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Parcialmente. Pero no es solo eso. Es la combinación. Estás afuera, en la naturaleza, con gente que te importa, haciendo algo que requiere coraje. Eso es poderoso. Pero podrías obtener lo mismo de otras actividades.

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¿Qué debería hacer alguien que quiere probar esto?

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Comienza lentamente. Disfruta el ritual. Y sé honesto contigo mismo sobre por qué lo haces. Si es porque crees que es medicina, consulta a un médico. Si es porque te hace sentir vivo, adelante.

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