Qué se pierde sin ser cubano: orgullo que supera la escasez material

Se puede vivir con menos cosas, pero con más orgullo
La conclusión del ensayo que resume la esencia de la identidad cubana más allá de la abundancia material.

En la quietud de una isla que no prodiga riquezas materiales, una voz reflexiona sobre lo que se perdería si no se hubiera nacido cubana: no bienes ni posesiones, sino la textura viva de una identidad tejida de solidaridad, celebración colectiva y memoria compartida. El ensayo, publicado en Juventud Rebelde en junio de 2026, invita a medir el valor de una nación no por lo que acumula sino por lo que une. Es una meditación sobre el orgullo como herencia invisible, tan real como la sal en el aire del Caribe.

  • La pregunta que dispara la reflexión no es nostálgica sino existencial: ¿qué quedaría de uno mismo si se hubiera nacido en otro lugar?
  • El ensayo acumula imágenes concretas —el dominó bajo las almendras, la caldosa en medio de la calle, el grito de Bobby Salamanca— para demostrar que la identidad se construye en lo cotidiano y lo colectivo.
  • Frente a la ausencia de abundancia material, el texto propone una economía alternativa: la riqueza de los gestos, las palabras compartidas y la solidaridad sin contrato.
  • La tensión central es cultural y política a la vez: reivindicar que vivir con menos cosas no equivale a vivir con menos dignidad ni menos pertenencia.
  • El ensayo aterriza en una certeza: el orgullo criollo no se compra ni se hereda en papeles, sino que se respira en la forma en que una comunidad se mira, se ayuda y celebra junta.

Hay una pregunta que nace en la madrugada, cuando el ruido se ha ido: ¿qué sería de uno si no hubiera nacido en esta isla? No es melancolía; es una manera de tomar la medida de lo que se tiene. Quienes crecen en Cuba no lo hacen rodeados de abundancia material, pero sí de un orgullo que se respira en el aire salado y se hereda como los ojos o el apellido.

Sin esa nacionalidad, faltarían los recuerdos de la escuela primaria junto al busto de Martí, los pañoletos anudados al cuello en las ceremonias, y el estruendo del barrio entero celebrando cuando Teófilo Stevenson noqueó a su rival estadounidense en las Olimpiadas de 1972 —ese instante en que la victoria de uno se volvió la victoria de todos—. Faltaría también la alegría de la caldosa en medio de la calle, el sonido casi musical del dominó bajo las almendras, las canciones de los Van Van y la voz de José Rubiera anunciando huracanes como si fuera un personaje de leyenda.

Sin esta identidad, nunca se habría sentido el fervor de la pelota, nunca se habría pronunciado la palabra Asere con todo lo que contiene, nunca se habría entendido que el congrí y el puerco asado son más que comida: son rituales de pertenencia. Hay costumbres que definen a un pueblo más que cualquier constitución: hablar fuerte sin que sea grosería, hacer bromas en los velorios porque la risa también honra, pedirle sal al vecino como acto de comunidad, donar sangre sin esperar nada, respetar a la Virgen de la Caridad y dejar ofrendas en las ceibas.

La lección que solo se aprende siendo cubano es simple y profunda a la vez: se puede vivir con menos cosas, pero con más orgullo. No es un orgullo que se compra ni que consta en documentos. Es la sustancia criolla —invisible en cualquier balance de cuentas— que aparece en la manera en que la gente se mira, se ayuda sin preguntar y celebra y sufre junta. Eso, concluye el ensayo, es lo más valioso que puede tener una nación.

Hay una pregunta que algunos se hacen en la quietud de la madrugada, cuando el ruido del día se ha ido: ¿qué sería de mí si no hubiera nacido aquí, en esta isla? No es una pregunta melancólica exactamente, sino más bien una forma de tomar la medida de lo que se tiene. Porque los que nacemos en estas aguas no crecemos rodeados de abundancia material, pero sí de algo que pesa más: un orgullo que se respira en el aire salado, que se hereda como se heredan los ojos o el apellido.

Si la vida me hubiera puesto en otro lugar, me habría faltado la experiencia de crecer en una casa con las puertas siempre abiertas, en un barrio donde todos se conocen y donde la privacidad es casi un concepto extranjero. No tendría esos recuerdos de la escuela primaria, las fotos junto al busto de Martí, los pañoletos anudados al cuello de los niños en las ceremonias escolares. Me habría perdido el estruendo del barrio entero celebrando cuando Teófilo Stevenson noqueó al boxeador estadounidense Duanne Bobbick en las Olimpiadas de 1972, ese momento en que la victoria de uno se convirtió en la victoria de todos, en la calle, en las casas, en los corazones.

Hay una forma de estar juntos que es profundamente cubana. Es la alegría que brota cuando una olla grande de caldosa se pone en medio de la calle y todos vienen a probar. Es el ruido del dominó bajo un árbol de almendras, ese sonido que es casi música. Es conocer de memoria las canciones de los Van Van, la nueva trova, y hasta los partes meteorológicos del Doctor José Rubiera, ese hombre que en los pueblos es casi un personaje de leyenda por su manera de hablar de los huracanes. Sin ser cubano, habría ignorado todo eso.

Sin esta nacionalidad, nunca habría aplaudido en los momentos de victoria política, nunca me habría puesto una guayabera, nunca habría sentido el fervor de la pelota cuando Antonio Muñoz golpeaba la bola y Bobby Salamanca gritaba con toda su voz una frase que es pura poesía callejera. No conocería el congrí, ese plato que es más que comida, ni el puerco asado en púa, ni la palabra Asere, que es una forma de llamar a alguien que dice más de lo que sus letras contienen. No sabría que se puede vivir sin muchas cosas materiales pero con una riqueza de gestos, de palabras, de momentos compartidos.

Hay costumbres que definen a un pueblo más que cualquier constitución. Levantarse temprano para tomar café, hablar fuerte sin que eso sea grosería, hacer bromas en los velorios porque la risa es una forma de honrar a los muertos. Entablar conversaciones con desconocidos en la parada del autobús, pedirle sal al vecino sin que eso sea una transacción sino un acto de comunidad. Donar sangre sin esperar nada a cambio, ir a los hospitales sabiendo que la salud es un derecho, no un privilegio. Respetar a la Virgen de la Caridad, dejar ofrendas en los troncos de las ceibas, entender que la fe tiene muchas formas y todas son válidas. Lanzar piropos en la calle, anunciar la mercancía a voz en cuello, vivir la vida como algo que sucede en público, no en privado.

La lección que solo se aprende siendo cubano es simple pero profunda: se puede vivir con menos cosas, pero con más orgullo. No es un orgullo que se compra ni que se hereda en documentos. Es algo que se respira, que se siente en la manera en que la gente se mira, en cómo se ayudan sin preguntar, en cómo celebran juntos y sufren juntos. Es la sustancia criolla, esa que no aparece en ningún balance de cuentas pero que es lo más valioso que tiene una nación.

Los nacidos en la Mayor de las Antillas no vivimos con muchas cosas materiales, pero nos sobra orgullo
— Reflexión central del ensayo
La Conversación del Hearth Otra perspectiva de la historia
Inventor

¿Por qué crees que el autor insiste tanto en lo material versus lo inmaterial? ¿Es una crítica a la escasez o una defensa de ella?

Model

Es más una reflexión sobre qué es lo que realmente nos define. No está diciendo que la escasez sea buena, sino que a pesar de ella, lo que se gana es más valioso. Es una forma de decir que la identidad no se compra.

Inventor

Pero hay algo melancólico en toda esa enumeración de tradiciones. ¿No suena como si estuviera despidiéndose de algo?

Model

Tal vez. Hay un tono de quien está tomando inventario, de quien sabe que estas cosas pueden desaparecer si no se nombran, si no se recuerdan. Es como si dijera: esto es lo que somos, y si lo pierdo, pierdo todo.

Inventor

¿Y la parte sobre aplaudir a Fidel? ¿Eso no es propaganda política?

Model

Es más complicado que eso. Es un momento histórico que la gente vivió colectivamente. El autor no está argumentando por una ideología, está diciendo que esos momentos de unidad nacional, sean cuales sean, son parte de lo que significa ser cubano.

Inventor

¿Qué significa exactamente "se puede vivir con menos cosas, pero con más orgullo"?

Model

Significa que el orgullo es una moneda que no se devalúa. Puedes tener poco dinero, poca comida, pocas cosas, pero si tienes dignidad, si tienes comunidad, si tienes identidad, tienes algo que no se puede quitar.

Inventor

¿Crees que esto es universal o es específicamente cubano?

Model

Es universal el sentimiento, pero la forma en que se expresa es profundamente cubana. Otros pueblos tienen sus propias formas de decir lo mismo. Pero la manera de hacerlo aquí, con esa mezcla de humor, de historia, de comida, de fe, eso sí es único.

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