Una rata acorralada es muy, muy peligrosa
Putin no está clínicamente loco pero su cerebro está distorsionado por adicción al poder, similar a un drogadicto, según experto en psicología política. El mandatario ruso presenta múltiples síntomas del síndrome de Hubris: narcisismo extremo, delirios de grandeza religiosa y pérdida total de juicio racional.
- Putin padece múltiples síntomas del síndrome de Hubris según experto de Trinity College
- Ordenó construcción de estatua de 20 metros de San Vladímir junto al Kremlin en 2016
- Su sistema de dopamina está alterado, minando su capacidad de calcular riesgos
- No existen controles y equilibrios en la estructura política rusa actual
Psicólogo de Trinity College analiza que Putin padece adicción al poder y síndrome de Hubris con narcisismo extremo, distorsionando su juicio y aumentando riesgos de escalada nuclear en Ucrania.
Vladímir Putin no está clínicamente enfermo. No presenta signos de locura en el sentido médico tradicional. Y sin embargo, la invasión brutal de Ucrania revela algo quizá más perturbador: un líder atrapado en una adicción al poder tan profunda como la de cualquier drogadicto, alimentada por un narcisismo extremo y delirios de grandeza que lo desconectan cada vez más de la realidad.
Ian Robertson, profesor de Psicología en Trinity College de Dublín, ha pasado años estudiando exactamente este fenómeno. Sus investigaciones son consultadas por líderes políticos y empresariales de todo el mundo. Robertson participa también en la Fundación Dédalo, una institución dedicada a identificar el síndrome de Hubris —nombrado así por el héroe griego que, embriagado por el poder, perdió el contacto con la realidad— en diferentes esferas de la vida pública. Cuando una persona presenta tres o cuatro de los catorce síntomas que definen este síndrome, los expertos encienden las alarmas. Putin, según Robertson, padece varios de ellos, y algunos están marcados de manera muy clara.
Tomemos el narcisismo extremo. En 2016, Putin ordenó la construcción de una estatua de veinte metros de San Vladímir junto al Kremlin. No es un monumento histórico. Es una proyección de sí mismo, una manera de sentirse como un semidiós. Luego está el síntoma más peligroso: la fusión total entre los intereses personales y los intereses nacionales. Para Putin, lo que es bueno para él es bueno para Rusia. No importa que decenas de miles de personas mueran en el campo de batalla. Su lógica no lo registra como un costo; lo registra como un precio necesario.
Robertson observa que Putin se ve a sí mismo como el único capaz de guiar a la gran madre Rusia hacia su destino. Pero hay algo más inquietante en su pensamiento: cree que está llevando a cabo una misión casi religiosa. Cada día, según el psicólogo, Putin es menos racional y calculador, y más arrastrado por la sensación de que lidera una redención espiritual de Rusia. En este estado de delirio místico, siente un desprecio absoluto por los meros mortales. Lo demostró cuando humilló públicamente a Serguéi Naryshkin, su jefe de inteligencia extranjera, durante una reunión del Consejo de Seguridad hace poco, simplemente porque Naryshkin sugirió negociar una última vez antes de invadir Ucrania.
La adicción al poder produce cambios biológicos reales en el cerebro. El sistema de dopamina se altera completamente. Esto mina la capacidad de calcular, percibir y responder a los riesgos. Los jugadores compulsivos sobrestiman sus posibilidades de ganar. Putin, dice Robertson, finalmente lo perderá todo porque es un jugador compulsivo. Su adicción lo ciega. Y esto lo hace temerario e imprudente, lo que obliga a contemplar el peor escenario posible: un dictador con acceso a vastos arsenales nucleares cuyo juicio está profundamente distorsionado. Robertson no descarta que Putin pueda creer, como dijo un presentador de televisión rusa, que no merece la pena vivir en un mundo sin Rusia. Su estado mental podría deteriorarse hasta asemejarse al de Adolf Hitler en sus últimos días en el búnker de Berlín, cuando pidió que Alemania fuera arrasada para que su pueblo cayera derrotado con él.
La estructura política rusa no ofrece protecciones. No existen los controles y equilibrios que, aunque imperfectos, monitorizaban a los antiguos líderes soviéticos. Putin controla absolutamente la Duma, ha destruido la disidencia interna y no hay un equivalente del antiguo Politburó que promoviera decisiones más o menos conjuntas. Robertson sugiere que la presión interna podría desembocar en un cambio de régimen, en un Putin destronado. Pero también contempla una solución negociada. El problema es que negociar con alguien como Putin es casi imposible. Lo único que respeta es la fuerza. Las negociaciones clásicas fracasarían. Solo funcionarían si Occidente presenta una respuesta contundente, fuerte, con líneas rojas claras, tal como ha sucedido en las últimas semanas.
Sus debilidades no son evidentes. Robertson admite que no las detecta, pero está seguro de que existen cambios profundos, como los que produce cualquier adicción. Quizá Putin desciende al mundo terrenal cuando se pone enfermo. Le aterroriza enfermar. Toma precauciones ridículas contra el COVID. La gente debe desinfectarse antes de verlo. Hay mesas enormes para mantener la distancia. Esta aprensión sobre su propia mortalidad podría ser una grieta, una señal de ansiedad. Pero el problema es que Putin es como una rata acorralada. Y una rata acorralada es muy, muy peligrosa.
Citas Notables
Putin está enganchado al poder, como un drogadicto. Su cerebro está enormemente distorsionado por lo que lo ha convertido en adicto— Ian Robertson, profesor de Psicología, Trinity College de Dublín
Lo único que respeta es la fuerza. Fracasaría cualquier intento de negociación clásica— Ian Robertson
La Conversación del Hearth Otra perspectiva de la historia
¿Cómo distingues entre un líder que toma decisiones calculadas y uno cuyo juicio está realmente distorsionado?
Robertson dice que la diferencia está en el patrón. Un calculador comete errores, pero aprende. Un adicto al poder comete errores cada vez más grandes porque su cerebro está reorganizado alrededor de un solo objetivo: mantener y expandir el poder. Putin no está aprendiendo de sus errores; está dobles apuestas.
Mencionas que Putin se ve a sí mismo en una misión religiosa. ¿Eso es delirio o es solo retórica política?
Aquí está lo preocupante: probablemente cree en ello. No es solo lo que dice en público. Robertson sugiere que la adicción al poder produce cambios biológicos reales en el cerebro. Putin puede estar genuinamente convencido de que está redimiendo a Rusia. Eso lo hace más impredecible, no menos.
¿Por qué la estatua de San Vladímir es tan significativa?
Porque no es un monumento histórico. Es una proyección de sí mismo. Es Putin diciéndose a sí mismo que es un semidiós. Eso no es vanidad ordinaria. Es un síntoma de que la línea entre su identidad personal y la identidad nacional se ha borrado completamente.
¿Hay alguna forma de frenar a alguien así?
Robertson es claro: solo respeta la fuerza. No puedes razonar con él. No puedes ofrecerle intereses comunes. Necesitas líneas rojas claras y la voluntad de mantenerlas. Pero incluso eso es arriesgado porque una rata acorralada es peligrosa.
¿Cree Robertson que Putin usaría armas nucleares?
No lo descarta. Dice que es posible. El juicio de Putin está tan distorsionado que podría creer que un mundo sin Rusia no merece existir. Eso es el pensamiento de alguien en el búnker final, no el de un líder racional.