Durante generaciones, la incomodidad ante el desorden fue etiquetada como perfeccionismo o rigidez de carácter. Hoy, la neurociencia y la psicología ofrecen una lectura distinta: el cerebro humano, expuesto a entornos visualmente saturados, eleva sus niveles de cortisol y agota su capacidad de concentración, convirtiendo el hogar en una fuente de fatiga en lugar de refugio. Lo que sentimos ante el caos no es un defecto de personalidad, sino una señal del sistema nervioso pidiendo condiciones más humanas para descansar.