En el tejido cotidiano de la conversación humana, el acto de interrumpir ha sido juzgado durante siglos como una falta de cortesía. La psicología contemporánea propone una lectura más compasiva: detrás de quien corta la palabra ajena suele haber un cerebro acelerado, una mente ansiosa o un patrón aprendido en la infancia, no necesariamente una voluntad de irrespetar. Comprender este mecanismo no absuelve la conducta, pero sí transforma la manera en que nos relacionamos con quienes nos interrumpen —y con nosotros mismos cuando somos los que no sabemos esperar.