Bajo el peso del verano cubano —32 grados Celsius y una humedad que ronda el 90 por ciento— los dispositivos electrónicos enfrentan una prueba silenciosa pero devastadora. Un aumento de apenas diez grados en la temperatura de trabajo puede reducir a la mitad la vida útil de cualquier equipo, convirtiendo hábitos cotidianos inocentes en actos de destrucción lenta. La sabiduría aquí no es técnica sino de atención: cuidar lo que nos conecta con el mundo es también cuidar nuestra capacidad de participar en él.