Cada verano, millones de personas que conviven con la migraña se enfrentan a una estación que parece diseñada para desafiar su sistema nervioso: el calor, la luz intensa, la deshidratación y la ruptura de rutinas convergen en un entorno donde las crisis se vuelven más probables. La neurología moderna reconoce que el cerebro migrañoso no es un cerebro enfermo, sino uno extraordinariamente sensible a los cambios del mundo exterior. Comprender esa sensibilidad, en lugar de temerla, es el primer paso hacia un verano más habitable.