En cada reunión donde alguien extiende los brazos esperando un abrazo, se pone en juego una pregunta más profunda sobre cómo habitamos nuestros propios cuerpos. La ciencia confirma lo que la intuición a veces olvida: el rechazo al contacto físico no es frialdad ni distancia emocional, sino el resultado de una historia personal, una neurobiología única y límites que merecen ser respetados. Comprender esto no solo libera a quienes evitan los abrazos de juicios injustos, sino que invita a todos a ampliar el vocabulario con el que expresamos y recibimos afecto.