Perú despliega 7.000 policías para contener protestas por disputa electoral

Cuarenta mil votos separan a un presidente de una crisis de legitimidad
Con el 99,5% de las actas contabilizadas, Fujimori aventaja a Sánchez por apenas 0,24 puntos porcentuales.

En el umbral de una decisión democrática que apenas separa a dos candidatos por una fracción de punto porcentual, Perú desplegó siete mil policías en Lima para custodiar el derecho a protestar de quienes cuestionan la legitimidad del proceso. Roberto Sánchez, derrotado por un margen de cuarenta mil votos frente a Keiko Fujimori, convocó a sus seguidores a las calles no para rechazar un número, sino para exigir que la democracia sea algo más que una suma de actas. La ciudad se convirtió así en el escenario donde la diferencia entre ganar una elección y ganar su legitimidad se negocia en el espacio público.

  • Con el 99,5% de los votos contados, Fujimori aventaja a Sánchez por apenas 0,24%, una distancia tan estrecha que alimenta la desconfianza antes que la aceptación.
  • Juntos por el Perú no impugna solo el resultado: denuncia que todo el proceso careció de transparencia, convirtiendo la protesta en un cuestionamiento sistémico al aparato electoral.
  • El gobierno responde con el mayor despliegue policial visto en Lima para una jornada de protestas, siete mil agentes listos para contener sin reprimir, o al menos eso promete el discurso oficial.
  • El ministro Zapata insiste en que los uniformados protegen derechos y propiedades, pero la magnitud del operativo envía también un mensaje sobre los límites tolerados de la disidencia.
  • La visita de Sánchez al Ministerio del Interior el mismo viernes queda envuelta en silencio oficial, un gesto cuyo significado —negociación, presión o símbolo— nadie termina de descifrar.
  • La tensión no se resuelve con el cierre de urnas: Lima amanece dividida, con miles de ciudadanos en las calles y miles de policías observándolos, mientras el conteo final aún no es definitivo.

Lima se preparaba para una jornada de protestas cuando el gobierno anunció el despliegue de siete mil policías en toda la provincia. La convocatoria había partido de Juntos por el Perú y su candidato Roberto Sánchez, quien llamó a sus seguidores a marchar en defensa del voto tras unos resultados electorales que su movimiento consideraba manchados por la falta de transparencia.

Los números eran contundentes en su estrechez: con más del 99,5% de las actas procesadas, Keiko Fujimori encabezaba el escrutinio con el 50,12% frente al 49,88% de Sánchez. Cuarenta mil votos de diferencia. Para Fujimori, una victoria. Para Sánchez, un resultado insuficiente para legitimar un proceso que su partido cuestionaba desde sus cimientos.

El ministro del Interior, José Zapata, salió a defender el operativo policial en declaraciones a la emisora Exitosa. Los efectivos, aclaró, estaban desplegados únicamente en Lima con el objetivo de garantizar el respeto a los derechos ciudadanos y la protección de la propiedad pública y privada. El lenguaje era el de la contención ordenada: no se trataba de disolver marchas, sino de vigilarlas mientras la capital procesaba su división.

Ese mismo viernes, Sánchez se presentó en las dependencias del Ministerio del Interior para reunirse con Zapata. Los detalles del encuentro no trascendieron. Nadie supo con certeza si fue una negociación, una demanda formal o un gesto de presencia simbólica. Lo que sí resultaba evidente era que el cierre de las urnas no había cerrado la disputa: apenas la había trasladado a las calles de una ciudad vigilada, donde miles de uniformados esperaban ver cómo una democracia en tensión decidía expresarse.

Lima se preparaba para las calles el viernes cuando el gobierno peruano anunció un despliegue sin precedentes: siete mil agentes de policía distribuidos por toda la provincia para vigilar las marchas que Juntos por el Perú había convocado en defensa del voto. El candidato presidencial Roberto Sánchez, cuya campaña se desmorona en los números finales del escrutinio, había llamado a sus seguidores a manifestarse contra lo que su partido denunciaba como un proceso electoral manchado por la falta de transparencia.

El margen era estrecho pero implacable. Con poco más del 99,5% de las actas ya contabilizadas por la Oficina Nacional de Procesos Electorales, Keiko Fujimori de Fuerza Popular encabezaba con el 50,12% de los votos, dejando a Sánchez con el 49,88%. La diferencia: cuarenta mil votos. Suficiente para ganar. Insuficiente, según los argumentos de Sánchez, para legitimar un resultado que su movimiento consideraba comprometido desde el inicio.

El ministro del Interior, José Zapata, defendió la movilización policial en una entrevista con la emisora Exitosa. Los siete mil efectivos, explicó, estaban desplegados únicamente en Lima para garantizar que durante las protestas se respetaran los derechos de los ciudadanos, la propiedad pública y la propiedad privada. Era el lenguaje de la contención: no se trataba de impedir las marchas, sino de vigilarlas, de mantener el orden mientras la ciudad se dividía sobre la legitimidad de su próximo presidente.

El anuncio de la marcha había llegado el martes, acompañado de un comunicado que invocaba la defensa del voto, la victoria del pueblo y la democracia. Juntos por el Perú acusaba a los organismos estatales de haber deslegitimado el sufragio ciudadano, de haber operado sin transparencia durante todo el proceso electoral. No era una protesta contra un resultado específico, sino contra el sistema que lo había producido.

Ese mismo viernes, mientras los preparativos de seguridad se completaban en las calles, Sánchez se presentó en las dependencias del Ministerio del Interior. Los detalles del encuentro con Zapata no trascendieron a la prensa. No quedó claro si fue un intento de negociación, una demanda formal, o simplemente un gesto simbólico de presencia en el espacio del poder. Lo que sí era evidente era que la tensión electoral no había terminado con el cierre de las urnas. Apenas comenzaba a tomar forma en las calles de una capital dividida, con miles de uniformados listos para vigilar cómo se expresaba esa división.

Son 7.000 efectivos policiales comprometidos con las marchas convocadas, para que impere el respeto al derecho de los otros, a la propiedad privada y pública
— José Zapata, ministro del Interior de Perú
El voto ciudadano ha sido deslegitimado, denunciando falta de transparencia de los organismos estatales durante el proceso electoral
— Juntos por el Perú
The Hearth Conversation Another angle on the story
Inventor

¿Por qué un despliegue de siete mil policías para una marcha? ¿Qué teme el gobierno?

Model

No es miedo a la marcha en sí. Es miedo a lo que la marcha representa: un candidato que perdió por cuarenta mil votos pero que convence a sus seguidores de que el sistema fue manipulado. Eso es volátil.

Inventor

Pero Sánchez tiene un punto legítimo sobre la transparencia, ¿no?

Model

Posiblemente. El 99,5% de las actas contabilizadas es casi todo, pero no es todo. Y cuando el margen es de 0,24 puntos porcentuales, esa diferencia importa. La gente lo siente.

Inventor

¿Qué pasó en el Ministerio del Interior? ¿Negoció algo Sánchez?

Model

Nadie lo sabe. Los detalles no salieron a la luz. Podría haber sido cualquier cosa: una demanda, una amenaza velada, un último intento de que Zapata reconociera sus preocupaciones. O simplemente teatro político.

Inventor

¿Esto escala? ¿Hay riesgo de violencia?

Model

Depende de cómo reaccione la gente cuando vea a siete mil policías en las calles. A veces la presencia policial calma las cosas. A veces las enciende. En una ciudad dividida por cuarenta mil votos, es impredecible.

Inventor

¿Qué viene después?

Model

El recuento termina. Los números se cierran. Y entonces Perú tiene que decidir si acepta un presidente que ganó por un margen que casi nadie cree que fue limpio.

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