El 14 de agosto, Perú convirtió una tarde ordinaria en un ensayo colectivo de supervivencia: millones de celulares emitieron simultáneamente una alerta de tsunami, recordando a la nación que vivir en el Anillo de Fuego no es una metáfora sino una condición permanente. El segundo simulacro nacional multipeligro del año no pretendió predecir el desastre —la ciencia admite que eso es imposible— sino cultivar en la memoria del cuerpo social los reflejos que, cuando llegue el momento real, podrían marcar la diferencia entre el caos y la respuesta ordenada.