¿Peor la cura que la enfermedad? La ciencia advierte sobre los riesgos del aire acondicionado

Una de cada tres familias en Europa no puede mantener temperaturas adecuadas en sus viviendas durante los meses de calor, afectando especialmente a personas mayores y niños vulnerables al estrés térmico.
El ciclo se perpetúa: más calor causa más aire acondicionado, que causa más calor.
La paradoja central del enfriamiento urbano: la solución agrava el problema que intenta resolver.

En el corazón del verano europeo emerge una contradicción que la ciencia no puede ignorar: el mismo aparato que protege a los más vulnerables del calor extremo alimenta, con cada ciclo de refrigeración, el cambio climático que produce ese calor. La humanidad se encuentra atrapada en un bucle donde la solución tecnológica más accesible agrava el problema que intenta resolver, mientras millones de familias ni siquiera pueden costearla. Es una paradoja que no tiene salida fácil, y que obliga a repensar qué significa adaptarse a un mundo que nosotros mismos hemos calentado.

  • Las olas de calor en Europa se intensifican cada año, y el aire acondicionado —la respuesta más inmediata— emite calor al exterior y gases de efecto invernadero, alimentando el mismo ciclo que lo hace necesario.
  • En 2022, la refrigeración de edificios en todo el mundo produjo mil millones de toneladas de CO₂, una cifra que convierte a esta tecnología en un actor significativo del cambio climático.
  • Una de cada tres familias europeas no puede permitirse mantener temperaturas adecuadas en verano, lo que expone a personas mayores y niños a un estrés térmico real y potencialmente mortal.
  • Los expertos advierten que el debate no puede reducirse al consumo eléctrico: cada equipo expulsa más calor del que extrae, y cuando millones operan a la vez, el efecto sobre las ciudades se vuelve acumulativo y peligroso.
  • Gobiernos y organismos como la Comisión Europea comienzan a reconocer que el uso masivo del aire acondicionado no es sostenible, pero tampoco tienen aún una alternativa clara que proteja la salud sin agravar el clima.

Europa vive un dilema que incomoda tanto a la ciencia como a la política: las olas de calor se vuelven más frecuentes e intensas, y la respuesta más obvia —encender el aire acondicionado— agrava precisamente el problema que intenta resolver.

Los datos ilustran la magnitud de la contradicción. En 2022, la refrigeración de edificios generó alrededor de mil millones de toneladas de CO₂ a nivel mundial, según la Agencia Internacional de la Energía, emisiones que alimentan el cambio climático y producen más calor extremo. Al mismo tiempo, un informe de Greenpeace de 2025 revela que una de cada tres familias europeas no puede costear una temperatura adecuada en casa durante el verano. La solución existe, pero está fuera del alcance de millones.

Sin embargo, rechazar el aire acondicionado no es viable para todos. El investigador Manuel Ruiz de Adana, de la Universidad de Córdoba, subraya que la climatización es una cuestión de salud pública: para personas mayores y niños, el estrés térmico puede causar daño real y rápido. Aun así, advierte que la temperatura del aire es solo uno de varios factores del confort térmico —humedad, ventilación, temperatura radiante— y que controlar un único parámetro no resuelve el problema completo.

La física del sistema revela otra capa del problema: un equipo estándar extrae calor del interior, pero expulsa al exterior más energía de la que consume. Cuando millones de viviendas operan simultáneamente, ese calor acumulado intensifica el efecto de isla de calor urbana. Marta Olazabal, investigadora del BC3, lo resume con claridad: el uso generalizado del aire acondicionado no es sostenible a largo plazo, aunque en muchos casos sea necesario.

La Comisión Europea ya observa la tensión y no descarta que la refrigeración de edificios se convierta en un tema de debate político en la Unión. La pregunta que enfrentan gobiernos y ciudadanos sigue sin respuesta clara: cómo proteger la salud hoy sin hipotecar el clima del mañana.

Europa se enfrenta a un dilema incómodo: mientras las olas de calor se vuelven más frecuentes e intensas debido al cambio climático, la solución más obvia—encender el aire acondicionado—agrava precisamente el problema que intenta resolver. Es una trampa térmica de la que es difícil escapar.

Los números revelan la magnitud de la contradicción. En 2022, la refrigeración de edificios en todo el mundo generó alrededor de mil millones de toneladas de dióxido de carbono, según estimaciones de la Agencia Internacional de la Energía. Esas emisiones alimentan el cambio climático, que a su vez produce más olas de calor extremas. El ciclo se perpetúa. Mientras tanto, la realidad social es aún más cruda: según un informe de Greenpeace de 2025, una de cada tres familias europeas no puede permitirse mantener una temperatura adecuada en sus hogares durante los meses de verano. La solución tecnológica existe, pero está fuera del alcance de millones de personas.

Pero rechazar el aire acondicionado por completo no es una opción viable, al menos no para todos. Manuel Ruiz de Adana, investigador de la Universidad de Córdoba especializado en ingeniería térmica, subraya que la climatización es fundamentalmente una cuestión de salud pública. Para las personas mayores y los niños, cuyo sistema de regulación térmica es particularmente vulnerable, el estrés por calor puede aparecer rápidamente y causar daño real. Mantener una temperatura adecuada en el hogar no es un lujo; es una protección sanitaria básica. Sin embargo, Ruiz de Adana también advierte que la temperatura del aire es solo uno de varios factores que determinan el confort térmico. La velocidad del aire, la humedad, la ventilación y la temperatura radiante también importan. Controlar un único parámetro no resuelve el problema completo.

La física del aire acondicionado revela otra capa de la paradoja. Un equipo estándar extrae aproximadamente diez unidades de energía del interior de un edificio para enfriarlo, pero consume cinco unidades de energía eléctrica en el proceso. El resultado neto es que expulsa alrededor de quince unidades de calor equivalentes hacia el entorno exterior. Cuando una vivienda usa esta tecnología, el efecto es localizado. Cuando miles o millones de viviendas lo hacen simultáneamente, el calor acumulado que se emite hacia la ciudad y sus alrededores se vuelve significativo, intensificando el efecto de isla de calor urbana.

Marta Olazabal, investigadora del BC3 especializada en adaptación al cambio climático, articula el verdadero dilema: el debate sobre el aire acondicionado no se reduce simplemente al consumo eléctrico de los aparatos. También debe contabilizar el calor que expulsan hacia el entorno. A largo plazo, el resultado es un consumo energético mayor y mayores emisiones de gases de efecto invernadero, lo que intensifica los impactos del cambio climático en lugar de mitigarlos. Olazabal es clara en su conclusión: el uso generalizado del aire acondicionado no es sostenible a largo plazo. Pero también reconoce una verdad incómoda: en muchos casos, es necesario.

La Comisión Europea ya ha notado la tensión. Con Europa sumida en olas de calor cada vez más severas, no descarta que el aire acondicionado y la refrigeración de edificios se conviertan en un tema de debate político en la Unión Europea. La pregunta que enfrentan los gobiernos y los ciudadanos es cómo navegar entre dos necesidades que parecen irreconciliables: proteger la salud de las personas en el presente mientras se intenta evitar un futuro climático aún más extremo. Por ahora, no hay una respuesta clara.

Para las personas mayores y los niños, el estrés térmico aparece muy rápido y puede afectar a su salud. Estar en una habitación con temperatura adecuada es una protección sanitaria.
— Manuel Ruiz de Adana, investigador de la Universidad de Córdoba
El uso del aire acondicionado no es sostenible a largo plazo, pero sí que es necesario en muchos casos.
— Marta Olazabal, investigadora del BC3
A Conversa do Hearth Outra perspectiva sobre a história
Inventor

¿Por qué el aire acondicionado es tan paradójico? Parece que simplemente enfría el aire.

Model

Porque no es aislado. Cuando enfría el interior, expulsa calor hacia afuera. Multiplica eso por millones de hogares en una ciudad y estás creando más calor urbano, lo que hace que el siguiente verano sea más extremo.

Inventor

Entonces, ¿la solución es no usar aire acondicionado?

Model

No es tan simple. Para una persona mayor o un niño en una ola de calor extrema, el aire acondicionado puede ser la diferencia entre estar seguro y sufrir un colapso térmico. Es una protección sanitaria real.

Inventor

Pero eso significa que estamos eligiendo entre salud individual ahora y salud colectiva después.

Model

Exactamente. Y no todos tienen ni siquiera esa opción. Una de cada tres familias en Europa no puede permitirse encender el aire acondicionado regularmente. Así que también es una cuestión de desigualdad.

Inventor

¿Hay algo que los investigadores sugieran como alternativa?

Model

Los expertos hablan de controlar múltiples factores—humedad, ventilación, temperatura radiante—no solo la del aire. Pero eso requiere diseño inteligente de edificios, no solo aparatos. Es más complejo y más caro que instalar un aire acondicionado.

Inventor

¿Entonces estamos atrapados?

Model

Por ahora, sí. Los gobiernos europeos están comenzando a reconocer que esto se convertirá en un debate político. Necesitamos soluciones que protejan a las personas vulnerables sin acelerar el cambio climático. Aún no las tenemos.

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