A más de un siglo de su nacimiento en Bristol, Paul Dirac permanece como una de las mentes más singulares de la física moderna: un hombre que no solo predijo la existencia de la antimateria mediante una ecuación, sino que vivió convencido de que el universo habla exclusivamente en el idioma de las matemáticas. Su Nobel de 1933, obtenido a los 31 años, fue el reconocimiento formal a una intuición más profunda: que la belleza de una ecuación es, en sí misma, una forma de verdad. En un siglo que aún busca una teoría unificada del cosmos, su brújula intelectual no ha perdido norte.