Partido gobernante de Etiopía retiene mayoría parlamentaria en elecciones marcadas por represión

Cientos de miles de personas murieron en la guerra entre fuerzas federales y grupos regionales en Tigray; la inseguridad continúa desplazando poblaciones en Oromia y Amhara.
Una lucha por mantener la voz viva en un espectro político ya controlado
Yitayal Assefa explicó por qué se presentó como candidato a pesar de saber que no podía ganar.

En Adís Abeba, el Partido de la Prosperidad del primer ministro Abiy Ahmed consolidó su dominio sobre el Parlamento etíope al capturar 438 de 501 escaños en las elecciones del 1 de junio, repitiendo un patrón que convierte el sufragio en ritual más que en deliberación. La participación oficial del 94 por ciento coexiste con centros de votación cerrados por violencia, una región entera excluida por sexto año consecutivo y una oposición diezmada por el encarcelamiento y el exilio. El hombre que recibió el Nobel de la Paz en 2019 preside hoy un país donde la disidencia se paga con el silencio, y donde el próximo Parlamento ratificará en octubre lo que las urnas ya habían decidido de antemano.

  • El partido gobernante obtuvo el 87% de los escaños con una participación declarada del 94%, cifras que contrastan con 143 centros de votación que permanecieron cerrados por inseguridad activa.
  • En Amhara y Oromia, los combates entre grupos armados y fuerzas federales no se detuvieron durante el proceso electoral, desplazando poblaciones y limitando el acceso real a las urnas.
  • Tigray quedó excluida por completo por sexto año consecutivo, profundizando la marginación de una región que ya pagó con cientos de miles de muertos el costo de su conflicto con el gobierno federal.
  • Líderes opositores denunciaron hostigamiento, miedo e intimidación sistemática; los más prominentes estaban encarcelados, exiliados o desaparecidos antes de que comenzara la campaña.
  • Observadores de la Unión Africana y organismos regionales intentaron otorgar legitimidad internacional al proceso, pero fueron criticados por concentrarse en la capital sin verificar lo ocurrido en el territorio.
  • En octubre, el nuevo Parlamento se reunirá para reelegir a Abiy Ahmed por cinco años más, cerrando un ciclo cuyo desenlace estaba escrito antes de que se abriera el primer centro de votación.

El domingo, la Junta Nacional Electoral de Etiopía confirmó lo que pocos dudaban: el Partido de la Prosperidad del primer ministro Abiy Ahmed había capturado 438 de los 501 escaños de la Cámara de Representantes tras las votaciones del 1 de junio. La participación oficial alcanzó el 94 por ciento sobre más de 50 millones de personas registradas. En octubre, el nuevo Parlamento se reunirá para reelegir a Abiy por un nuevo mandato de cinco años.

Pero los números no cuentan la historia completa. La inseguridad en Oromia y Amhara obligó a cerrar 143 centros de votación, donde los combates entre el grupo armado Fano y las fuerzas federales, y la actividad del Ejército de Liberación Oromo, continúan desplazando poblaciones. Tigray, escenario de una guerra que costó cientos de miles de vidas, volvió a quedar excluida del proceso por sexto año consecutivo, sin representación federal y cada vez más alejada de la vida política nacional.

Quienes se atrevieron a competir contra el oficialismo regresaron con relatos de un juego amañado. Yitayal Assefa, candidato opositor derrotado, reconoció que su candidatura no fue un intento real de ganar sino un esfuerzo por mantener viva su voz política. Merara Gudina, profesor universitario y líder opositor que se negó a participar, llamó al proceso una farsa y advirtió que el resultado profundizará el deterioro del país. La mayoría de los opositores más visibles estaban encarcelados, en el exilio o habían desaparecido.

Abiy Ahmed llegó al poder con promesas de democracia y en 2019 recibió el Premio Nobel de la Paz por resolver el conflicto con Eritrea. Hoy, su gobierno enfrenta acusaciones de graves violaciones a los derechos humanos, y Etiopía y Eritrea han vuelto a enfrentarse mutuamente. El hombre del Nobel preside ahora un país donde la represión define el paisaje político y millones permanecen sin voz en sus propias instituciones.

En Adís Abeba, la máquina electoral etíope completó su ciclo el domingo con un resultado que nadie esperaba que fuera diferente. El Partido de la Prosperidad del primer ministro Abiy Ahmed capturó 438 de los 501 escaños en la Cámara de Representantes tras las votaciones del 1 de junio, consolidando una mayoría que deja poco espacio para la disidencia. La Junta Nacional Electoral anunció los números finales con una participación que alcanzó el 94 por ciento, una cifra que en otros contextos habría parecido robusta. Más de 50 millones de personas de una población estimada en 130 millones estaban registradas para votar. En octubre, el nuevo Parlamento se reunirá para reelegir a Abiy por otro mandato de cinco años.

Pero los números ocultan fracturas profundas. La inseguridad en las regiones de Oromia y Amhara fue lo suficientemente grave como para que 143 centros de votación permanecieran cerrados. Los combates entre el grupo armado Fano y las fuerzas federales en Amhara, junto con la actividad de los rebeldes del Ejército de Liberación Oromo en Oromia, han generado una inestabilidad que el gobierno intenta contener mientras busca desarmar a estos grupos. El proceso electoral transcurrió bajo una sombra de represión contra quienes se atrevieron a cuestionar al poder.

Tigray, la región donde cientos de miles de personas murieron en una guerra entre las fuerzas federales y grupos regionales, volvió a quedar fuera del proceso completamente. Seis años sin representación federal. La exclusión no es accidental; es una negación de voz en el Parlamento que empuja a la región aún más hacia los márgenes de la vida política nacional. Melatwork Hailu, presidenta de la junta electoral, insistió el domingo en que su organismo mantuvo la neutralidad institucional y actuó únicamente conforme a la ley, sin interferencias externas.

La presencia de observadores de la Unión Africana y la Autoridad Intergubernamental para el Desarrollo intentó dotar al proceso de legitimidad internacional, aunque estos observadores permanecieron confinados principalmente en la capital. Las misiones fueron criticadas por no desplegar suficiente personal en el territorio nacional para verificar lo que realmente sucedía en las urnas.

Los opositores que se atrevieron a participar regresaron con historias de un juego amañado. Yitayal Assefa, quien se presentó bajo la bandera del Partido de Unidad de Toda Etiopía y perdió, explicó a la prensa que sintió desde el inicio que el gobierno tenía una ventaja abrumadora. Los miembros de la oposición fueron hostigados, dijo, y no tenían ninguna posibilidad real. Para Assefa, su candidatura no fue un intento de ganar sino una lucha por mantener su voz y sus ideales políticos vivos dentro de un espectro político controlado por un gobierno que ya había asegurado su victoria antes de que se contara un solo voto.

Merara Gudina, profesor de la Universidad de Adís Abeba y líder opositor que rechazó participar, fue más directo. Llamó al proceso una farsa y dijo que la victoria del partido gobernante no fue sorpresa para nadie. El resultado, argumentó, afectará negativamente la estabilidad del país, que ya se encuentra en deterioro. La mayoría de los opositores más destacados del gobierno estaban encarcelados, en el exilio o habían desaparecido. Quienes eligieron postularse se quejaron de que el entorno político estaba saturado de miedo e intimidación.

Abiy Ahmed llegó al poder con promesas de democracia y paz. En 2019 ganó el Premio Nobel de la Paz por resolver un conflicto de larga data entre Etiopía y Eritrea. Pero desde entonces, su gobierno ha sido acusado de violaciones graves de derechos humanos contra críticos y periodistas. Hoy, Etiopía y Eritrea están nuevamente enfrentadas: Adís Abeba acusa a Asmara de apoyar a grupos rebeldes para desestabilizar el país, mientras que Eritrea acusa a Etiopía de amenazar con apoderarse de su puerto marítimo. El hombre que ganó un premio por la paz ahora preside un país donde la represión define el paisaje político y donde millones de personas permanecen sin voz en sus propias instituciones.

Mi participación no se trataba de ganar, sino de luchar por mi voz y mis ideales políticos dentro del espectro político frente a un gobierno que tiene asegurada la victoria
— Yitayal Assefa, candidato opositor
La votación fue una farsa y la victoria del partido gobernante no fue ninguna sorpresa. El resultado afectará negativamente la estabilidad del país, ya de por sí en deterioro
— Merara Gudina, líder opositor y profesor universitario
La Conversación del Hearth Otra perspectiva de la historia
Inventor

¿Cómo es posible que un proceso electoral tenga una participación del 94 por ciento pero sea considerado ilegítimo?

Model

Porque la participación alta no significa libertad. Si la mayoría de los opositores están encarcelados, exiliados o desaparecidos, y quienes se atreven a participar son hostigados, entonces el 94 por ciento refleja conformidad forzada, no elección genuina.

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¿Por qué Tigray fue excluida completamente?

Model

Tigray fue el epicentro de una guerra brutal. Seis años después, el gobierno simplemente no permitió que votara. Es una forma de castigo político disfrazada de incapacidad logística. Niega voz a una región que ya sufrió cientos de miles de muertes.

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Los observadores internacionales estuvieron presentes. ¿Eso no le da legitimidad?

Model

Estuvieron presentes pero confinados en Adís Abeba. No vieron lo que sucedía en los centros de votación reales, no presenciaron el miedo en las comunidades. Su presencia fue más simbólica que sustantiva.

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¿Qué significa que Abiy haya ganado un Premio Nobel de la Paz?

Model

Significa que el mundo creyó en una promesa que no se cumplió. En 2019 parecía un reformador. Ahora preside un sistema donde la represión es la norma. El premio se ve como un error de cálculo histórico.

Inventor

¿Qué sucede ahora?

Model

El Parlamento se reunirá en octubre para reelegir a Abiy. Sin oposición real, sin Tigray, sin voces disidentes. El país continúa fracturándose: Oromia y Amhara están en conflicto armado, Eritrea es una amenaza externa. Las elecciones no resolvieron nada; solo consolidaron el control.

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