El ritual variaba según el asentamiento, no era una expresión simbólica única
En los yacimientos catalanes de Puig Castellar y Ullastret, arqueólogos de la Universidad Autónoma de Barcelona han examinado siete cráneos enclavados de hace más de dos milenios, descubriendo que el ritual íbero de las cabezas cortadas no respondía a una lógica uniforme, sino que variaba según la comunidad que lo practicaba. Este hallazgo, publicado en Journal of Archaeological Science: Reports, desafía décadas de teorías que oscilaban entre el trofeo de guerra y la reliquia sagrada, recordándonos que las sociedades antiguas eran tan complejas y diversas como las nuestras. La historia no habla con una sola voz, y estos cráneos son prueba de que incluso los rituales más solemnes guardan matices que el tiempo apenas comienza a revelar.
- Siete cráneos con perforaciones y clavos de hierro, expuestos públicamente hace más de dos mil años, plantean una pregunta que los arqueólogos llevan décadas sin poder responder con certeza: ¿trofeos de enemigos o reliquias de los propios?
- El análisis de patrones de movilidad revela que los individuos seleccionados no eran elegidos al azar, con una tendencia marcada hacia hombres, pero con una diversidad de orígenes que complica cualquier explicación simple.
- La comparación entre Puig Castellar y Ullastret demuestra que el mismo ritual básico se practicaba de formas distintas en cada asentamiento, lo que sacude la imagen de una cultura íbera homogénea y monolítica.
- El escaso registro antropológico íbero —consecuencia de la cremación como práctica funeraria dominante— convierte estos cráneos en una fuente excepcional e irremplazable para comprender cómo estas comunidades concebían el poder, la muerte y la identidad.
- El estudio, respaldado por especialistas de múltiples instituciones catalanas, obliga a replantear hipótesis consolidadas y abre nuevas líneas de investigación sobre la relación de los íberos con su territorio, sus muertos y el significado simbólico de la exposición pública.
En los yacimientos de Puig Castellar y Ullastret, en Cataluña, arqueólogos de la UAB han estudiado siete cráneos clavados públicamente hace más de dos mil años. Algunos presentaban perforaciones, y en al menos un caso un clavo de hierro atravesaba el hueso. Durante décadas, los investigadores debatieron si se trataba de trofeos de guerra o de reliquias veneradas de personajes importantes, pero ninguna hipótesis contaba con verificación arqueológica sólida.
Rubén de la Fuente Seoane, primer autor del estudio publicado en Journal of Archaeological Science: Reports, planteó una aproximación distinta: si las cabezas eran trofeos, no deberían proceder del mismo asentamiento donde fueron halladas; si eran individuos venerados, probablemente serían locales. Los resultados fueron más complejos de lo esperado. Había una tendencia clara hacia los hombres, pero los patrones de movilidad revelaron una diversidad de orígenes mayor de la anticipada.
Lo más significativo fue la diferencia entre los dos yacimientos. Aunque ambas comunidades practicaban el mismo ritual básico, los criterios de selección de individuos variaban, apuntando a jerarquías sociales y culturales propias de cada asentamiento. Las sociedades íberas del noreste peninsular no eran monolíticas: lo que en un lugar expresaba poder o veneración podía tener un significado distinto en otro.
El estudio, realizado con la colaboración del Museo de Arqueología de Cataluña, el Museo Torre Balldovina y las universidades de Lleida, adquiere especial relevancia porque los íberos practicaban la cremación como rito funerario principal, lo que hace del registro antropológico disponible algo escaso y fragmentario. Estos cráneos ofrecen una ventana excepcional hacia comunidades que, de otro modo, permanecerían casi mudas ante la arqueología. El hallazgo no cierra preguntas: las multiplica, y obliga a repensar cómo estas sociedades se relacionaban con la muerte, el territorio y el significado de sus propios rituales.
En los yacimientos de Puig Castellar y Ullastret, en Cataluña, arqueólogos de la Universidad Autónoma de Barcelona han estado estudiando algo que desafía nuestras suposiciones sobre el pasado íbero: siete cráneos que fueron clavados públicamente hace más de dos mil años. Estos no son hallazgos aislados. Son evidencia de un ritual que, durante siglos, ha dejado a los investigadores debatiendo su significado real.
El estudio, publicado en Journal of Archaeological Science: Reports, se enfoca en entender quiénes eran estos individuos y por qué sus cabezas fueron expuestas de esta manera. Algunos de los cráneos fueron encontrados agujereados, y en al menos un caso, un clavo de hierro atravesaba el hueso. Para los arqueólogos, esto plantea preguntas fundamentales. ¿Eran trofeos de guerra, destinados a intimidar a los enemigos? ¿O eran reliquias veneradas de personajes importantes dentro de la comunidad? Durante años, estas hipótesis han circulado entre los investigadores, basadas en fuentes orales y etnográficas, pero sin verificación arqueológica real.
Rubén de la Fuente Seoane, arqueólogo de la UAB y primer autor del estudio, explica que el equipo abordó el problema de manera diferente. Si las cabezas eran trofeos de guerra, no deberían proceder de los mismos asentamientos donde fueron encontradas. Si eran individuos venerados, lo más probable es que fueran locales. Los resultados revelaron algo más complejo: los individuos no fueron seleccionados al azar. Había una tendencia clara hacia los hombres en este ritual, pero los patrones de movilidad y localización sugerían una diversidad mayor de la esperada.
Esto es lo que cambia la narrativa. El ritual de las cabezas cortadas no era una práctica uniforme en todas las comunidades íberas del noreste peninsular. Variaba según el asentamiento. Entre Puig Castellar y Ullastret, aunque ambas practicaban el mismo ritual básico, las diferencias en los patrones de selección de individuos apuntan hacia variaciones sociales y culturales significativas. No se trataba de una sola expresión simbólica compartida por todos.
La investigación contó con la participación de especialistas del Museo de Arqueología de Cataluña, del Museo Torre Balldovina y de las universidades de Lleida. El análisis se basó en el estudio de patrones de movilidad de las comunidades humanas de la edad de hierro, durante el último milenio antes de nuestra era. Esto es particularmente importante porque los íberos practicaban la cremación como ritual funerario principal, lo que significa que el registro antropológico disponible es limitado. Las cabezas cortadas ofrecen una ventana excepcional hacia estas comunidades, una oportunidad rara de entender cómo pensaban y qué valores guiaban sus prácticas más solemnes.
Lo que emerge de este trabajo es una comprensión más matizada de las sociedades íberas. No eran monolíticas. Cada asentamiento tenía sus propias reglas, sus propias jerarquías, sus propias razones para seleccionar a ciertos hombres para este ritual de exposición pública. Las diferencias sugieren que lo que funcionaba como expresión de poder o veneración en un lugar podía tener significados distintos en otro. Este descubrimiento obliga a los arqueólogos a replantear teorías que durante décadas se han dado por sentadas, y abre nuevas líneas de investigación sobre cómo las comunidades íberas se relacionaban con su territorio, con sus muertos, y con el significado de la muerte misma.
Citas Notables
Los individuos no fueron seleccionados al azar. Había una tendencia clara hacia los hombres, pero los patrones de movilidad y localización sugerían una diversidad mayor, apuntando a diferencias sociales y culturales entre comunidades.— Rubén de la Fuente Seoane, arqueólogo de la UAB
La Conversación del Hearth Otra perspectiva de la historia
¿Por qué estos cráneos clavados son tan importantes si ya sabemos que los íberos practicaban rituales funerarios?
Porque son casi lo único que tenemos. Los íberos cremaban a sus muertos, así que los registros óseos son raros. Estos cráneos expuestos son una excepción, una ventana directa hacia cómo pensaban sobre el poder y la muerte.
¿Y qué nos dice el hecho de que todos fueran hombres?
Que había una selección deliberada. No era aleatorio. Pero lo interesante es que esa selección no significaba lo mismo en todos lados. En Puig Castellar podía significar una cosa, en Ullastret otra.
¿Entonces la teoría de los trofeos de guerra está muerta?
No completamente. Pero ahora sabemos que es más complicado. Si fueran solo trofeos, esperaríamos verlos distribuidos de manera uniforme. Lo que vemos es variación, lo que sugiere que cada comunidad tenía sus propias razones.
¿Qué diferencias encontraron entre los dos asentamientos?
Los patrones de movilidad de los individuos eran distintos. Algunos parecían ser locales, otros no. Eso apunta a diferencias sociales y culturales entre las comunidades, no solo diferencias en cómo practicaban el ritual.
¿Esto cambia cómo entendemos la historia de España?
Sí, porque muestra que las sociedades íberas eran más diversas y sofisticadas de lo que pensábamos. No había una sola forma íbera de hacer las cosas. Había múltiples formas, múltiples significados.