Pajuelo: regiones ven a Lima como dominante al que hay que frenar

Las regiones ven a Lima no como enemiga, pero sí como el dominante que debe ser frenado
Pajuelo describe cómo el voto territorial expresa un reclamo histórico de las provincias contra la concentración de poder en la capital.

En un país donde la distancia entre Lima y las regiones nunca ha sido solo geográfica, las elecciones peruanas de 2026 señalan el agotamiento de un ciclo político iniciado en los años ochenta. El antropólogo Ramón Pajuelo observa que los peruanos ya no votan por propuestas sino por miedos, esperanzas e identidades territoriales acumuladas durante décadas. Los movimientos regionales que florecieron tras la descentralización se desmoronan, y en su lugar emerge una geografía política fragmentada donde cada región construye su propia lógica de poder. Lo que viene después de este cierre de ciclo permanece, por ahora, abierto e incierto.

  • Los movimientos regionales como APP y Perú Libre, que alguna vez saltaron de lo local a lo nacional, enfrentan ahora su desaparición electoral como consecuencia directa de ese mismo ascenso.
  • La desconfianza acumulada durante décadas hacia Lima como potencia dominante organiza el voto regional con más fuerza que cualquier propuesta programática.
  • En Junín, Loreto, Arequipa y el norte costero, cada territorio vota según sus propias tensiones económicas —minería ilegal, petróleo en declive, agroexportación, turismo— generando fracturas que rompen cualquier mapa político uniforme.
  • Nuevas clases medias en la Amazonía y el sur andino votan de forma conservadora no por ideología sino para proteger ganancias recientes, redefiniendo qué significa ser de derecha fuera de Lima.
  • La estructura de poder local persiste aunque cambie de manos: en La Libertad, un caudillo desplazó a otro, pero el control territorial siguió intacto, revelando que el problema no es de personas sino de sistema.

Ramón Pajuelo, antropólogo del Instituto de Estudios Peruanos, ve en las elecciones actuales el cierre de un ciclo político que comenzó a fines de los años ochenta, marcado por la ausencia de partidos tradicionales y una crisis profunda de representación. Lo que distingue este momento es que la gente ya no vota por razones programáticas, sino por una mezcla volátil de temores, esperanzas e identificación personal con candidatos.

Es también la primera contienda sin la presencia dominante de los movimientos regionales. En La Libertad, la máquina de César Acuña fue desplazada por el movimiento de Rosario Hernández: un caudillo reemplazó a otro, pero la estructura de poder local permaneció intacta. En Junín, región que creó veintitrés movimientos regionales entre 2002 y 2022, el resultado mostró un desenchufe total entre esas organizaciones —que funcionaban como negocios privados de caudillos— y lo que la población esperaba. APP y Perú Libre, los únicos movimientos que lograron saltar de lo local a lo nacional, pagan ahora el costo de ese ascenso con la desaparición electoral.

Las fracturas geográficas son reveladoras. En el norte costero ganó Keiko Fujimori, pero la sierra norte votó distinto. Arequipa eligió al centrista Jorge Nieto en su zona metropolitana mientras sus provincias optaron por Roberto Sánchez. Lima misma está dividida entre el Callao y la capital. Estas diferencias no son caprichosas: expresan cómo distintos grupos construyen sus expectativas a partir de su economía local, su historia y su distancia con Lima, a la que perciben no como enemiga sino como una potencia dominante que debe ser frenada.

En Loreto, el colapso de los ingresos petroleros empujó el voto hacia el fujimorismo, alejándose de la izquierda regional que antes tenía peso. En la Amazonía y el sur andino, nuevas clases medias surgidas del turismo, el comercio y la minería votan de forma conservadora, no por creencias religiosas sino para preservar lo conseguido. Es un conservadurismo de protección, no de cambio. El mapa político nacional ya no responde a un patrón único: cada región configura su propia lógica electoral, expresando en el fondo cómo distintos peruanos entienden su futuro en un país atravesado por distancias profundas que siguen sin cerrarse.

Ramón Pajuelo, antropólogo que coordinó hace poco más de un año una investigación del Instituto de Estudios Peruanos sobre la política en cinco regiones del país, observa en las elecciones recientes el cierre de un ciclo político que comenzó a fines de los años ochenta. Ese ciclo, marcado por la ausencia de partidos tradicionales y una crisis profunda de representación, está llegando a su fin, y lo que viene después permanece incierto. Las elecciones actuales revelan algo fundamental: la gente ya no vota por razones programáticas, sino por una mezcla volátil de temores, esperanzas e ilusiones personales.

Esta es la primera contienda electoral sin la presencia dominante de movimientos regionales en la contienda. Aunque las nuevas reglas han frenado su participación formal, el voto territorial sigue siendo potente. En La Libertad, por ejemplo, la máquina política de César Acuña y su partido APP, que gobernó durante años, fue desplazada por Un Camino Diferente, el movimiento de Rosario Hernández. Un caudillo reemplazó a otro, pero la estructura de poder local se mantuvo intacta. Lo que cambió fue quién la controlaba.

La economía organiza gran parte de cómo la gente construye sus expectativas políticas. En el norte, donde conviven la agroexportación con la minería ilegal y la criminalidad, el voto refleja esas tensiones. Pero las lógicas de voto no son uniformes ni siquiera dentro de una misma región. En el norte costero, Keiko Fujimori ganó, pero en la sierra norte el resultado fue distinto. Lima misma está dividida: el Callao votó de una manera, la capital de otra. Arequipa, que eligió al centrista Jorge Nieto en su zona metropolitana, vio a sus provincias votar por Roberto Sánchez. Estas fracturas geográficas revelan que los peruanos se sienten unidos por nociones de diferencia, distancia y reclamos históricos.

Uno de esos reclamos es profundamente territorial. Las regiones y provincias han acumulado durante décadas una desconfianza hacia Lima, a la que ven no como enemiga, pero sí como una potencia dominante que debe ser frenada. Este sentimiento ha emergido con claridad en estas elecciones. En Junín, que creó veintitrés movimientos regionales entre 2002 y 2022, el resultado electoral mostró un desenchufe total entre esas organizaciones políticas, que funcionaban como negocios privados de caudillos locales, y lo que la población realmente esperaba. Perú Libre, el movimiento que logró el salto extraordinario hacia lo nacional, ahora paga el costo de ese ascenso y de todo lo que sucedió después. APP también perdió fuerza. Los movimientos regionales enfrentan un freno histórico. Surgieron con éxito después de Fujimori, se multiplicaron durante la descentralización, pero nunca lograron consolidarse como plataformas políticas genuinas. Solo APP y Perú Libre saltaron de lo local a lo nacional, y ahora ese salto tiene un límite: la desaparición electoral.

Lo que emerge en su lugar es una regionalización desde abajo. La gente en sus territorios ha desarrollado nociones más fuertes de identidad regional y local. En Loreto, donde durante años la izquierda regional tuvo peso significativo, el voto cambió hacia el fujimorismo. Esto ocurrió en el contexto del colapso de los ingresos petroleros que alguna vez organizaron toda una economía regional en ascenso. La Amazonía entera vive un momento de urbanización reciente y nuevas economías locales, algunas legales, otras no. En esa región, un conservadurismo distinto al de Lima está ganando terreno, uno vinculado no a creencias religiosas sino a la defensa de ganancias económicas recientes y a la oposición a organizaciones ambientalistas que cuestionan la explotación petrolera.

En el sur andino ocurre algo similar. Nuevas clases medias, surgidas del turismo, la minería, el comercio y los servicios, votan de manera conservadora. No es un conservadurismo de cambio, sino de preservación de lo conseguido. Fuerza Popular encarna ese sentimiento en varias regiones, aunque con matices distintos según el territorio. Lo nuevo es que en la Amazonía apareció un voto por Sánchez donde antes todo era feudo fujimorista, mientras que en el sur andino el voto fue por López Aliaga. Cada región está configurando su propia lógica electoral, sus propias geografías políticas. El mapa nacional ya no responde a un patrón único, sino a múltiples dinámicas territoriales que expresan, en el fondo, cómo distintos grupos de peruanos entienden su futuro económico, su seguridad y su lugar en un país que sigue siendo atravesado por distancias profundas entre Lima y el resto, entre lo urbano y lo rural, entre ricos y pobres, entre distintos grupos socioculturales.

La gente ya no vota por razones programáticas, sino por una mezcla muy maleable de temores, de expectativas e ilusiones
— Ramón Pajuelo
Los movimientos regionales y locales enfrentan una situación de freno. Surgieron con mucho éxito después de Fujimori, pero no han logrado consolidarse como plataformas políticas y programáticas
— Ramón Pajuelo
La Conversación del Hearth Otra perspectiva de la historia
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¿Por qué el voto regional cambió tan dramáticamente en lugares como Loreto, donde la izquierda tenía raíces fuertes?

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El petróleo fue lo que organizó todo allá durante décadas. Cuando los ingresos cayeron, la sociedad civil que había surgido en ese contexto de bonanza resultó ser muy débil para sostener proyectos de desarrollo regional. La izquierda se fue con esa bonanza.

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Pero entonces, ¿qué explica que ahora voten por Fujimori en la Amazonía?

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Es que el conservadurismo amazónico no es el de Lima. No es sobre religión o moral familiar. Es sobre proteger lo que han ganado en negocios nuevos: turismo, minería, comercio. Y ven a las ONGs ambientalistas como una amenaza a eso.

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¿Y en Junín, donde había tanta vida política local?

Model

Ahí pasó algo revelador. Crearon veintitrés movimientos regionales, pero eran propiedad de caudillos, no plataformas reales. La gente simplemente se desconectó de ellos. El voto fue hacia otro lado.

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¿Hacia dónde?

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Hacia candidatos que la gente sentía como iguales, o hacia figuras que prometían algo distinto. Pero no hacia esos movimientos locales que habían funcionado como negocios privados.

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Entonces, ¿qué está pasando realmente con la política regional?

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Está emergiendo una regionalización desde abajo. La gente desarrolla identidades regionales más fuertes y ve a Lima como el dominante del que hay que desconfiar. Es un reclamo territorial histórico que finalmente tiene voz electoral.

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¿Es eso peligroso para la unidad nacional?

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Es complejo. No es que las regiones vean a Lima como enemiga. Es que la ven como una potencia que siempre ha abusado de ellas. Ahora, con el voto, están diciendo que eso tiene que cambiar.

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