A los 80 años, Daniel Ortega pronunció ante sus seguidores en Managua la frase que convirtió una larga erosión democrática en una declaración formal: Nicaragua no volverá a celebrar elecciones. Lo que durante décadas se sostuvo como una ficción electoral —fraudes sucesivos, candidatos encarcelados, constituciones reescritas— quedó despojado de su último velo. El anuncio no inauguró una dictadura; confirmó la que ya existía, y lo hizo ante un mundo que, por razones estratégicas, tiene poco incentivo para intervenir.
Ortega anuncia el fin de las elecciones en Nicaragua: la dictadura se quita la máscara
Aproximadamente 900.000 nicaragüenses (15% de la población) han sido desplazados o exiliados desde 2018; cientos han muerto en protestas, miles fueron encarcelados, y figuras públicas fueron despojadas de nacionalidad y propiedades.