En los márgenes de Ohio, donde la tierra plana guarda silencio, se negocia una de las apuestas más grandes de la era digital: Nvidia respaldaría con 250 mil millones de dólares el acceso de OpenAI a un megacentro de datos que SoftBank construye por 500 mil millones. El gesto revela algo más profundo que una transacción comercial — es el retrato de una industria que se financia a sí misma, donde los mismos actores que crean la demanda también construyen la oferta, y donde la línea entre inversión genuina y especulación circular se vuelve cada vez más difícil de trazar.