Hace 600 millones de años, una criatura marina poseía un único ojo central con el que percibía el mundo. Investigadores de la Universidad de Lund acaban de demostrar que ese ojo ancestral no desapareció, sino que fue dividido y reubicado por la evolución para convertirse en los dos ojos que los vertebrados —incluidos los humanos— usamos hoy. El descubrimiento, publicado en Current Biology, no solo cierra décadas de debate científico, sino que confirma una verdad más profunda sobre la vida: la naturaleza rara vez inventa desde cero, prefiere transformar lo que ya funciona.