Richard Wrangham: «Nuestra bondad nació de la violencia»

Usamos la agresión para librarnos de la agresión
Wrangham explica cómo la violencia planificada eliminó a los individuos más agresivos durante 300.000 años.

Durante 300.000 años, la especie humana se esculpió a sí misma eliminando a sus miembros más violentos, un proceso que el primatólogo Richard Wrangham llama autodomesticación. La paradoja que emerge de su investigación es tan incómoda como iluminadora: nuestra capacidad para cooperar con extraños, para construir sociedades y confiar en desconocidos, nació precisamente de la violencia planificada con la que nuestros ancestros suprimieron la violencia impulsiva. Somos, en esencia, una especie que se civilizó a través del crimen colectivo, y comprender esa dualidad es quizás la condición más honesta para enfrentarla.

  • La pregunta que obsesiona a Wrangham desde los años setenta sigue sin respuesta fácil: ¿cómo puede la misma especie producir tanto altruismo como masacres calculadas?
  • Los chimpancés revelaron la trampa: lo que parecía comunidad armoniosa se convirtió en emboscadas sistemáticas, obligando a replantear qué significa ser humano.
  • La tensión central es biológica y moral a la vez — somos menos impulsivos que los chimpancés, pero infinitamente más capaces de violencia organizada y premeditada.
  • La solución evolutiva fue brutal: las sociedades cazadoras-recolectoras ejecutaban a los hombres más agresivos, seleccionando durante milenios a los más tolerantes y cooperativos.
  • El peligro persiste hoy en la violencia de género y en los estados tentados por el poder, recordándonos que las estructuras de contención no son un lujo sino una necesidad evolutiva.

Richard Wrangham lleva casi medio siglo persiguiendo una contradicción que define a nuestra especie: somos capaces de una cooperación extraordinaria y, al mismo tiempo, de una crueldad fría y calculada. Su respuesta, desarrollada en La paradoja de la bondad, no nos absuelve ni nos condena. Nos explica.

Todo comenzó en Tanzania, en el campamento de Jane Goodall, donde Wrangham fue a estudiar la alimentación de los chimpancés y encontró algo mucho más perturbador. Lo que parecía una comunidad armoniosa se fracturó en facciones que se emboscaban y mataban sistemáticamente. Si nuestros parientes más cercanos eran capaces de esa violencia organizada, la pregunta sobre la naturaleza humana se volvía urgente.

La clave está en distinguir dos tipos de agresión: la reactiva, impulsiva, del arrebato; y la proactiva, planificada, ejecutada en frío. Los humanos tenemos mucho menos de la primera que los chimpancés, pero una capacidad vastamente superior para la segunda. Somos la única especie que puede conspirar mediante el lenguaje para actuar contra alguien más fuerte. Y eso, según Wrangham, es lo que nos domesticó.

En las sociedades cazadoras-recolectoras, cuando un hombre se volvía demasiado peligroso, la comunidad lo eliminaba. Durante cientos de miles de años, los más agresivos fueron suprimidos mediante esa misma violencia planificada. El resultado fue una selección natural brutal pero efectiva: nuestra docilidad, nuestra tolerancia hacia desconocidos, nació de la eliminación sistemática de los más violentos. Usamos la agresión proactiva para librarnos de la reactiva.

Las consecuencias prácticas son inmediatas. Ante la violencia machista, Wrangham es tajante: nunca puede asumirse que los hombres dejarán de ejercerla sin consecuencias claras. El estatus y la dominación siguen siendo motivadores primarios, tanto en chimpancés como en humanos. Pero hay un mecanismo que funciona: cuando alguien intenta dominar mediante la violencia, la coalición del grupo prevalece sobre el alfa solitario.

Aun así, la perspectiva no es del todo sombría. Vivimos en una época en que la probabilidad de morir violentamente es menor que en gran parte del pasado humano. Desde una óptica evolutiva, eso es un logro extraordinario. Pero el desafío permanece: los poderosos y los estados siguen siendo tentados por la violencia cuando creen que les resultará rentable. No se trata de bajar la guardia, sino de mantener las estructuras y consecuencias que durante milenios han contenido nuestros impulsos más destructivos.

Richard Wrangham tiene 76 años, enseña biología antropológica en Harvard y lleva casi medio siglo persiguiendo una pregunta que lo obsesiona desde los años setenta: ¿por qué somos simultáneamente capaces de una cooperación extraordinaria y de una crueldad calculada? La respuesta que ha construido desafía la idea de que seamos fundamentalmente buenos o malos. Somos ambas cosas, y esa dualidad no es un accidente evolutivo sino el resultado de un largo proceso de autodomesticación que nos ha moldeado durante 300.000 años.

Todo comenzó en Tanzania, cuando Wrangham llegó al campamento de Jane Goodall para estudiar la alimentación de los chimpancés. Lo que encontró fue algo completamente distinto. Observó a estos animales viviendo en lo que parecía una comunidad armoniosa: jugaban, se acicalaban mutuamente, cuidaban crías ajenas. Pero un día el grupo se dividió en dos facciones y comenzaron las emboscadas, los asesinatos sistemáticos. Si nuestros parientes más cercanos eran capaces de una violencia tan fría y organizada, ¿qué decía eso sobre la naturaleza humana? Esa pregunta lo llevó a desarrollar una teoría que expone en su libro La paradoja de la bondad: la extraña relación entre virtud y violencia en la evolución humana.

La clave está en entender que existen dos tipos de agresión completamente distintos. Una es impulsiva, reactiva, el arrebato del momento. La otra es planificada, proactiva, ejecutada en frío. Aquí emerge la paradoja central: comparados con los chimpancés, los humanos tenemos mucha menos agresión reactiva pero una capacidad vastamente superior para la violencia organizada. Somos la única especie capaz de conspirar, de ponernos de acuerdo mediante el lenguaje para actuar contra alguien más fuerte que cualquiera de nosotros por separado. Y eso, según Wrangham, es precisamente lo que nos domesticó.

En las sociedades cazadoras-recolectoras no existían cárceles. Cuando un hombre se volvía demasiado violento, demasiado peligroso, la comunidad lo mataba. Durante cientos de miles de años, los individuos más agresivos fueron eliminados mediante esa violencia planificada. El resultado fue una selección natural brutal pero efectiva: nuestra docilidad, nuestra capacidad para tolerar a completos desconocidos sin agredirlos, nació de la eliminación sistemática de los más violentos. Usamos la agresión proactiva para librarnos de la agresión reactiva. Es una ironía desconcertante pero coherente: nuestra bondad tiene raíces en la violencia.

Esta comprensión tiene consecuencias prácticas inmediatas. Cuando Wrangham reflexiona sobre la violencia machista, su conclusión es tajante: debe tomarse en serio, sin excepciones. Nunca se puede asumir que los hombres dejarán de ejercer violencia si no hay consecuencias claras. El estatus, el poder, la dominación siguen siendo motivadores primarios de la agresión, tanto entre chimpancés como entre humanos. Pero hay un mecanismo que funciona: cuando alguien intenta dominar al grupo mediante la violencia, el grupo reacciona contra él. La coalición prevalece sobre el alfa solitario.

Pese a todo, Wrangham ofrece una perspectiva que no es del todo sombría. Vivimos en una época en la que la probabilidad de morir de forma violenta es significativamente menor que en gran parte del pasado humano. La mayoría de las personas vive la mayor parte de su vida sin ejercer violencia física. Desde una perspectiva evolutiva, eso es un logro extraordinario. Pero el desafío permanece: los individuos poderosos y los estados siguen siendo tentados por la violencia cuando creen que les resultará rentable. No se trata de bajar la guardia. Se trata de mantener las estructuras, los acuerdos, las consecuencias que durante milenios han contenido nuestros impulsos más destructivos.

Somos ambas cosas. Podemos ser extraordinariamente cooperativos y extraordinariamente crueles.
— Richard Wrangham
Debemos tomárnosla muy en serio. Nunca deberíamos dar por sentado que los hombres dejarán de ejercer violencia si no existen consecuencias claras.
— Richard Wrangham, sobre la violencia machista
La Conversación del Hearth Otra perspectiva de la historia
Inventor

¿Cómo llegó a la conclusión de que la autodomesticación fue el mecanismo que nos hizo menos agresivos?

Model

Observando a los chimpancés. Vi que mataban deliberadamente a miembros de su propio grupo. Eso me llevó a preguntarme si las fuerzas que los impulsan a matar son similares a las que nos impulsan a nosotros. Luego comparé los cambios físicos entre especies domesticadas y humanos antiguos: rostros más cortos, dientes más pequeños, huesos más gráciles. Los mismos rasgos que vemos en un perro comparado con un lobo.

Inventor

Pero alguien tuvo que domesticarnos. ¿Quién fue?

Model

Nosotros mismos. En las sociedades primitivas, los hombres extremadamente violentos eran asesinados. No había cárceles. La comunidad se ponía de acuerdo, conspiraba mediante el lenguaje, y actuaba contra el más fuerte. Fue una selección natural brutal.

Inventor

Entonces usamos la violencia para eliminar la violencia.

Model

Exactamente. Usamos la agresión planificada para librarnos de la agresión reactiva. Es paradójico, pero es lo que sucedió durante 300.000 años. Y eso moldeó nuestros genes.

Inventor

¿Significa eso que la violencia es inevitable en nosotros?

Model

No. Significa que tenemos la capacidad para ambas cosas. Podemos ser extraordinariamente cooperativos o extraordinariamente crueles. Lo importante es que entendamos que la violencia no desaparece por sí sola. Requiere estructuras, consecuencias, vigilancia constante.

Inventor

¿Hay algo que le dé esperanza?

Model

Sí. Que la mayoría de las personas vive sin ejercer violencia física. Eso parece trivial, pero desde una perspectiva evolutiva es un logro extraordinario. Hemos construido sociedades donde podemos cruzarnos con desconocidos sin agredirlos. Eso no es natural. Es el resultado de milenios de autodomesticación.

Quieres la nota completa? Lee el original en La Vanguardia ↗
Contáctanos FAQ