La supervivencia política no justifica sembrar odio y división

Siete votos no valen el prestigio de toda una nación
El columnista cuestiona la legitimidad de un gobierno que se sostiene con apoyo parlamentario mínimo mientras erosiona los fundamentos democráticos.

En las democracias maduras, la legitimidad no se mide únicamente por la aritmética parlamentaria, sino por la capacidad de un gobierno de sostener la confianza colectiva y preservar los acuerdos que hacen posible la convivencia. España atraviesa hoy una encrucijada en la que un Ejecutivo que sobrevive con apoyos mínimos y gobierna por decreto enfrenta preguntas que van más allá de la táctica política: si siete votos pueden justificar el desgaste de las instituciones y la erosión de los fundamentos democráticos que la transición tardó décadas en construir. La pregunta no es solo si este gobierno caerá, sino qué quedará en pie cuando lo haga.

  • Un gobierno incapaz de aprobar presupuestos propios gobierna España mediante decretos, sostenido por una mayoría tan frágil que su supervivencia semanal parece más milagro que mandato.
  • El círculo más cercano al presidente acumula imputaciones e investigaciones judiciales, mientras ministros cuestionan públicamente la independencia de los jueces, sembrando dudas sobre el estado de derecho.
  • La estrategia oficial parece haberse reducido a la división: comparaciones entre ciudades, insinuaciones sobre la judicatura y la reavivación de tensiones históricas como combustible político cotidiano.
  • Los cimientos de convivencia construidos tras la transición democrática —el gran legado de una generación que superó la guerra— se perciben amenazados por una lógica de poder que prioriza la supervivencia sobre el bien común.
  • La pregunta que recorre el debate público ya no es cuándo caerá este gobierno, sino cuánto costará reconstruir lo que se pierda en el camino.

La democracia, se nos recuerda, no debería ser complicada. Y sin embargo, España contempla un Ejecutivo que desafía toda predicción: imputaciones en su entorno más cercano, incapacidad para aprobar presupuestos, dependencia de apoyos parlamentarios mínimos y un fiscal general condenado. El gobierno muere y resucita en la misma semana, y nadie sabe con certeza si lo que persiste es un proyecto político o simplemente el instinto de supervivencia.

Ese instinto tiene un precio. Gobernar únicamente mediante decreto, sin mayoría legislativa real, convierte cada jornada en una negociación al borde del abismo. Pero lo que más preocupa al columnista no es la fragilidad aritmética, sino el método: dividir, enfrentar, avivar tensiones históricas y crear nuevos fantasmas para distraer de la ausencia de programa.

Los ejemplos son concretos y reveladores. Un ministro compara Barcelona y Madrid en redes sociales con una ironía que enciende la rivalidad territorial. Otro, en un acto público, insinúa que hay jueces que prevarican —no todos, matiza, pero sí su entorno—. Y el mismo gobierno que aplaude al Papa durante siete minutos en el Congreso parece dispuesto a hacer saltar por los aires la convivencia nacional al día siguiente.

La conclusión es tan sencilla como incómoda: en democracia, siete votos no pueden valer el prestigio de una nación ni el sacrificio de los acuerdos que permitieron a España dejar atrás sus peores capítulos. Cuando sobrevivir políticamente exige sembrar odio y erosionar lo que costó tanto construir, la supervivencia deja de ser un argumento. Y alguien, dice el texto, tiene que decirlo.

La democracia no debería ser complicada. No es un acertijo de física teórica que requiera años de estudio para desentrañar. Y sin embargo, aquí estamos: un gobierno que se sostiene en pie con siete votos parlamentarios, como si eso fuera suficiente para justificar dormir una noche más en la Moncloa.

La supervivencia política del Ejecutivo se ha convertido en un ejercicio de prestidigitación. Muere y resucita en la misma semana. Lo han dado por desahuciado tantas veces que predecir su siguiente movimiento es más apuesta que análisis. Su mujer ha sido imputada. Su hermano también. Su predecesor, su número dos, su número dos bis. Incluso su fiscal general fue condenado. El propio presidente ha estado al borde del banquillo. Nadie se atrevería a afirmar con certeza si lo que vemos es un gobierno vivo o un cadáver político que aún no ha caído.

Lo que sí está claro es que este Ejecutivo sabe navegar los tiempos políticos con una destreza que roza lo sobrenatural. Gobierna únicamente mediante decreto, incapaz de aprobar unos presupuestos generales que pasen por el Parlamento. Depende de apoyos mínimos, frágiles, constantemente al borde del colapso. Y aun así, persiste. Pero ese prodigio de supervivencia tiene un costo que los españoles están pagando cada día: la erosión de los cimientos que nuestros abuelos construyeron con tanto esfuerzo tras la transición, aquellos que permitieron que un país dividido por la guerra pudiera reconciliarse y mirar hacia adelante juntos.

Cuando el único programa político es sobrevivir al día siguiente, cuando la estrategia es dividir, enfrentar, avivar viejos odios y crear fantasmas nuevos, conviene parar. Cuando se aplaude de pie al Papa durante siete minutos en el Congreso de los Diputados y luego se intenta hacer saltar por los aires la convivencia nacional, conviene que alguien lo examine. Cuando los únicos argumentos políticos que quedan son los gestos, las comparaciones entre ciudades, las insinuaciones sobre jueces que prevarican.

Óscar Puente subió dos fotos de los actos papales: una de Barcelona, otra de Madrid. En su comentario, Barcelona conservaba intacto el espíritu olímpico del 92, mientras Madrid era apenas una taza de café con leche relajante. Mientras tanto, en un discurso en los premios de un medio de comunicación, Óscar López aseguraba que hay jueces que prevarican, que no son todos, pero que si no son ellos, es su entorno. Este es el gobierno de Schrödinger: tan acabado y vivo al mismo tiempo que un ministro puede serlo para las inauguraciones de Chamartín pero no para asumir responsabilidades en el accidente de Adamuz.

La democracia es simple. No requiere experimentos teóricos ni ecuaciones complejas. En democracia, siete votos no valen el prestigio y la confianza de toda una nación. No valen el sacrificio de los fundamentos que permitieron que España dejara atrás sus peores capítulos. Cuando la supervivencia política exige sembrar odio y división, cuando requiere erosionar la convivencia que costó tanto construir, entonces la supervivencia deja de ser justificable. Y alguien tiene que decirlo.

La democracia es sencilla, no un experimento teórico en el campo de la física
— El columnista
Cuando tu único programa político ya es sobrevivir a la actualidad de mañana y para ello tu proyecto es dividir y enfrentar, conviene dejarlo
— El columnista
The Hearth Conversation Another angle on the story
Inventor

¿Por qué insistes en que siete votos no son suficientes? En democracia, los gobiernos minoritarios son comunes.

Model

Lo son, tienes razón. Pero hay una diferencia entre gobernar con una mayoría frágil y gobernar únicamente para sobrevivir. Cuando tu único objetivo es llegar al próximo día, la política se convierte en algo tóxico.

Inventor

¿Qué quieres decir con eso de sembrar odio?

Model

Que en lugar de buscar acuerdos amplios, se politiza todo. Se enfrentan ciudades, se cuestionan jueces, se avivan divisiones que creíamos superadas. Es la diferencia entre gobernar y simplemente no caer.

Inventor

Mencionas a los abuelos y la transición. ¿Crees que eso es realmente lo que está en riesgo?

Model

Completamente. La transición fue un acto de reconciliación. Gente de bandos opuestos decidió que juntos podían construir algo mejor. Eso es lo que se erosiona cuando la política se reduce a supervivencia.

Inventor

¿Y los decretos? ¿Por qué es tan importante que no puedan aprobar presupuestos?

Model

Porque los presupuestos requieren negociación, acuerdo, construcción de mayorías. Los decretos son unilaterales. Es la diferencia entre gobernar democráticamente y simplemente imponer.

Inventor

¿Crees que esto terminará?

Model

Espero que sí. Pero no mientras la supervivencia siga siendo el único programa político.

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