Desde Managua, la copresidenta Rosario Murillo volvió a trazar con palabras la frontera entre quienes pertenecen al proyecto revolucionario y quienes lo cuestionan. En su alocución diaria, recurrió al legado de Sandino para afirmar que la cobardía condena a los opositores a un sufrimiento propio, mientras el gobierno avanza hacia un futuro sin pobreza. El discurso revela una estrategia comunicacional que convierte la crítica en traición y la lealtad en virtud, en un momento en que Nicaragua enfrenta creciente escrutinio sobre su rumbo democrático.