A finales de junio, la NASA volvió su mirada hacia Messier 94, una galaxia espiral a treinta mil años luz de distancia, y decidió que no bastaba con fotografiarla: quiso hacerla sonar. Combinando rayos X del telescopio Chandra con luz visible y la técnica de sonificación, la agencia tradujo la radiación cósmica en música, asignando instrumentos a cada elemento del universo. Es un gesto que recuerda que el conocimiento no pertenece solo a quienes pueden ver, y que el cosmos, quizás, siempre ha tenido su propia melodía.