Durante más de veinte años, el telescopio Swift vigiló las explosiones más violentas del universo desde las alturas silenciosas del espacio; ahora, tras una misión de rescate robótica sin precedentes que costó 30 millones de dólares y terminó en giro descontrolado, la NASA contempla su caída inevitable hacia la atmósfera terrestre. El fracaso no es solo el fin de un instrumento científico lanzado en 2004, sino también un espejo que refleja cuán difícil es sostener la infraestructura humana más allá de la Tierra. En la derrota, sin embargo, la agencia busca semillas de aprendizaje para las gene