La ciencia revela por qué los mosquitos pican a unas personas más que a otras

La malaria transmitida por mosquitos causa más de 600.000 muertes anuales, siendo el animal más letal para humanos en el planeta.
Pueden reconocer variaciones del cero coma cero uno por ciento en CO2
Los mosquitos detectan fluctuaciones microscópicas en dióxido de carbono para seguir a sus víctimas desde decenas de metros de distancia.

Cada verano, el mosquito regresa como recordatorio de que los enemigos más pequeños pueden ser los más letales: este insecto mata a más de seiscientas mil personas al año solo a través de la malaria, superando con creces a cualquier otro animal. Investigadores de Georgia y Nevada han comenzado a descifrar el sofisticado sistema sensorial que permite a estos insectos rastrearnos desde decenas de metros de distancia, siguiendo estelas invisibles de dióxido de carbono con una precisión que desafía el tamaño de su cerebro. Comprender cómo nos encuentran no es solo curiosidad científica: con el cambio climático llevando especies tropicales hacia latitudes antes inaccesibles, esta pregunta se convierte en una de salud pública global.

  • El mosquito no es una molestia menor: es el animal más mortífero del planeta, y la ciencia apenas ahora revela los mecanismos exactos que lo hacen tan eficaz como cazador.
  • Solo el 6% de las más de 3.700 especies conocidas pica humanos, pero ese pequeño porcentaje incluye vectores del dengue, el zika, la fiebre amarilla y la malaria, enfermedades que reconfiguran vidas enteras.
  • Los mosquitos detectan el CO2 que exhalamos desde hasta 50 metros de distancia, siguiendo gradientes de densidad creciente con una sensibilidad capaz de percibir variaciones de apenas el 0,01% en el aire.
  • El sistema no se detiene en el olfato: el dióxido de carbono activa y agudiza simultáneamente la visión y la detección de calor, convirtiendo un cerebro del tamaño de una semilla de amapola en una máquina de rastreo multisensorial.
  • El cambio climático está rompiendo las fronteras geográficas que contenían a estas especies; el Aedes aegypti ya alcanza las islas británicas, llevando consigo enfermedades que antes parecían lejanas.

Cada verano regresa el mosquito, y con él la ilusión de que es apenas una incomodidad. Pero este insecto es, en términos de vidas humanas, el animal más letal del planeta: la malaria sola mata a más de seiscientas mil personas al año, seis veces más que las serpientes. Solo recientemente los científicos han comenzado a entender con precisión cómo estos insectos nos localizan, y lo que han encontrado desmiente décadas de mitos populares.

De las más de tres mil setecientas especies de mosquitos conocidas, apenas el seis por ciento tiene preferencia por la sangre humana, y solo las hembras fecundadas pican. Entre las que sí nos buscan destacan tres géneros: el Culex, vector del virus del Nilo Occidental; los Aedes, con sus marcas blancas características, responsables del dengue, el zika y la fiebre amarilla; y los Anopheles, transmisores de la malaria. El cambio climático está ampliando el territorio de estas especies: el Aedes aegypti ya ha llegado a las islas británicas.

El mecanismo comienza con el dióxido de carbono que exhalamos. Mediante estructuras sensoriales llamadas sensilias, ubicadas en sus mandíbulas, los mosquitos pueden detectar este gas desde entre diez y cincuenta metros. Su capacidad es extraordinaria: perciben variaciones de apenas el cero coma cero uno por ciento en los niveles de CO2, lo que les permite seguir la estela creciente del gas hasta su origen. Floris van Breugel, de la Universidad de Nevada, ha documentado cómo estos insectos vuelan en círculos cuando el aire está en calma y en zigzag cuando avanzan contra el viento, buscando activamente las rachas que traen señales olorosas.

Pero el mosquito también debe filtrar el ruido: automóviles y chimeneas también emiten CO2. Para resolverlo, integra múltiples sentidos a la vez. El dióxido de carbono no solo activa el instinto de ataque, sino que además agudiza la visión y la sensibilidad a otros olores, creando un sistema de navegación complejo dentro de un cerebro del tamaño de una semilla de amapola. Entender cómo ven, huelen y procesan el mundo estos insectos se ha vuelto, con el avance del cambio climático, una necesidad urgente.

Cada verano trae consigo la misma plaga incómoda y ubicua: el mosquito. Pero lo que muchos ven como una simple molestia es, en realidad, el animal más mortífero del planeta para los seres humanos. Mientras que las serpientes causan alrededor de cien mil muertes anuales, la malaria —una sola de las enfermedades que transmiten los mosquitos— mata a más de seiscientas mil personas cada año. A pesar de esta amenaza constante y bien conocida, solo recientemente los científicos han comenzado a desentrañar los mecanismos precisos que permiten a estos insectos encontrarnos, localizarnos y decidir a quién picar. Y lo que han descubierto es mucho más sofisticado que lo que los mitos populares han sugerido durante generaciones.

No todos los mosquitos nos buscan. De las más de tres mil setecientas especies conocidas, apenas doscientas —aproximadamente el seis por ciento— tienen preferencia por la sangre humana. La mayoría son oportunistas, dispuestos a alimentarse de casi cualquier fuente disponible. Además, solo las hembras fecundadas pican; los machos se conforman con los jugos de las plantas. Entre las especies que sí nos prefieren destacan tres géneros principales. El Culex, que incluye el mosquito común nocturno, puede transmitir el virus del Nilo Occidental y ciertas encefalitis. Los Aedes, reconocibles por sus marcas blancas características, pican durante el día y son los vectores principales del dengue, la fiebre amarilla, el zika y la chikunguña. Los Anopheles, por su parte, son responsables de la transmisión de la malaria. En las latitudes donde vive la mayoría de la población mundial, estos insectos rara vez portan enfermedades graves, pero el cambio climático está alterando este equilibrio: especies tropicales se están extendiendo hacia zonas templadas, y el Aedes aegypti ya ha llegado hasta las islas británicas.

La pregunta que intriga a los investigadores es simple pero profunda: ¿cómo logran encontrarnos tan fácilmente unos animales tan simples? David Hu, biofísico del Instituto Tecnológico de Georgia que ha estudiado el vuelo de estos insectos, plantea que las personas están perdiendo la guerra contra los mosquitos. La respuesta a su pregunta podría contener la clave para cambiar esa situación. Todo comienza con la pista sensorial más fundamental: el dióxido de carbono que expulsamos al respirar. Los mosquitos detectan este gas mediante estructuras sensoriales especializadas llamadas sensilias, ubicadas en sus palpos maxilares —apéndices en la mandíbula—. Pueden percibir el CO2 desde distancias que varían entre diez y cincuenta metros, según diferentes estudios.

Pero aquí es donde la sofisticación del sistema se hace evidente. El dióxido de carbono está presente en toda la atmósfera, así que los mosquitos deben ser capaces de detectar fluctuaciones minúsculas para distinguir a sus presas del ruido de fondo ambiental. Pueden reconocer variaciones tan pequeñas como el cero coma cero uno por ciento en los niveles de CO2, lo que les permite seguir la estela de densidad creciente del gas hacia su objetivo. Floris van Breugel, investigador de la Universidad de Nevada en Reno, ha dedicado su trabajo a entender cómo los insectos navegan siguiendo olores. Sus investigaciones revelan que cuando el aire está en calma, los mosquitos vuelan en pequeños círculos, pero cuando avanzan contra el viento lo hacen en zigzag. Más aún, pueden recordar las rachas de aire que les traen estímulos olorosos y buscarlas deliberadamente de nuevo.

El mosquito, sin embargo, debe resolver otro problema: cómo ignorar las innumerables fuentes de CO2 que no le sirven de nada, como los automóviles o las chimeneas. Para ello, integra información de múltiples sentidos. La visión y la detección del calor trabajan en conjunto con el olfato para crear un sistema de navegación complejo. El CO2 no solo dispara el programa de ataque del insecto, sino que además aguza sus otros sentidos: pone la visión en alerta máxima y aumenta la sensibilidad a otros olores. Todo esto ocurre en un cerebro del tamaño de una semilla de amapola. A medida que el cambio climático expande el rango de estas especies hacia regiones que antes eran demasiado frías para ellas, la comprensión de estos mecanismos se vuelve cada vez más urgente. La batalla contra los mosquitos, según parece, requiere entender primero cómo ven, huelen y piensan nuestros enemigos más diminutos.

Las personas están perdiendo la guerra contra los mosquitos
— David Hu, biofísico del Instituto Tecnológico de Georgia
Los insectos son muy buenos encontrando fuentes de olor en muchas condiciones de viento
— Floris van Breugel, Universidad de Nevada en Reno
La Conversación del Hearth Otra perspectiva de la historia
Inventor

¿Por qué solo el seis por ciento de las especies de mosquitos nos pican a nosotros?

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Porque la mayoría de los mosquitos son oportunistas. Comen de casi cualquier animal que encuentren. Nosotros no somos su plato favorito; simplemente estamos aquí.

Inventor

Entonces, ¿qué hace especial a esos doscientos que sí nos prefieren?

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Evolucionaron para buscarnos específicamente. Desarrollaron sensores para detectar el dióxido de carbono que exhalamos, y aprendieron a ignorar todas las otras fuentes de ese gas en el ambiente.

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¿Cómo pueden detectar algo tan pequeño como una variación del cero coma cero uno por ciento?

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Tienen estructuras sensoriales extraordinariamente sensibles en la mandíbula. Pero más importante aún: pueden seguir una estela de densidad creciente, como si estuvieran navegando por un gradiente invisible.

Inventor

¿Y eso explica por qué algunos de nosotros somos picados más que otros?

Model

Es parte de la explicación. El CO2 es solo el primer paso. Una vez que te encuentran, usan la visión, el calor corporal y otros olores para decidir si realmente vales la pena.

Inventor

¿Qué significa que el cambio climático está expandiendo estas especies?

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Significa que mosquitos que antes solo vivían en los trópicos ahora pueden sobrevivir en lugares templados. El Aedes aegypti ya está en las islas británicas. Pronto, enfermedades como el dengue podrían ser un problema en lugares donde nunca lo fueron.

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